Ahorrar con niños y bebés

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Qué daño más grande han hecho las revistas de bebés y los anuncios de pañales y potitos en la tele en la ardua e importante tarea de criar un hijo. En serio. A final de cuentas, al Vogue y al Cosmopolitan sólo podemos reprocharles el utilizar a mujeres que no existen -ahora menos que nunca gracias al Photoshop- y que por tanto, nunca podremos igualar. La que se lo crea, si ya es bastante mayorcita, se gastará un pastón en complementos y ahí se acabó el problema. Pero Mi bebé y yo y otras revistas por el estilo son como las sagradas escrituras para un buen puñado de embarazadas primerizas que se creen a pies juntillas todo lo que anuncian y que babean, ilusionadas, mirando innumerables fotos de bebés risueños, encantadores, montados en carritos de última generación y vestidos con ropa de marca.

 

 

Señoras -y señores interesados-, ya hemos hablado con anterioridad de las trampas de los publicistas de productos para bebés, o sea que más machaque sobre el tema sería redundante. Pero ahora mismo, con mi súper barriga de 37 semanas, echando de menos a mis pies -que sé que siguen ahí porque llevo zapatos, pero que hace rato que no veo- pidiéndole permiso a una pierna para mover la otra e intentando apurar la goma de los pantalones premamá al máximo para no verme obligada a pedírselos prestados a Falete me ha dado por pensar que el mayor pecado de estas revistas y anuncios no es intentar hacer pasar por indispensables toda clase de tonterías para los bebés (es su negocio), sino el haber logrado, exitosamente, convencernos de que esperar a un hijo es como esperar la llegada de la primavera…

 

 

¡Ah, la primavera! La primavera que llega, con sus flores, con sus pájaros, y su buen clima, que lo único que nos pide a cambio es que le hagamos un sitio en nuestros armarios para renovar el vestuario, que saquemos al mantel para el picnic y que disfrutemos de un paisaje bucólico en compañía de nuestra pareja… ¿A que suena bien? Pues sí, pero tener un hijo no es eso ni de lejos, aunque los publicistas intenten prepararnos con las mismas armas: comprar mucha ropa innecesaria, hacer muchos planes guays para disfrutar de paseos, fiestas y demás saraos con un bebé sano y feliz y creer, pobres de nosotros, que en cuestión de dos o tres semanas después del parto estaremos cogiditos de la mano de nuestro marido sin otra ocupación que hablar de nuestro amor mutuo (mientras el retoño duerme plácidamente en su cuna de 600 euros). ¡Qué ilusos somos!

No tengo la verdad absoluta ni en éste ni en ningún otro tema, pero de lo que sí estoy convencida es de que estar embarazada se parece más a esperar un huracán que a esperar esa idílica primavera de papel cuché que tan felices nos prometemos… Y aunque parece que esto no tiene nada que ver con el dinero, en el fondo sí que está relacionado: si no sabemos a que es a lo que nos enfrentamos, gastaremos los escasos recursos (materiales y humanos) en cosas inútiles para llevar a cabo la tarea. Y la verdad, bastante achuchadilla está la cosa como para andar malgastando lo que tenemos.

¿Por qué deberíamos esperar a un hijo como se espera a un huracán?

 

 

1. Todos los huracanes tienen nombre y personalidad antes de tocar tierra. Nuestros hijos también. Y como ellos, no sabremos hasta el último momento si son de escala 5 o si se convertirán en una suave tormenta tropical. Por si las moscas hay que hacer previsiones para recibir un huracán intenso; tendremos muchas más posibilidades de sobrevivir a sus destrozos…

2. ¿Qué hay que acumular en nuestra despensa cuando se avecina un huracán? Agua, leche, arroz, lentejas y demás productos básicos. Además de eso, para el bebé, pañales y poco más. Pues lo mismo. Qué frustración para una madre con su bebé recién nacido en brazos abrir la despensa y ver que no tiene lo que necesita con urgencia. Y salir corriendo al súper y coger lo primero que ve, al precio que sea, para salir del paso (sobre todo si tiene otros hijos). Mejor hacer una lista exhaustiva de lo que necesitaremos el mes siguiente al parto, mandar a otro que no esté embarazado a comprarlo o, en su defecto, hacer la compra por internet. En algunos supermercados no cobran el envío si se pasa de cierta cantidad; en Mercadona cobran 7,21 gastes lo que gastes, así que no me he cortado en las cantidades ni en el peso de mi compra, aunque el repartidor me dijera, un tanto mosqueado, que nunca había llevado una compra "taaan grande". Pues a ver si se iba a creer que el envío era gratis, que desde luego si fuera así pediría las cosas poco a poco. Es una inversión, pero vale la pena…

 

 

3. ¿Acumular ropa? Sólo si no hemos tenido que pagar por ella. Es momento de abrir los brazos a cuanta donación nos quieran hacer; los bebes regurgitan, se hacen caca, babean y orinan muchas prendas al día, así que no podemos pretender plantarles el trajecito de Prenatal y que les aguante más de una puesta. Además, cuando el huracán está en casa mejor ropa cómoda y gastadita, que no tiene sentido ponerlos de punta en blanco cuando todavía estamos soportando el vendaval del nacimiento…

4. No perdamos tiempo en acelerar los trámites para declararnos zona catastrófica. El gobierno ofrece una ayuda de 2500 euros que deberíamos aprovechar para paliar los efectos del huracán que se nos viene. A muchos les apetecería la tele de plasma, o incluso amortizar algo de hipoteca, pero quizás lo más sensato es invertir parte del dinero en hacernos más fácil la transición al universo materno-filial: pagar a una persona que venga a limpiar el desastre una vez por semana, estirar nuestras semanas de baja maternal gracias a una excedencia que podemos complementar con la ayuda gubernamental, comprar comida hecha o, mejor aún, convencer a nuestras madres/suegras/tías de que nos ayudan más trayéndonos un tupper con comida casera que intentando dormir/cambiar/hacer eructar a nuestro retoño (cosas que evidentemente podemos hacer nosotras si hay alguien más ocupándose de las pequeñas preocupaciones domésticas).

