Ahorrar en el súper

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 No me imaginaba que iba a tener que hablar otra vez de Mercadona tan pronto, pero sorpresas te da la vida, como dijo el filósofo Pedro Navajas. Mercadona, ese establecimiento soso, ordenado y previsible me acaba de dar un par de agradables sorpresas.

Está claro que Papá Roig se ha empollado todas las teorías económicas que vienen del otro lado del charco, por lo que no es de extrañar que con la llegada de la primavera se haya lanzado a la aventura de probar el efecto lipstick en carnes ibéricas. Dicen por ahí que el impacto de este fenómeno económico social que consiste nada más y nada menos que en que en épocas de crisis nos da más por comprar barras de labios de color rojo pasión es más certero que muchas teorías económicas de esos que se consideran expertos (que, como ya dijo Leopoldo Abadía, tienen tan poca idea de esta crisis como muchos de nosotros).

Y como ya entrados en gastos lo mismo da una barra de labios que una crema anticelulítica, Mercadona apuesta fuerte y nos sorprende con una revista gratuita que, con formato de publirreportaje, nos explica las bondades de las distintas líneas de cosmética Deliplus (cuidado del rostro, del cuerpo, tintes para el pelo, champús, productos para jóvenes, niños y para caballeros, entre otros) para que, si no habíamos picado todavía, nos atrevamos a probar por un precio módico alguno de sus productos.

 

 

A mí lo de gastarme 50 euros en una crema para la cara me parece de locos, aunque a lo mejor me tengo que tragar mis palabras dentro de algunos añitos… de momento, si me acuerdo de lavarme la cara antes de irme a dormir, eso ya cuenta como "tratamiento de belleza", jajajajaja. Es mucha la pereza pero es más la certeza de que no me puedo gastar ese dinero en un producto que seguramente no vale lo que cuesta. Por eso valoro muy positivamente la línea cosmética de Mercadona -y especialmente la publicación de la revista, muy profesional, que invita a la compra, con buena fotografía… vamos, nada cutre, para decirlo claro-, porque por muy poco dinero (creo recordar que las cremas de noche no llegan a los 5 euros) tenemos productos de calidad bastante aceptable para estar monas -o por lo menos pasables- a pesar de la crisis.

La otra sorpresa está a años luz de ésta en cuanto a glamour y seguramente no será del agrado de todos mis lectores, pero he de decir que para mí representa un momento histórico que llevaba esperando desde que puse los pies en España: el triunfante regreso de la casquería a la mesa española. Sí, la casquería, los despojos, las manitas, piecitos, riñones, sesos, lengua, carrilladas, hígados y demás exquisitices que llevaban escondidas detrás de los mostradores de las carnicerías todos estos años en los que nos creíamos los reyes del Mambo.

La casquería no es una novedad en la gastronomía española, pero es que nos habíamos vuelto muy exquisitos, para qué mentir. En México, país de crisis permanente, los despojos son un ingrediente importante de nuestro recetario, y no es difícil encontrarlos en el supermercado de nuestra preferencia. Aquí llevo 10 años yendo a posta a las paradas del Mercado Central para conseguir una lengua de ternera decente para hacer una barbacoa regiomontana (que no tiene nada que ver con la típica barbacoa americana, advierto), porque en las carnicerías de barrio tenía que encargarla "para la semana que viene". Y que estuviera en Mercadona, ni soñarlo.

 

 

¡Qué nadie me despierte!

Desde luego, resulta cuando menos curiosa esta doble estrategia tan poco ortodoxa, pero si hacemos caso de quienes dicen que la crisis es oportunidad, no podemos menos que admirar la visión de futuro de Mercadona, que quiere hacernos sentirnos bellas por fuera… y nutrirnos por dentro, jejeje, ambas cosas por poco dinero y con la garantía y disponibilidad que ofrece su marca. Que yo a Mercadona le meto caña si creo que se lo merece -como ya hice antes con lo de la retirada de muchos productos-, pero ahora mismo me da que su nueva estrategia no anda tan desencaminada…

 

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 Cuando no tenía hijas, casi recién aterrizada en España, intenté afrontar la responsabilidad de la compra familiar echando mano de los mismos recursos con los que me había abierto paso en mi prolongada vida estudiantil: una libretita, un boli y largas tardes de trabajo de campo para conocer el terreno y planear una estrategia brillante con el fin de hacer la compra del mes con 20.000 pesetas.

