Primer acto: Se abre el telón y se ve llegar a mi madre del mercado, cargada de bolsas. Abre una de ellas, saca distintas verduras -repollo, calabacín, judías- y se dispone a preparar la comida. Pica las verduras y las va echando en una cacerola enorme, en la que ya hierve el agua.
Segundo acto: Hay un pollo con una toalla enrollada en la cabeza, leyendo una revista de cotilleos y con las patas metidas en la cacerola. Mi madre le echa alguna mirada, indiferente, mientras lava los platos. Mira el reloj, revuelve el contenido del perol, lo prueba y le dice al pollo que ya se puede ir. El pollo se sacude los restos de caldo y se marcha muy digno con rumbo desconocido.
Tercer acto: Llegamos del colegio a las 2 de la tarde, hambrientos y cansados, y sólo ver la olla, ya sabemos qué hay de comer… ¡Caldo de Pollo Sueco! (lo de sueco, por dos razones: estaba como en la sauna, sudando la gota gorda; y dos, se hacía el sueco, vamos, porque lo buscábamos sin encontrarlo).
Si esto fuera un chiste, en este momento debería preguntar ”¿cómo se llama la obra?”, pero es que no lo es, en absoluto. Es la pura verdad. Vale… nunca vimos al pollo con la toalla en la cabeza, pero nos lo imaginábamos -mis hermanas y yo todavía nos echamos unas risas a costa del tema- ya que del condenado bicho lo único que notábamos en el caldo era su sabor, porque la carne estaba desaparecida.
Mi madre dirá que soy una exagerada, y tiene razón. Alguna vez tocaba algo de pollo. Pero la mayor parte del tiempo nos tomábamos el caldito con un poco de arroz, y comíamos bastantes tortillas de maíz con aguacate y queso, para compensar. El pollo reaparecía misteriosamente al día siguiente en forma de relleno para tacos o de enchiladas suizas, con lo cual comíamos siete personas dos días con un solo pollo.
Una de las peculiaridades de la gastronomía española que me ha traído de cabeza desde la primera vez que me tuve que enfrentar a la responsabilidad de alimentar a otra persona además de mí -con mi bajo presupuesto- fue el concepto general de que una comida no estaba “completa” si no se utilizaba una buena pieza de carne para su preparación: buenos filetes, costillas, solomillos, lomos, muslos y pechugas, normalmente de segundo después de un primero de pasta, arroz o verdura. Los platos únicos “contundentes” son parte de la cocina típica de ciudades y pueblos de montaña y se reservan casi siempre al invierno.
¿Comemos demasiada carne en España? Los argentinos que yo conozco me dicen que no. Yo, por contra, encuentro su consumo excesivo, y no soy la única: hace algunos días la ONU recomendaba “reducir el consumo de carne para luchar contra el cambio climático“. El plan era dejar de comer carne una vez por semana, como si estuviéramos en cuaresma.
El cambio climático me preocupa porque prefiero ser yo la que lleve a mis hijas a la playa en lugar de que el mar llegue hasta mi ventana si se descongelan los polos (suena catastrofista, pero hay que ser positivos dentro del desastre: ¿subirá la plusvalía de mi piso si digo que tendrá “vistas al mar” dentro de 25 años?), así que sólo por eso ya sería una buena idea seguir las recomendaciones de la ONU. Pero yo voy más allá: deberíamos consumir menos carne porque
1) reduciendo su consumo reducimos también enfermedades asociadas a éste (colesterol, triglicéridos, obesidad)
2) comiendo menos carne, nos ahorramos una pasta (el solomillo en Mercadona, a 29 euros el kilo… sin comentarios)
3) y por último, y sobre todo, ¡¡¡¡porque no nos hace falta comer tanta carne, no nos vamos a morir, no nos vamos a desnutrir, no se nos va a caer el pelo, no vamos a estar bajos en hierro!!! Y esto lo sé de primera mano: mis hermanos, mis padres, yo y muchos millones de personas más en el mundo hemos sobrevivido -y seguimos así- comiendo carne en pocas cantidades y utilizando otras fuentes de proteína -como los huevos y las legumbres- para conseguir el aporte necesario para estar sanos, fuertes y hermosos (y algunos, hermosotes). Vamos, que mi teoría es que aquí comemos (mucha) carne porque estamos acostumbrados, no porque de verdad nos haga falta.