5. Es momento de rebajar nuestras expectativas, inclusive las de ahorrar hasta el último céntimo. De lo que se trata es de sobrevivir, ni más ni menos. Hacernos a la idea de que no vamos a dormir mucho, de que no pasa nada si la ropa tiene manchas o si los cupones del DIA nos caducan sin que hayamos aprovechado las ofertas. Da igual, ya volveremos a la normalidad… algún día. Mientras las necesidades básicas (techo, sustento, un mínimo nivel de higiene y un mínimo de horas de sueño) estén satisfechas, lo demás puede esperar. Y si alguna de nuestras visitas opina que hay demasiado polvo, o que nuestra casa está desordenada… utilicemos al bebé como excusa para retirarnos a nuestra habitación mientras le indicamos donde están los utensilios del limpieza.

 

 

 

Excuso decir que mi casa ya parece un búnker, y que tengo leche, agua y pañales para una hecatombe. Que este año a ver quién hace la cena de Navidad, porque no estoy como para pensar en recetas. Que tenemos ya decididos los Reyes de nuestras hijas. Que no estoy para nadie más que para mi familia. Que no quiero que nada me distraiga de lo más importante, la llegada de mi dulce y pequeño huracán, a la que, evidentemente, todas las previsiones que se tomen en torno a su llegada le dan igual, siempre y cuando tenga a su disposición su teta y unos brazos cálidos que quieran acunarla…

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 En una casita de chocolate del bosque encantado, arrullados por el dulce trinar de los pajaritos y el travieso serpenteo del arroyuelo cantarín dormían muy apretujaditos Blanca Nieves, los siete enanos, el Conejo de Pascua, el Ratoncito Pérez, Papá Noel, Ricitos de Oro, un español que ha aprendido inglés en Opening y otro que se ha sacado la lotería sin comprar ni un décimo… mientras en la espaciosa habitación contigua, en una cuna de oro con sábanas de seda y un monitor con cámara de vídeo, rodeado de un ejército de peluches y juguetes educativos con miles de botones dormía, solito, el famoso bebé de los 6 mil euros al año…

 

 

Seamos serios, señores. A mí cada vez que oigo hablar de los estudios que dicen que tener un bebé cuesta en promedio (¡sin hacer gran alarde de gastos!) en torno a los 6000 euros durante el primer año  primero me da la risa loca… y luego me da por los cuentos de hadas. Me gustaría saber cuántos hijos tienen los que han hecho los cálculos, porque a mí, a mis vecinas, a mis amigas y conocidas no nos salen las cuentas…

Por supuesto que nos podemos gastar 6000 euros al año en un bebé. Y 6000 euros al mes también, y si no que se lo pregunten a Madonna o a Britney Spears. Hay productos de puericultura innecesarios, caros y francamente ridículos para aburrir, en las tiendas o por internet. A una pareja en proceso de decidirse a tener un hijo le preocupa, y mucho, el tema financiero, porque todo mundo les dice que "los bebés cuestan mucho dinero" y para poner la guinda del pastel vienen estos estudios a confirmar los peores augurios. Y la verdad, la puritita verdad es que, como dice el marido de una amiga, para criar a un bebé hace falta… el bebé (y muchas ganas de tenerlo).

Si pudiéramos preguntarle a nuestro bebé qué es lo que le hace falta durante el primero año nos sorprenderíamos con la respuesta… y no me refiero únicamente al susto que nos llevaríamos si el peque nos largara un discursito: teta a demanda, muchos brazos, unos cuantos pañales de tela, unas cuantas mudas de ropa del mercadillo, un sitio cómodo para dormir lo más cerquita de mamá y papá y después de los 6 meses, un par de bocados de comida, mucha libertad para explorar el mundo y muuucha paciencia para ir detrás de ellos cuando empiezan a caminar.

 

 

¿Demasiado idílico? Vale, me he pasado tres pueblos, pero que conste que no estoy diciendo que eso sea lo único que deberíamos comprar para el niño, sino que probablemente, esto sería lo único que nuestro bebé realmente necesitaría y que elegiría si lo dejáramos opinar…

Pero como el que calla otorga, en su nombre nos gastamos una pasta gansa en una minicuna, una cuna con mueble cambiador, un móvil de muñequitos, una lámpara que proyecta estrellitas en el techo, un cochecito de última generación, los pañales más caros, la leche de farmacia, la ropa de marca (o demasiada ropa, que también barato y mucho sale caro), los juguetes educativos aprobados por los expertos y los vídeos de Baby Einstein y asociados… ¡y nos quejamos de que los bebes "salen caros"! ¡Y tanto que salen caros, porque encima luego las cosas que compramos para ellos son de un solo uso, porque según las estadísticas en España la tasa de natalidad está en 1,39 hijos por mujer!

La realidad es que a pesar de todas nuestras quejas, tenemos mucho más dinero para gastar que hijos en quién gastarlo (lo cual se hace extensivo a abuelos, tíos y padrinos, que sepultan a los niños bajo toneladas de juguetes y ropa en cumpleaños y Reyes). Hace ya rato que estamos todos inmensos en una vorágine consumista que ha transformado el comprar como mecanismo para satisfacer una necesidad pura y dura en una manifestación más del ocio. Comprar por comprar, para sentirse bien, para pasar el rato, para hacer lo mismo que los demás. Y por supuesto, nuestros hijos no van a ser menos que nosotros…

 

 

Bueno… se acabó el sermón, vamos a los números. Para empezar, ahora contamos con una ayuda por nacimiento de 2500 euros (que yo no he pillado con las dos primeras… a la tercera va la vencida). Luego, por cada hijo te puedes deducir entre 1836 y 4182 euros al año  (más un añadido de 2244 por hijo menor de 3 años). Y luego hay deducciones autónomicas que varían por comunidades, pero que en mi caso han representado una ayuda (365 por hijo menor de 3 años en la Comunidad Valenciana).  Luego, como dicen en la web de Todopapas, el ocio de la pareja se reduce al 10 por ciento, lo que significa un ahorro aproximado de 2400 euros al año (en mi caso eso no sería cierto, porque yo no me gastaba esa cantidad en cafés, hoteles, tabaco ni cines, pero habrá quién sí se lo gaste y se esté preguntando ahora mismo cómo es que no le alcanza para tener un hijo…) Esto nos da, para una pareja con su primer hijo, la bonita cantidad de 8980 euros al año… ¡que da de sobra para cubrir los famosos 6000 euros del principio! Encima, ahora tener un hijo nos va a salir rentable…. (eh… no, que tampoco hay que exagerar….)