Sí, lo sé, qué exagerada soy, si comprar no es tan difícil. Pero pónganse en mi lugar: no conocía el país, ni la moneda, ni siquiera los tipos de alimentos… no les miento si les digo que miraba los estantes de los supermercados como si estuviera en el Prado y estuviera tratando de descifrar El Jardín de las Delicias…

 

 

A lo que iba, que me enrollo: que después de seis o siete visitas al Carrefour para conocer sus pasillos, sus productos y su sistema de ofertas me di cuenta de que aquello no era para mí.  Sus catálogos hechos a todo color con letras enormes ofrecían siempre dos o tres productos "gancho" que impresionaban al personal para que acudiera en masa a la tienda… y ya que estaba se llevara otras cosas que no estaban tan baratas. Y eso sin hablar de sus "fantásticas" ofertas en lotes de productos que, calculadora en mano, costaban más baratos comprándolos de uno en uno.

Yo me conformaba con ir cada dos meses con mi marido a por papel higiénico (¿seguríamos felizmente casados si entonces, abochornado por tener que empujar un carrito con cantidades ingentes de papel de váter, se hubiera negado a acompañarme?) y a chafardear un poquillo por esos pasillos repletos de marcas y presentaciones que nunca había visto en mi Mercadona de costumbre (y eso que todavía ni imaginaba que muchas más iban a desaparecer). Yo iba a explorar y a echar la tarde, como dicen en Antequera.

Y así hubiera seguido si la tan traída y llevada crisis de la que todos hablan no hubiera provocado esta guerra de ofertas entre supermercados que de la que por primera vez nos podemos beneficiar los consumidores. ¡2×3 en Carrefour, Hipercor, El Corte Inglés, Dia, Eroski y todos los que se apunten! Unidades gratis, descuentos sin fin, y noticias anunciadas a bombo y platillo, como la de que "Carrefour reduce sus precios hasta un 25%, la mayor bajada de la historia".  Lo verdaderamente relevante es que los descuentos de ahora son REALES, no descuentos trampa tan comunes en años anteriores en donde le plantaban un bonito 50 por ciento de descuento a cosas que habían encarecido antes un 80…

Carrefour nunca ha sido santo de mi devoción, eso está claro, pero tampoco soy tonta y no es momento para viejos rencores. Y para sacarle todo el jugo a los descuentos como un verdadero domador del euro, nos es imprescindible sacar la tarjetita del Club Carrefour, porque gracias a ella podemos acumular puntos por consumo canjeables por vales descuento y conseguir asimismo descuentos automáticos para compras futuras.

 

Pero la tarjetita de marras tiene un par de ases bajo la manga que no todo mundo conoce. El primero es la posibilidad de imprimirse cupones específicos de distinto tipo de artículos (alimentación, cosmética, electrónica) desde su página web proporcionando el número de la tarjeta. Yo lo descubrí la navidad pasada y calculo haber ahorrado unos 10 euros en algunos artículos de regalo que iba a comprar de cualquier manera. Los cupones tienen impresa su fecha de validez y deben ser presentados en caja junto con la tarjeta con cuyo número nos hemos registrado:

 

Ya puestos también nos podemos apuntar a su Baby Club (artículos de puericultura), Huellas (productos para animales), Videojuegos y La Buena Mesa, que tiene promociones especiales para sus afiliados.

El otro uso de la tarjeta nos remite a una web llamada Novedades gratis que en justicia no debería ser (sólo) de Carrefour, pero para poder apuntarnos necesitamos otra vez el número de la tarjeta (porque los fabricantes han hecho el trato con este supermercado y no con otro). La página en cuestión te ofrece 450 puntos de crédito canjeables por productos recién lanzados al mercado pidiéndote a cambio que los pruebes y des tu opinión en una encuesta. La mayoría son de regalo, pero algunos están etiquetados como "casi" gratis, o sea que simplemente te dan un descuento.

