Mi marido me mantiene, o eso dicen. Soy una mantenida. Él sale por la mañana a trabajar y yo me quedo en el sofá viendo telenovelas y comiendo bombones. Una asistenta viene a limpiar, hay una chica que se ocupa de los niños y yo dedico mis días a estar guapa y a escribir este blog.
¡Y un jamón! Todas sabemos que esa vida sólo está reservada para los ricos y famosos (y ni tanto, que también tienen sus obligaciones); lo malo es que la gente, en general, se cree que ser ama de casa es “no trabajar”, “no hacer nada” y “tener mucho tiempo para ti”.
No hay trabajo más ingrato que el del ama de casa (bueno, igual exagero, se me ocurren otros peores: sexador de pollos, recogedor de cacas de los caballos en los desfiles, profesor de Opening): nunca se nota lo que haces, sino lo que no haces. Tienes la casa limpia, la ropa a punto y las facturas ordenadas y un solo día se te olvida recoger un calcetín y hala, te tachan de desordenada… Yo por eso no he malacostumbrado a mi familia: de normal parece que por la casa ha pasado un tornado (y tengo 2, una de 7 años y otra de 21 meses) y cuando logro finalmente limpiar todos vienen a felicitarme, jejejeje…
Aún así, el trabajo de casa se convierte en una eterna condena de Sísifo: los platos se tienen que lavar una y otra vez, el polvo vuelve a posarse sobre los muebles, la ropa recién plancha se ensucia con sólo mirarla… es desesperante. Nunca termino de hacer nada, siempre hay algo más urgente qué hacer o deshacer.
De momento tengo claro que lo mío no es limpiar, pero es que trabajar fuera de casa sería peor. Con toda seguridad vendría del trabajo reventada para luchar con los platos, la ropa y las comidas. No, yo por ahí no paso. De momento bastante tengo con criar a mis hijas, que ya se harán mayores algún día. Y además, yo trabajo “a mi manera”, porque para mí AHORRAR es un trabajo… y muy bien remunerado, por cierto.

Una vez al mes recibimos una nómina. Recibimos, porque en esta empresa familiar llamada matrimonio los socios somos dos, cada uno con sus respectivas obligaciones. A mí mi marido no “me da dinero” (ya lo cojo yo sola del cajero, jajaja). Hay una cantidad reservada para gastos personales de la que ambos podemos disponer. El tema macroeconómico (compras grandes, viajes, apertura de cuentas) lo llevamos al 50 por ciento; de la economía diaria me ocupo yo sin consultarle. Soy mi propia ministra de economía y sé que de mí depende que los recursos comunes estén bien aprovechados.
En el desempeño de mi puesto tengo que inventarme estrategias para arañarle los euros a los gastos cotidianos: hacer cocina “de autor” con las sobras, perseguir las ofertas del súper como si fuera detective privada, llevar un registro pormenorizado de las compras para localizar fugas en el presupuesto, leerme el manual de la renta para aplicar todas las deducciones posibles a nuestra Declaración de la Renta, estar pendiente de los plazos de convocatoria de ayudas, becas y subvenciones varias, en fin, una larga lista de tareas que me mantienen más que ocupada (y que son más interesantes que quitar el polvo, por otro lado).
Me gusta pensar que trabajo “por mi realización personal”, pero reconozco que lo hago principalmente por el dinero (como casi todo mundo). Con una sola nómina, dos hijas y una casa en alquiler mi trabajo de ahorradora profesional es imprescindible. De no aplicarme cada día como lo hago, tendría que estar pensando en buscarme otra cosa fuera de casa, y al final para ganar sólo un poco más: tal y como están los sueldos, me saldría lo comido por lo servido (pagando comedores, guarderías, con menos deducciones de impuestos…) Y todos aquí -pero sobre todo mis hijas- saldríamos perdiendo…
A mí en realidad no me molesta decir que trabajo en casa, aunque para muchos eso no sea trabajar. Allá ellos, que no tienen quién los mantenga, jejejeje… Como sea, no voy a ser menos que los demás y la próxima vez que alguien me pregunte a qué me dedico, le diré que soy domadora del euro. A ver qué cara se le queda…