Luego está lo que realmente nos gastamos en el bebé. Ya les he contado que yo los gastos prenatales con este embarazo los he despachado (de momento) con 83 euros; en los dos primeros debí gastarme más o menos la misma cantidad, no lo recuerdo. Lo que sí tengo clarísimo es que siempre se paga la novatada con el primer hijo; y a pesar de que cuando nació la mayor estábamos en mucho peores condiciones económicas que ahora, terminé gastando más dinero en tonterías que con la segunda. Por ejemplo, gastos de farmacia: con la primera parecía que estábamos abonados (a los hijos de la farmacéutica sólo les faltaba llamarme "madrina"); con la segunda… ¿compré un par de botes de Apiretal y algo más? Y es que el gasto no tuvo nada que ver con el estado de salud de mis hijas, porque aunque las dos han sido sanas, sanísimas, mi hija mayor se ha distinguido siempre por su salud de hierro… El resto (pañales, cremas, toallitas, tijeritas de uñas y diverso material cosmético) ha sido todo de la marca blanca del Mercadona, lo que ha reducido considerablemente su precio.

Lo mismo con el tema de la alimentación. A la mayor le di pecho hasta los 8 meses, pero invertí dinero en biberones, tetinas, infusiones, pastillas para esterilizar (una vez intenté hervir las tetinas… y me quedé sin olla y sin tetinas), chupetes, cereales de caja y más tarde leche de bote, algunos potitos (pocos, porque a mi pequeña gourmet sólo le gustaban los purés caseros), yogures para bebés (que cuestan un ojo de la cara y que no están hechos con leche de continuación, como nos quieren hacer creer), galletitas especiales y demás chuminadas.

 

 

Mi hija pequeña, por contra, no ha probado un biberón en su vida, ni comidas especiales para bebés. Con ella me gasté CERO euros hasta los 6 meses (pecho y nada más, ni infusiones, ni bibes ni nada) y a partir de ahí y hasta el año muy poquito más, porque no quiso purés, empezó a comer la misma comida que nosotros y hasta hoy. Pues ahí van 1500 euros que me ahorré, según los estudios del CIS.

La partida presupuestaria para decoración de la habitación y ropa de cama (1500 euros), además de la de puericultura (1241) me la he ahorrado casi completa, desde mi primera hija. La cuna, la trona, el moisés y el cochecito han sido heredados o regalados; y si no los tuviera, ahora mismo no compraría nada para el tercero. A final de cuentas, mi hija pequeña siempre ha preferido hacer colecho conmigo, comer sobre mí, y pasear en mochila… ¡como para gastarme en una pasta en cosas que a larga no va a querer ver ni en pintura! Lo único que sí compramos con ambas fue una sillita de paseo de las baratas y las sillas para el coche, que a mi juicio son los únicos gastos realmente imprescindibles en este campo.

 

 

En ropa se puede gastar uno lo que quiera, la verdad (y con cada hijo, menos todavía). Para empezar, recibimos muchos regalos, lo que reduce el coste total… si los modelitos son de nuestro gusto, claro. Pero aunque tuviéramos que comprarles todo, hay ciertas tiendas (como Kiabi, H y M, C y A y la marca del Carrefour) que ofrecen prendas de bastante calidad a precios asequibles. El secreto es no comprar de más, porque los bebés crecen muy rápido… y estar dispuestos a aceptar las donaciones hechas con la mejor de las intenciones por parientes y amigos. A nuestros hijos no les importa llevar ropa de segunda mano, aunque a nosotros nos parezca que sí.

El campo de productos de belleza (¡para la madre!) y bautizo (600 euros)… sin comentarios. Mira que intentar colar estos gastos como gastos regulares en la crianza de un bebé… ¿los de CIS de verdad querían hacer un estudio serio, o simplemente querían que les cuadrara el número (6000 euros) para poder decir que un bebé gastaba "un millón de pesetas"?

Hay un último concepto que no quiero discutir porque a fin de cuentas yo no lo he necesitado, pero sé que mucha gente sí, y es un pastón: el que se dedica al cuidado del bebé en caso de que ambos padres trabajen. Las guarderías son carísimas, y de hecho las cantidades que dan en el estudios (240 euros mensuales) se quedan cortas por lo que tengo entendido. Mientras seguimos esperando que nuestra baja de maternidad se equipare a la otros países de Europa, quizás no sería mala idea, para quien pueda permitírselo, pedirse una excedencia para poder estar con el bebé por lo menos durante el primer año. No hay guardería que pueda competir con la atención individualizada de un padre o un madre rebosantes de amor y deseosos de vivir esa experiencia. Y claro, no es gratis, pero las guarderías tampoco. ¿Qué elegiría nuestro hijo si le pidiéramos su opinión?