Cada vez que contestamos a la encuesta los puntos que utilizamos para "comprar" el producto se nos reembolsan y vuelta a empezar. Lo bueno es que por cada tarjeta se pueden registrar varios miembros de la misma familia, y cada uno puede elegir sus productos ¿A que suena chachi? ¡El sueño de todo domador, que los productos no nos cuesten nada! Pero la realidad no es tan dulce, porque aunque es cierto que gracias a estos cupones podemos retirar de cualquier Carrefour aquello que hemos elegido sin pagar un duro, tampoco nos sale gratis si tomamos en cuenta el esfuerzo y los desplazamientos en balde que hacemos para conseguirlos.

 

 

Sí, yo he me ido con mis cupones en la mano al Carrefour dispuesta a comerme el mundo… y me he quedado con la mayoría sin usar por no encontrar el producto señalado. Tuve que hacer varios viajes (lo menos cuatro, y a Carrefoures distintos) y nunca terminé de canjearlos todos.

¿Cuál fue mi ganancia? Un champú para niños marca Carrefour, un gel de ducha Sanex, un sobrecito de Cola Cao Turbo y un par de latas de Schweppes de distintos sabores. Mi marido se sacó un barril de Heineken de 5 litros al 50 por ciento de descuento y alguna cosa más que no recuerdo. Nos quedamos con las ganas de canjear el cupón de los sobaos pasiegos de la Bella Easo y de una espuma para cabello rizado marca Elnett, porque nunca dimos con ellos.

¿Quién sabe? A lo mejor ahora me animo a colgarme a la espalda mi mochila de Dora la Exploradora y a lanzarme al Carrefour, a ver si de una vez por todas me compensa ir a cambiar todos mis cupones. Y no sería nada extraño que además se me pegaran otros artículos básicos de alimentación y droguería, ya que Mercadona me tiene bastante desamparada y el Dia no siempre repone la mercancía con rapidez.

 

 

Aún así, pensando en la campaña de reducción de precios del Carrefour, yo me pregunto, ¿irán en serio con lo de "bajamos los precios… ¡y los mantenemos!"? ¿Durante cuánto tiempo piensan mantenerlos? ¿Hasta que acabe la crisis? ¿Hasta que se reduzca el número de parados? ¿Hasta que el Pocero haya encontrado la manera de volver a vender pisos que valen la vigésima parte de lo que cuestan? 

Qué sé yo. Aprovechemos mientras son ellos los que doblan las manos, desesperados por vender. Ya llegarán los tiempos en que volverán a inflar los precios artificialmente para colgarles el consabido letrerito del 3 x 2 y quedarse más anchos que largos. Menos mal que ahora mi marido es un domador orgulloso y no tendré problemas para reunir la provisión de papel higiénico necesaria para lo que resta del año…

 

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 ¿Qué pasa, que ahora hay que ser calvo para salir en la tele?

Sí, al calvo de la lotería le dieron puerta, es verdad, pero tuvo curro muchos años. Luego Lobato fue el que dejó a los de Tele 5 compuestos y sin novia para irse a la Sexta pero bien que le sacó rendimiento a su brillante testuz. Y ahora viene este señor alopécico que -respiro aliviada- no sólo me da repelús a mí, sino a una legión de fanáticos que le han dedicado numerosos grupos en el Facebook:

 

 

Pobre hombre. Espero que le hayan pagado lo suficiente por el anuncio para que pueda comprarse un peluquín decente y salir a la calle sin miedo a que lo linchen. Eso sí, los del LIDL deben estar contentitos, porque hasta este momento mucha gente ni siquiera sabía que existía este supermercado (salvo por el escándalo del espionaje a sus empleados).

La publicidad tiene su aquello no sólo por el calvo, sino por incidir machaconamente en la relación calidad-precio de sus productos. Los anuncios viejos el LIDL hablaban sólo de super ofertas de productos que nadie conocía y de llenar carros de la compra con sólo 30 euros. Vamos, lo que primaba era el ahorro. Pero ahora, justamente en tiempos de crisis, el anuncio está tratando de convencer a muchos clientes potenciales -a los que ya no les llega para comprar en Carrefour- de que le den una oportunidad al LIDL. Mucho me temo que dicha oportunidad la han perdido ya por la noticia que se ha destapado esta semana sobre la retirada de unos cereales contaminados, pero seguro que confían en que la gente tiene poca memoria…

A mí el LIDL me produce sentimientos encontrados. Me gusta… y me da miedo. Pero no por los cereales ni por el calvo -aunque si se me aparece en los pasillos seguro que grito-, sino porque siempre termino gastándome dinero de más. Y no precisamente en los artículos perecederos -de los que he probado más bien pocos- sino en la sección de bazar, porque suelen tener cosas de esas que te entran por los ojos… y que terminan escondidas en el fondo de un armario.

