Tengo una relación de amor-odio con las rebajas (que se torna más intensa en épocas de crisis como ésta). En México no hay rebajas como tales, con fechas de inicio y finalización, sino ofertas puntuales -y ciertamente muy atractivas- que salpican los anuncios de televisión, los catálogos y los periódicos durante todo el año. Cuando llegué a España, junto con mis dos maletas me traje una batería de estrategias aprendidas de mi madre para lanzarme con éxito a mi cacería de ofertas y descuentos, aunque estuviera en territorio desconocido.
Está claro que mi licencia para comprar (barato) continúa en trámites de homologación, porque todavía después de 10 años me sigue tocando las narices que tengamos que ir todos en masa a comprar en enero-febrero y en julio-agosto. Vamos, como que no tengo yo mejores cosas que hacer. El caso es que dadas las estrecheces económicas que padecemos, tampoco nos podemos hacer los orgullosos y esperar a que el gentío desaparezca para ir nosotros a comprar ropa de temporada. Les parecerá extraño, pero es que prácticamente no he comprado nada a precio “normal” desde que llegué, salvo regalos o ropa de fiesta. Cada vez que veo los precios en las etiquetas algo dentro de mí se rebela (será mi inquebrantable devoción a la Virgen del Puño Cerrado), así que siempre lo dejo “para las rebajas”.

El problema es que, si la vida es un viaje, las rebajas son como las paradas a comer cuando no tenemos hambre y el guía nos anuncia que el próximo restaurante está todavía muy lejos… Y si bien nosotros podríamos aguantarnos las ganas hasta el siguiente pueblo, los niños no pueden y hay que pasar por el aro. Y eso sin contar con que este año el presupuesto para las rebajas no es nada suculento, así que la cosa se complica mucho más. Aún así, aunque me dé mucha pereza meterme a las tiendas llenas de gente, sé que tengo que ir porque mis hijas crecen (¡y como no van a crecer con lo que comen, mis pirañitas!) y si me espero un poco más sencillamente no tendré bastante dinero para comprar todo lo que necesitan.
Bien mirado, que las rebajas se concentren en cuatro meses nos libera de la obligación ya no digo de comprar, sino simplemente de meternos a una tienda durante el resto del año. Vamos, que al que le apetezca va, pero yo particulamente prefiero emplear mi tiempo en cosas más agradables (y baratas). Pero tampoco se puede ir a la guerra sin fusil, y menos si la guerra dura dos meses, así que tampoco es plan meterse a una tienda y arrasar las estanterías “por si acaso” y “porque está muy barato”. Se trata de ir de cacería con la lista en la mano haciendo énfasis en ese fondo de armario ideal del que hablan todas las revistas de moda.
En verano les dejé algunos breves consejos para afrontar las rebajas, y la verdad es que para los adultos no se me ocurre nada más que pueda servir (salvo seguir usando la ropa del año pasado). Pero para el caso de los niños, aquí les dejo algunas ideas que quizás puedan serles de utilidad:

1. A comprar para los niños, pero sin los niños. A mí ya de por sí me estresan las rebajas, la gente y el ruido como para llevarme a mis hijas a las tiendas (excepto para comprar zapatos). Que conste que yo soy la primera que incumplo este principio, más que nada porque me faltan voluntarios para quedarse con ellas, pero desde que la peque cumplió los dos años ir con ella de compras se hace muy cuesta arriba. Cuando voy con ella no miro lo que quiero mirar, no me concentro y no me acuerdo ni de las tallas que tengo que coger.
2. Tenemos dos opciones para comprales ropa sin tener que llevarlos: medirlos en casa antes de salir y llevarnos la cinta métrica con nosotros (o llevarnos una prenda que les quede, como referencia), o comprar las prendas “o ojo” y devolver después las que no le queden. Mucho cuidado con tiendas como Toy`r Us, Pick Ouic y Decathlon: no te devuelven el dinero, sino que te dan un vale, así que siempre es mejor preguntarlo en la caja. Tengan en cuenta también que en temporada de rebajas los cambios y devoluciones tienen que hacerse en 15 días en lugar de en 30, por lo menos en el Kiabi y en el Centro de Oportunidades del Corte Inglés.
3. Tanto si nos van las tendencias de moda como si no, es una buena idea elegir una paleta de colores armónica que nos permita combinar más de dos o tres piezas entre sí. No sólo ahorraremos dinero sino también tiempo, porque en caso de que los niños se manchen, por ejemplo, la sudadera al comer, siempre será más sencillo cambiarles sólo la parte que se han manchado y no todo el conjunto. A mí me gustan los tonos tierra-naranja-verde-ocre-rojo y por otro lado los violeta-azul-lila, así que suelo tener prendas combinables de ambas series. Y para completar el cuadro siempre tengo camisas blancas y prendas vaqueras, que van bien con cualquier color.
4. Los pies de los niños crecen pronto, demasiado pronto para nuestro gusto (y para nuestro bolsillo). ¿Mi combinación ganadora de invierno para niña de 1 a 7 años? Botas granate/rojo/marrón, merceditas azules y zapatillas de deporte blancas. Les reto a nombrarme una prenda con la que no puedan llevarse al menos una de esas tres opciones. Para el verano, dos pares de sandalias, unas blancas y otras más oscuras (rojas o azules). Lo mismo. Se les quedarán pequeñas antes de que terminen de gastarlas, así que mejor apañarse con dos pares.
5. Si no tienen camisa roja les ponemos una verde, si no tienen pantalón azul les ponemos uno amarillo… ¿pero qué pasa si no tienen zapatillas de andar por casa, pijamas, ropa interior, cinturones, chaqueta, bufanda, guantes, gorro? Para mí éste es uno de los puntos claves de las rebajas: aprovechar para comprar todas aquellas cosas necesarias e insustituibles por las que luego nos sacarían una pasta en temporada normal. Porque claro, de nada nos sirve comprar un conjuntito muy mono por 12 euros si luego de las rebajas nos piden 15 por unas zapatillas de andar por casa. En las rebajas del año pasado le compré a la peque un par por 99 centimos, y vaya si las hemos aprovechado… Y no sólo eso, sino que comprándolas por adelantado dejé de preocuparme de si mi hija tenía o no zapatillas…
6. Si después de habernos provisto con todo lo que nuestros hijos necesitan para diario (incluidos accesorios) nos queda algún dinero disponible, pues ¡ancha es Castilla, el mundo es vuestro! A mí no me va a quedar ni para pipas, pero por lo menos tengo el consuelo de saber que la ropa de la primera la va a terminar de amortizar la mayor, jejejeje (la de la pequeña quién sabe…mmmm)
Y sin más que agregar, los dejo que hoy me toca ir de rebajas y todavía no he preparado el látigo y el taburete, compañeros domadores…