En conclusión: ¿existe el niño de los 6000 euros el primer año? Yo no lo he visto, y tengo dos y uno en camino. La primera me habrá costado 1000, la segunda quinientos… y el tercero va a venir con premio de 2500 y un pan debajo del brazo:

 

 

Sí, ya lo sé, a final de cuentas estos cálculos sólo son para el primer año. Y los niños crecen y comen y visten y van a la escuela hasta que se van de casa (a los 30 y muchos) y siguen llevándose tuppers los domingos para el resto de la semana cuando se emancipan. Pero esa es otra historia y ya hablaremos de este tema cuando toque…

 

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 ¡No hay nada como anunciar un embarazo para llenar de felicidad a un montón de gente! En el mismo momento en que las náuseas, el cansancio y las ganas constantes de hacer pis nos convencen de que esta vez sí es la buena y de que por fin hemos ganado la lotería de El Niño -aunque sea verano- empieza a lucir la sonrisa en los rostros de los orgullosos futuros padres, los abuelos, los tíos, los amigos… pero también para los dueños de pruebas de embarazo, las multinacionales farmacéuticas, las compañías de seguros médicos, los fabricantes de ropa premamá, los ecógrafos de 4D, las marcas más prestigiosas de cremas antiestrías… y todo eso con el bebé dentro, que cuando sale ya hay una multitud de empresas frotándose las manos listas para unirse a la fiesta…

 

 

Maquinitas de gastar con patas y un barrigón de miedo, eso es lo que somos para todos ellos. Y vamos y picamos todas, especialmente si somos primerizas. Nos hacen creer que necesitamos mucho más de lo que necesitamos: no un producto genérico, sino el producto que ellos publicitan, que para eso se han gastado mucha pasta en anuncios en donde nos llaman poco menos que malas madres si se nos ocurre escatimar en gastos durante la gestación y después de ella.

 

¿Un poquito embarazada?

Ni poquito ni mucho, embarazada y punto, que en esto no hay término medio. Entonces, ¿por qué tenemos que irnos a comprar el Predictor o el Clear Blue de las narices cuando hay sucedáneos que cuestan la mitad? Sí, seguramente si sólo ha pasado un día desde la fecha supuesta de la regla esas pruebas tengan más fiabilidad, pero ¿qué prisa llevamos? Les puedo asegurar que una semana después todos los gatos son pardos y lo mismo da una que otra (yo ni siquiera he tenido que esperar los 5 minutos de rigor cuando me ha dado positivo. Había ya tanta gonadotropina coriónica en mi organismo que la aparición de las rayas fue visto y no visto). En lugar de dejarnos el sueldo en pruebas caras, podemos comprar una barata y tirarnos esa semana de espera durmiendo, comiendo y cuidándonos como si ya estuviéramos en estado de buena esperanza. Y si no lo estamos… ¡pues que nos quiten lo bailado! Y por si no hubiera suficiente con el dinero invertido en pruebas de embarazo, ahora se han inventado una que "predice" el sexo del bebé con una fiabilidad del 80 por ciento. Como para salir a repartir puros o bombones cuando ni siquiera hay una barriga para presumir (que no ha sido mi caso, jajajaja).

 

El timo de los multivitamínicos

Según la Organización Mundial de la Salud, los únicos suplementos que una mujer gestante con una alimentación balanceada necesita son dos: el ácido fólico (que se recomienda tomar cuando empieza a buscarse el embarazo y hasta la semana 12) y el hierro (cuyo uso intensivo e indiscriminado, por otro lado, despierta suspicacias por parte de algunos profesionales). Aquí en España algunos expertos, a la luz de nuevos estudios, han empezado además a prescribir yodo a las embarazadas y a las madres en período de lactancia  por considerar que las cantidades de este compuesto que se ingieren a través del pescado y la sal yodada en este país son insuficientes para estos casos.

 

 

La buena noticia es que el ácido fólico y el yodo cuestan cada uno sobre los 3 euros la caja para un mes, lo que es francamente asumible en términos económicos. ¿La mala? Que salimos de la consulta del ginecólogo con muestras gratis de Natalbén, que hace más o menos lo mismo por… 15 euros (o, si vamos al herbolario, con Floradix, que cuesta incluso más). Cuando la cajita se acaba, se nos hace impensable consumir ácido fólico y yodo modos y lirondos y terminando pagando el triple "por si acaso". Por si acaso nada, las recomendaciones están muy claras: sólo son necesarios estos dos suplementos, lo demás sobra. Y lo que nos estamos gastando en multivitamínicos nos vendría muy bien para comprar mucha comida rica de la mejor calidad con la cual nutrirnos sin tener que tomar ninguna pastillita (y sin efectos secundarios, que todos los que han tomado hierro saben a lo que me refiero, ejem).

 

¿Una habitación con vistas al mar?

Digo yo, será esa la diferencia entre ir por la privada y por la Seguridad Social (en Valencia). Porque yo, que he estado de ambos lados, me he sentido más arropada en la SS, en donde tienen los mejores equipos y los mejores tratamientos (aunque no tengan los últimos números del Hola en la sala de espera, todo hay que decirlo).

Y salvo que seas de la realeza o de la jet set -o, hablando en plata, que pagues las consultas a tocateja-, el trato que recibe un paciente en la privada cuando va por una compañía de seguros no tiene mucho de exclusivo, la verdad. Yo he estado a punto de poner un reclamación a mi compañía después de que varios ginecólogos a los que llamé por teléfono para pedirles hora se negaran a atenderme porque "ellos no llevan partos", "tienen la agenda cubierta hasta diciembre", "sólo dan seguimiento de embarazo a clientas antiguas" "han decidido no atender partos de compañías de seguros, para darles atención exclusiva a las clientas que pagan en efectivo".  Pues oye, que se borren del cuadro médico, y así antes de contratar un seguro tendremos información real sobre los ginecólogos a los que verdaderamente podemos acceder.

¿Vale la pena contratar un seguro médico en estas condiciones, en los tiempos que corren? Yo creo que no. A fin de cuentas en la SS te van a atender igual, y ahí como hacen guardias siempre tienes un médico disponible para cualquier tipo de emergencia. La habitación no será individual, ni el sofá del acompañante muy cómodo… pero oye, yo prefiero pedirme las vistas al mar para el apartamento de la playa, que en el hospital nos quedamos como mucho dos o tres días…

¡Mírame bien, mami, que esta foto cuesta un pastón!