En México comemos carne: deliciosas carnitas de cerdo, carne a la tampiqueña, mole, tamales… siempre acompañadas de arroz, patatas, frijoles y maíz (en forma de tortillas, o de masa), excelentes hidratos de carbono que sacian el hambre del comensal más tragón -que yo conozco varios- sin necesidad de cada uno se tenga que llevar un filete de 20 centímetros de largo y dos de grueso a la boca. Como dicen por allá cuando viene un invitado, “échale más agüita a los frijoles, para que alcance”… La proverbial hospitalidad mexicana se vería en apuros -como me he visto yo aquí más de una vez- si tuviéramos las piezas de carne contadas y se presentara alguien sin avisar (como pasa siempre en México, por otro lado).
¿Que nos gusta la carne? Pues vale, chuletón de Ávila al canto el domingo y fiestas de guardar, vamos, quién soy yo para decir cómo tiene que comer cada uno. Pero con lo achuchada que está la cosa, no estaría de más que desempolváramos nuestros viejos recetarios regionales en donde la carne aparece más como estrella invitada que como protagonista indiscutible. Carne sí, proteínas también, pero en las cantidades justas (y es que, según dicen los dietistas, no deberíamos consumir un filete mayor a la palma de la mano en cada comida… y está claro que esa cantidad la sobrepasamos con frecuencia).
Yo por si acaso ya voy preparando la toalla, el Hola, y si me apuran mucho, hasta el set de manicura. Porque si las cosas siguen como hasta -y todo tiene pinta de que así será, y aún peor- significará que el Pollo Sueco, ese viejo conocido de mi infancia, ha regresado esta vez para quedarse…
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Hola, soy Krix del foro aquel que ya no visito jejejeje
Sin embargo sigo tus comentarios Euralia y los de aquellas personas que intentan domar al salvaje €, a mi me quedan menos de dos semanas para empezar a enfrentarme a él con mi emancipación…
Sigue así, escribes genial y ayudas muchoEn esta entrada he de darte la razón en las grandes cantidades de carne que se consume (no diré en España, pero sí al menos en mi casa) y le doy vueltas y vueltas y pocas comidas se me ocurren sin carne, la verdad. Estoy preparando un menú mensual para mas o menos planear las compras de comida, e intento no meter mucha carne, y más variadito. A ver si lo consigo y cambio mis hábitos, los de mi compañero y no le inculco malos hábitos al peque…
Un besazo muy grande
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¡Buenísimo el pollo sueco! Simpatiquísimo y muy sabio
(el artículo decía, al pollo no tuve el gusto…) -
Mi niño, que siempre ha comido lo que ha querido el muy malcriado (se leyó a Carlos González tempranito) dice que la carne nos la comamos nosotros, eso sí, el tío sabe lo que hace: huevos y legumbres le encantan…
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Nena, falta que le pidas a tu madre la receta del pollo sueco, porque creo que no voy a ser la única en usarla…
Besazos -
Egliara, me encantan tus post.
Yo soy Argentina, ya sabés carne-carne-carne.
Cuando llegué a Europa no podía pagarla, y me desvanaba los sesos para cocinar sin ella. No se me ocurrían platos ‘completos’ sin carne.
Después de unos años de vegetarianismo forzado (más bien arrocismo y fideísmo, jeje), he vuelto a introducir carne en mi dieta, pero en cantidades muchísimo menores; la como cuando me apetece, pero ahora no suelen ser más de dos veces a la semana.
No gasto tanto y creo que como muchísimo mejor que antes! -
Vuelvo a los comentarios, a ver si ahora sí me doy tiempo.
Saludos Kris, Chivina…. Amalia, tu nene es es un crack, ¡no sabrá él lo que es bueno…!
Aeryn, la receta te la debo. Supongo que era un pollo remojado (jajaja) con muuchas verduras. El caso es que en esa comida no había pollo, el pollo “se manifestaba” al día siguiente…
Male, lo tuyo sí que tiene mérito (¡me apunto lo del fideísmo y el arrocismo, jajaja!) En fin, te habrás dado cuenta de que no se muere uno por comer poca carne…
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Soy Dominique y he conocido tu página por el foro de CN y me encanta. Tu historia del pollo sueco me ha recordado a lo que me explica mi madre de cuando era pequeña que había un hombre que íba cobrando a las amas de casa por dejarles un rato un hueso grande de jamón para meterlo en el caldo y que le diera sabor o si no se lo prestaban las vecinas las unas a las otras, jeje.
Tienes razón en que comemos muchísima carne, pero yo creo que además lo hacemos también por vagancia muchas veces porque resulta más fácil hacer un bistec vuelta y vuelta y acompañarlo con un tomate que preparar un buen guiso.



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