La tecnología que hace posible los ecógrafos de alta precisión (4D, de cuarta dimensión) es absolutamente alucinante. Si hasta es posible verles los gestos, los pucheros, los movimientos de las manos y los pies a los bebés de muy pocas semanas de embarazo. Más adelante ofrece datos importantes sobre la posición, el peso y el comportamiento del feto, y se piensa que en algunos años la técnica se irá afinando hasta prácticamente convertir al aparato en una pantalla de televisión en donde nuestro hijos pueda verse con total claridad, en vivo y en directo.

 

 

Pero… ay, amigo, no pensaríamos que esto iba a salir gratis… ¿o sí? Según lo que he oído, una ecografía de 4D puede salir entre 100 y 180 euros, según los "extras" que incluya (explicaciones exhaustivas, fotos y DVD personalizado) y el sitio a donde vayas (o si te la traen a casa, como la comida china) Pues vale. Cuando yo nací ni siquiera había ecografías y aquí estoy (y si las hubiera habido, dudo mucho que mi madre hubiera pagado por verlas). Mis dos hijas no han tenido ecografías 4D, y de momento ninguna piensa demandarme. Y este bebé tampoco las tendrá. ¿Tacañería? ¿Falta de sentimentalismo? Ni una cosa ni la otra, sino la certeza de que son meramente recreativas, no tienen ninguna justificación médica. Porque cuando la tienen, es la misma SS la que las paga, así de simple. El que quiera darse el capricho está en su derecho, pero que luego no cuente ese desembolso como imprescindible en la abultada lista de gastos que todo mundo nos dice que genera un bebé. En cuestión de pruebas prenatales, podemos estar seguras de que las verdaderamente importantes ya las cubre la SS o nuestra mutua.

 

Mi guardarropa, la envidia de Demi Roussos

Con mi primera hija la barriga me salió en el quinto mes; hasta entonces pude llevar mis pantalones de diario. Con la segunda fue un poco antes, sobre los cuatro, y fui capeando el temporal con mi "ropa de gorda" (sí, ésa que todos guardamos en el armario junto con la "ropa normal" que utilizamos todos los días…  y con la "ropa de flaca" que no tiramos porque soñamos con volvernos a poner). Con éste me salió la barriga casi al mismo tiempo que me dio positivo en la prueba de embarazo. Hasta que no vi la primera ecografía no me quedé tranquila, porque yo hubiera jurado que llevaba gemelos o trillizos.

No habrá manera de confundir mis fotos de los distintos embarazos porque los años no pasan en balde -no es lo mismo 20 que 30- y porque no me verán con la misma ropa en unas y en otras. En cada embarazo he sido la feliz receptora temporal de uno o varios lotes de prendas con espacio en la cintura que he devuelvo después de los nueve meses reglamentarios. Casi todo mundo quiere compartir contigo su ropa de embarazo; es algo que la mayoría sabe que no va a volver a usar, por lo que a veces sólo hay que mirar un poco a nuestro alrededor para encontrar a alguna madre reciente dispuesta a dejárnosla.

El precio de la ropa premamá es un atraco a mano armada, sobre todo si consideramos el poco uso que le vamos a dar. Yo, en propiedad, tengo unos cuantos sujetadores de lactancia hechos picadillo (menos mal que en 9 meses siempre se pillan unas rebajas, las de verano o las de invierno, y se pueden encontrar algunos bastante apañados por 10-12 euros), un pantalón que me regaló mi madre para el embarazo de mi hija mayor, un par de blusones de mercadillo de 3 euros que me tenían bastante satisfecha hasta que leí la etiqueta (ver foto) y una blusa que me compré para la comunión de mi sobrina cuando estaba embarazada de la pequeña y cuyo precio todavía me duele en el fondo del corazón: 50 euros (en mi descargo diré que era la única tienda premamá del pueblo, así que no tenía opción alguna). El resto son donaciones (gracias Ana, María José, Mariluz) y préstamos (gracias María, Paloma, María, Amparo y María José).

 


 

¿Cuál debería ser nuestro presupuesto para ropa premamá? Pues depende de si es el primer, segundo o tercer hijo y del número de amigas dispuestas a desprenderse de su ropa, de si tenemos que trabajar en una oficina o estar en casa, de si somos fashion victims o si nos conformamos con ir vestidas cómodamente. Si con mi primera hija no me gasté casi nada… con éste va a ser menos que nada y encima voy a ir divina de la muerte, sin repetir modelito. ¡Qué maravilla, un verano en que no tendré que esconder la barriga… sino lucirla en todo su esplendor!

 

La lotería de la gestante

Cuando nos quedamos embarazadas compramos, sin saberlo, papeletas para distintos transtornos o padecimientos que a veces pueden hacernos acusar más los cambios normales durante el proceso de gestación: diabetes gestacional, varices, edemas, manchas en la cara, estrías, ciática, náuseas, vómitos, picazones varias y calambres en las piernas. Mala suerte, a veces tocan todas, a veces varias, a veces ninguna. Todas son molestas y muchas de ellas requieren tratamiento, normalmente asumido por la Seguridad Social… menos, por supuesto, las estrías y las manchas, que por ser un problema estético contribuyen a proporcionar felicidad a las marcas de cosméticos.

Yo de las manchas sé poco -no me han salido muchas-, pero de estrías puedo hablar largo y tendido. Con la mayor, crema cara de por medio, me salieron todas las posibles, las mías y las de mis amigas y las de mis vecinas y las de las embarazadas de todo el barrio. Con mi segunda hija no me puse nada, ni crema hidratante siquiera… y no me salió ni una sola (ya sé que era difícil porque no había mucho espacio, pero es curioso, no me salió ninguna). Con éste es pronto para hablar, pero lo que sí sé es que no pienso gastarme la pasta en una crema cara, porque en mi experiencia el tema de las estrías tiene mucho más que ver con un componente genético y con la velocidad de crecimiento de la barriga  (con la primera el crecimiento fue exponencial en un corto período de tiempo). Mis amigas me han dicho que, en todo caso, lo que va muy bien es la crema Nivea de toda la vida, que es muy barata y cunde cantidad. Pues vale, esa probaremos. Que la casa Isdin se quede esperándome sentada esta vez…

 

 

Vale… ¿pero cuánto me tengo que gastar?

Cada una que se gaste lo que quiera y lo que pueda, faltaría más, no soy nadie para meterme en los gustos de cada embarazada. Pero sé por experiencia propia que se puede gastar poco, y en mi caso particular al final del embarazo espero haber gastado: 12 euros de la prueba de embarazo, 3 euros del ácido fólico (3 meses: 9 euros), yodo (3 euros 9 meses: 27 euros), cero en sanidad privada, cero en ecografías 4D, 3 sujetadores de embarazo (30 euros) y 5 euros en un bote de crema Nivea. ¿Total? 83 euros, sin contar imprevistos. Eso sí, los antojos mejor no los cuento, porque si no entonces toda mi estrategia de ahorro se desplomará como un castillo de naipes, jajajaja…

Que la llegada de nuestro bebé haga felices a mamá, a papá, a los abuelos y a todos los que nos quieren. Y que las multinacionales se queden con un palmo de narices.

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Tengo una relación de amor-odio con las rebajas (que se torna más intensa en épocas de crisis como ésta). En México no hay rebajas como tales, con fechas de inicio y finalización, sino ofertas puntuales -y ciertamente muy atractivas- que salpican los anuncios de televisión, los catálogos y los periódicos durante todo el año. Cuando llegué a España, junto con mis dos maletas me traje una batería de estrategias aprendidas de mi madre para lanzarme con éxito a mi cacería de ofertas y descuentos, aunque estuviera en territorio desconocido.

Está claro que mi licencia para comprar (barato) continúa en trámites de homologación, porque todavía después de 10 años me sigue tocando las narices que tengamos que ir todos en masa a comprar en enero-febrero y en julio-agosto. Vamos, como que no tengo yo mejores cosas que hacer. El caso es que dadas las estrecheces económicas que padecemos, tampoco nos podemos hacer los orgullosos y esperar a que el gentío desaparezca para ir nosotros a comprar ropa de temporada. Les parecerá extraño, pero es que prácticamente no he comprado nada a precio “normal” desde que llegué, salvo regalos o ropa de fiesta. Cada vez que veo los precios en las etiquetas algo dentro de mí se rebela (será mi inquebrantable devoción a la Virgen del Puño Cerrado), así que siempre lo dejo “para las rebajas”.

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El problema es que, si la vida es un viaje, las rebajas son como las paradas a comer cuando no tenemos hambre y el guía nos anuncia que el próximo restaurante está todavía muy lejos… Y si bien nosotros podríamos aguantarnos las ganas hasta el siguiente pueblo, los niños no pueden y hay que pasar por el aro. Y eso sin contar con que este año el presupuesto para las rebajas no es nada suculento, así que la cosa se complica mucho más. Aún así, aunque me dé mucha pereza meterme a las tiendas llenas de gente, sé que tengo que ir porque mis hijas crecen (¡y como no van a crecer con lo que comen, mis pirañitas!) y si me espero un poco más sencillamente no tendré bastante dinero para comprar todo lo que necesitan.

Bien mirado, que las rebajas se concentren en cuatro meses nos libera de la obligación ya no digo de comprar, sino simplemente de meternos a una tienda durante el resto del año. Vamos, que al que le apetezca va, pero yo particulamente prefiero emplear mi tiempo en cosas más agradables (y baratas). Pero tampoco se puede ir a la guerra sin fusil, y menos si la guerra dura dos meses, así que tampoco es plan meterse a una tienda y arrasar las estanterías “por si acaso” y “porque está muy barato”. Se trata de ir de cacería con la lista en la mano haciendo énfasis en ese fondo de armario ideal del que hablan todas las revistas de moda.

En verano les dejé algunos breves consejos para afrontar las rebajas, y la verdad es que para los adultos no se me ocurre nada más que pueda servir (salvo seguir usando la ropa del año pasado). Pero para el caso de los niños, aquí les dejo algunas ideas que quizás puedan serles de utilidad:

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1. A comprar para los niños, pero sin los niños. A mí ya de por sí me estresan las rebajas, la gente y el ruido como para llevarme a mis hijas a las tiendas (excepto para comprar zapatos). Que conste que yo soy la primera que incumplo este principio, más que nada porque me faltan voluntarios para quedarse con ellas, pero desde que la peque cumplió los dos años ir con ella de compras se hace muy cuesta arriba. Cuando voy con ella no miro lo que quiero mirar, no me concentro y no me acuerdo ni de las tallas que tengo que coger.

2. Tenemos dos opciones para comprales ropa sin tener que llevarlos: medirlos en casa antes de salir y llevarnos la cinta métrica con nosotros (o llevarnos una prenda que les quede, como referencia), o comprar las prendas “o ojo” y devolver después las que no le queden. Mucho cuidado con tiendas como Toy`r Us, Pick Ouic y Decathlon: no te devuelven el dinero, sino que te dan un vale, así que siempre es mejor preguntarlo en la caja. Tengan en cuenta también que en temporada de rebajas los cambios y devoluciones tienen que hacerse en 15 días en lugar de en 30, por lo menos en el Kiabi y en el Centro de Oportunidades del Corte Inglés.

3. Tanto si nos van las tendencias de moda como si no, es una buena idea elegir una paleta de colores armónica que nos permita combinar más de dos o tres piezas entre sí. No sólo ahorraremos dinero sino también tiempo, porque en caso de que los niños se manchen, por ejemplo, la sudadera al comer, siempre será más sencillo cambiarles sólo la parte que se han manchado y no todo el conjunto. A mí me gustan los tonos tierra-naranja-verde-ocre-rojo  y por otro lado los violeta-azul-lila, así que suelo tener prendas combinables de ambas series. Y para completar el cuadro siempre tengo camisas blancas y prendas vaqueras, que van bien con cualquier color.

4. Los pies de los niños crecen pronto, demasiado pronto para nuestro gusto (y para nuestro bolsillo). ¿Mi combinación ganadora de invierno para niña de 1 a 7 años? Botas granate/rojo/marrón, merceditas azules y zapatillas de deporte blancas. Les reto a nombrarme una prenda con la que no puedan llevarse al menos una de esas tres opciones. Para el verano, dos pares de sandalias, unas blancas y otras más oscuras (rojas o azules). Lo mismo. Se les quedarán pequeñas antes de que terminen de gastarlas, así que mejor apañarse con dos pares.

5. Si no tienen camisa roja les ponemos una verde, si no tienen pantalón azul les ponemos uno amarillo… ¿pero qué pasa si no tienen zapatillas de andar por casa, pijamas, ropa interior, cinturones, chaqueta, bufanda, guantes, gorro? Para mí éste es uno de los puntos claves de las rebajas: aprovechar para comprar todas aquellas cosas necesarias e insustituibles por las que luego nos sacarían una pasta en temporada normal. Porque claro, de nada nos sirve comprar un conjuntito muy mono por 12 euros si luego de las rebajas nos piden 15 por unas zapatillas de andar por casa. En las rebajas del año pasado le compré a la peque un par por 99 centimos, y vaya si las hemos aprovechado… Y no sólo eso, sino que comprándolas por adelantado dejé de preocuparme de si mi hija tenía o no zapatillas…

6. Si después de habernos provisto con todo lo que nuestros hijos necesitan para diario (incluidos accesorios) nos queda algún dinero disponible, pues ¡ancha es Castilla, el mundo es vuestro! A mí no me va a quedar ni para pipas, pero por lo menos tengo el consuelo de saber que la ropa de la primera la va a terminar de amortizar la mayor, jejejeje (la de la pequeña quién sabe…mmmm)

Y sin más que agregar, los dejo que hoy me toca ir de rebajas y todavía no he preparado el látigo y el taburete, compañeros domadores…

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Mis hijas se me parecen tanto, tanto, que la gente -que no conozco de nada- me para por la calle y me dice con frecuencia “hombre, está claro que son tuyas, tú sí que estás segura de que no te las cambiaron en el hospital”…

Dejando de lado el hecho de que, efectivamente, no me las pudieron haber cambiado en el hospital -más que nada porque no las perdimos de vista ni un segundo desde el momento en que nacieron, ya que nadie nos dio el resguardo y a lo mejor luego no me dejaban salir con ellas en brazos siendo mías- está la fuerte sospecha de que las dos sabían qué clase de madre iban a tener. Una domadora. Así que, para empezar, tanto una como la otra nacieron en rebajas (una de invierno y la otra de verano) y las dos han tenido la delicadeza -de momento- de ahorrarme dinero en pañales y cremas caras (nos apañamos con marcas blancas), leche de bote (porque una de ellas tomó leche materna hasta los 8 meses y luego se pasó a la marca de leche artificial más barata… y la pequeña no se ha tomado un biberón en su vida, ni parece que lo vaya a hacer), comida especial para bebés (porque son unas tragonas de cuidado, pero comen lo mismo que nosotros) y, sobre todo, en medicamentos, porque tengo la suerte de que casi no se enferman y una vez hasta tuve que tirar el Apiretal, porque me había caducado…

De cualquier forma, los bebés en general generan poco gasto comparado con el que tendrán cuando sean mayores. Yo todavía no noto demasiado el gasto de la pequeña, salvo en los pañales -me ha pillado tarde para subirme al carro de los pañales de tela, qué lastima-, pero con la mayor es otro cantar. Es entrar al cole y el presupuesto se te descompensa: matrícula, libros, uniforme, chándal, zapatos, útiles escolares, mochila… y todo esto de un solo golpe en el peor mes del año para hacer esos gastos, justo volviendo de unas largas -y despilfarradoras- vacaciones…

Yo no tengo la fórmula secreta para evitar ese sablazo, salvo guardar una buena parte de la paga extra de verano en el fondo del congelador y no volver a acordarse de ella hasta volver de la playa, pero sí se me ocurren algunas estrategias para amortiguar el golpe y, de paso, educar a nuestros hijos en un consumo responsable más acorde con los tiempos que vivimos. Así que… ahí les voy:

 

O todos coludos o todos rabones

No conozco a ningún niño al que le gusten los uniformes, pero a las madres nos vienen de vicio para no quebrarnos la cabeza por las mañanas y para ahorrarnos una buena cantidad de dinero en ropa. En muchos colegios el uniforme es obligatorio y los precios de las prendas son escandalosos, así que poco se puede hacer. Pero aún llevando a los niños a un colegio sin uniforme oficial, podemos hacerles un uniforme que nos haga la vida más fácil y, sobre todo, que se ajuste a nuestro gusto y a nuestro presupuesto.

Yo con la mayor la tengo fácil: en rebajas me voy al Kiabi/Zara/Carrefour y le cojo 3 pantalones vaqueros “de batalla” (nada fashion, sin adornos, sin pinzas y por supuesto, muuy baratos), otros 2 pantalones de pana/algodón, dependiendo de la temporada, 2 chándals, 8 camisetas de igual diseño y de colores variados, una zapatillas de deporte y dos pares de zapatos, y un paquete de calcetines y bragas. Y arreando. Con eso tengo bastante no sólo para el cole, sino para los fines de semana (en los que a lo mejor cae otra prenda más bonita como un vestido, una falda o un pichi, pero eso casi siempre de regalo de los abuelos o tíos). Me gasto poco y sufro menos para elegir. Mi hija está conforme y va siempre cómoda. Y lo mejor es que, como todo es combinable, si se mancha la blusa se pone otra parecida sin cambiarse el pantalón, y viceversa. Más práctico imposible.

Y el sistema me gusta tanto que he empezado a utilizarlo también para mí. Me hago un guardarropa básico diario y ya no tengo que pensar qué ponerme por las mañanas (bueno, estos días después del desenfreno alimenticio de las vacaciones la dificutad no es tanto qué me gusta como qué me queda). Y eso tiene la ventaja añadida de que, si me quiero poner mona, la ropa “de salir” no la tengo tan sobada…

 

El desayuno y la merienda: ahorrar y nutrir

Los médicos se cansan de repetirnos que el desayuno es la comida más importante del día, que los niños necesitan tomar una buena alimentación antes de irse al colegio, y no les quito la razón, pero me hago cargo de que es difícil embutirle cereales, lácteos y frutas a un niño legañoso en pijama mientras nos tomamos un café con prisas y miramos el reloj cada dos minutos. Se nos hace tan difícil que solemos darles bollería industrial, cereales de caja o galletas con un poco de leche. Y si no se lo comen, intentamos que se lo lleven al colegio, para que ahí por lo menos “coman algo”.  Nutricionalmente esta opción no es la más adecuada, pero económicamente, además, resulta nefasta: los bollicaos y los chococrispis -y todos sus parientes cubiertos de miel o chocolate- son un atraco a mano armada.

Entre que coman un bollicao y que no coman nada, yo prefiero que no coman nada, especialmente porque muchos niños -y adultos- son incapaces de comer nada recién levantados (salvo quizás un vaso de leche). Mejor enviarlos al cole con un bocadillo -que se puede dejar congelado la noche anterior, para ahorrar tiempo: les garantizo que sabe bien- y un trozo de queso, o un tupper con fruta en trozos, o frutos secos, y que sea su estómago el que decida más tarde.  Porque lo que sí está claro es que si les llenamos la barriga de chocolate y crema luego no habrá espacio para más, especialmente si luego tenemos un sanísimo pero poco deslumbrante plato de verduras para comer. Que no se nos olvide que el mejor condimento es el hambre…

Como tampoco hay que pasarse de estoicos, podemos pactar con nuestros hijos un momento “bollicao” semanal para la merienda. De lunes a jueves la merienda de mis hijas es yogur con fruta, bocadillo y zumo (natural, porque me han salido finas… la mayor ya se ha encargado de informarme de que el zumo tiene que estar recién hecho porque si no se le van las vitaminas). Los viernes nos compramos -yo incluida- pastelitos, donuts, empanadillas, patatas fritas, ensaimadas o palmeras de chocolate. Sin complejos y sin culpas. Siempre les pregunto y las dejo decidir (la pequeña no habla, pero decidir, ¡vaya que decide!) y todos felices. Y así salvaguardo su nutrición -y mi bolsillo- sin demasiado esfuerzo. Cabe decir que los fines de semana guarrean un poquillo con las meriendas, pero como ésas las paga mi suegra yo me hago la sueca…

Ah, y un último consejo: no hay que tener al enemigo en casa. Si no queremos que nuestros hijos coman guarrerías, mejor no tenerlas en la nevera o en la despensa, porque es muy difícil negarnos a darles algo que sabemos objetivamente que está ahí. Y si no hay, no hay, ellos no pueden salir a comprarlas (nosotros sí, así que si se nos antoja algo siempre podemos sopesar si vale la pena vestirnos y bajar al Mercadona para comernos un pastelito). Ojos que no ven, corazón que no siente…

 

Lápices, colores, gomas de borrar y demás sumideros de pasta

No sé cómo nos lo montamos, pero todos los años, allá por octubre, a mi hija mayor le empiezan a faltar útiles escolares. De pronto, de ese bonito estuche que primorosamente hemos preparado a principio de curso empiezan a desaparecer lápices y gomas como si fueran hojas secas que se caen de un árbol en otoño (o mejor, como si fueran dientes ansiosos de que el ratoncito Pérez los convierta en perlas). Muy poético, pero no me hace la menor gracia. Los de la papelería se deben cachondear de mí cada vez que entro a comprar un lápiz OTRA VEZ. Y luego, cuando no hacen falta, me encuentro colores debajo del sofá, en la cocina, en la caja de los juguetes y en el baño. Vamos, la ley de Murphy.

Pues que Murphy se apañe como pueda, porque ya estoy cansada de gastar más de lo debido en útiles escolares (y sobre todo, de perder tiempo buscando algo que mi hija debería tener siempre disponible). Así que me he agenciado una caja de zapatos y ahí han ido a parar todos los útiles que me he ido encontrando durante la limpieza de verano.

Como el caos planea amenazadoramente sobre mi cabeza, se me ocurre que esta vez separemos los útiles de la escuela de los de la casa. Es decir: los colores del cole para el cole, siempre en su estuche y sin salir de la mochila; los de la casa -para hacer dibujos, deberes y anotaciones- en la cajita de cartón. Por lo menos así me aseguro de que mi hija siempre tenga un lápiz disponible para hacer los ejercicios en clase… vamos a ver cuánto nos dura.

 

No logo, no problem

No sé si esto tendrá mucho que ver con el tema del ahorro en el cole, pero no puedo pasarlo por alto porque creo que es un tema que nos afecta a nosotros y a nuestros hijos por igual: la “marquitis” aguda.

Somos presas fáciles de la mercadotecnia. Los anuncios nos asaltan en la tele, en la calle, en el metro y los autobuses. No podemos escapar. Nos bombardean continuamente con las bondades de tal y cual producto, nos mienten, nos confunden y, sobre todo en el caso de los productos para niños, intentan hacernos sentir culpables para que los compremos, “porque un padre que quiere lo mejor para su hijos, les da siempre XYZ”.

Mentira cochina. Un padre que quiere lo mejor para sus hijos los llena de amor, de cuidados, de besos y de cuentos para dormir. Una madre que quiere lo mejor para sus hijos los alimenta, los acompaña, los viste, los ayuda a crecer y los escucha. Y luego, dependiendo del presupuesto que cada uno tenga, les compra una marca u otra de pañales, un juguete más o menos caro, unos vaqueros de mercadillo o unos de boutique. Qué más dará. Nuestros hijos no nos van a querer por lo que les compremos, aunque eso sea lo que los anunciantes nos quieran hacer creer.

Y al final de cuentas, para qué querremos marcas, si la etiqueta es lo primero que les quitamos de la ropa, porque les pica…

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