 

 

 

Cuando vivía en Antequera tenía el LIDL a dos pasos. Al principio iba de vez en cuando y me extrañaba no encontrar las cosas ofertadas en su publicidad hasta que un alma caritativa me explicó que había que estar ahí a la hora de abrir para poder pillar algo. Dicho y hecho: me personé en el local a las 9.15 am… y me encontré diez personas haciendo cola delante mío. Y cuando abrieron las puertas aquello parecía la final de los 100 metros lisos, sin exagerar. Me piqué y volví la semana siguiente, esta vez a las 9 (tenía sólo 2 delante). Aquello se convirtió en una cita ineludible y sin darme cuenta después de un par de meses me encontré comprando cosas "por si acaso" y llenando mi casa de trastos inútiles.

Menos mal que me mudé. Ahora para ir al LIDL tengo que coger el metro hasta Mislata, así que eso hace que me lo piense muy bien antes de ir. Tampoco recibo publicidad en casa, pero estoy suscrita al boletín de ofertas por email  y así me entero de qué hay de especial esa semana. A veces las ofertas son bastante tentadoras: 2 paquetes de pañales de su marca blanca por 12 euros -he llegado a comprar 6 paquetes, para que compensase la vuelta- o artículos de calzado y ropa para niños y adultos que no sólo son baratos, sino de muy buena calidad (eso sí, cuidado con las tallas, que los alemanes son muy grandotes y la ropa suele ser más grande de lo normal).

 

 

 

Yo no puedo recomendar sus productos de alimentación porque no los he probado -los que sí los conocen dicen que sus lácteos son especialmente buenos- pero doy fe de que el textil y el calzado son de bastante calidad. Tampoco los regalan, pero salen bien de precio (y además se suelen encontrar cosas novedosas para los niños, como zapatillas de deportes con luces, que molan un montón).

Supongo que a mí la publicidad del calvo no me ha influido, porque seguiré yendo al LIDL con la misma frecuencia (una vez cada dos meses, y siempre buscando algo en concreto), pero a lo mejor hay a quien le pica la curiosidad y se aventura a probar con este supermercado. ¿Quién sabe? En  LIDL la ocasión la pintan calva… y con gafas.

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Parecía un día normal, en mi Mercadona de siempre, con las cajeras que me conocen de sobra a fuerza de verme por ahí día sí día no con mi peque en el carrito o con la mayor a la vuelta del colegio. En esta ocasión iba sola -por alguna extraña razón que no alcanzo a comprender-y estaba a punto de terminar mi compra cuando me acordé que no había cogido Leche Pascual para los desayunos y las meriendas de mis niñas.

 

Me dirigí al pasillo correspondiente con paso rápido pero me quedé un poco chafada al comprobar que no había rastro de la leche que nos gusta por ningún lado. Miré en la estantería contigua, busqué cerca de las leches condensadas y las natas para cocinar… qué raro, no había nada. De hecho, no había más leche que la de la marca blanca propia de Mercadona. Me acerqué a la caja y le dije a la chica, "¿sabes si van a traer pronto la leche Pascual? Es que la otra no me gusta…"

La cajera, sin perder la sonrisa, levantó el auricular del telefonillo, susurró un par de palabras a su interlocutor y me dijo: "Por favor, quédese quieta en su sitio, con brazos y manos pegados al cuerpo. El señor Hacendado y la señorita Deliplus estarán encantados de responder a sus preguntas".

A mi alrededor, absolutamente de ningún sitio, surgieron unas paredes transparentes que me envolvieron como si fuera un capullo de mariposa. El material del que estaban hechas me resultaba remotamente familiar… plástico traslúcido como el de… ¡los estuches que usan las cajeras del Mercadona para mandar el exceso de billetes de la caja a algún sitio misterioso en el piso de arriba! No tardé en comprobar que mi observación era certera, porque cinco segundos después era yo la que ascendía por un túnel de aire comprimido rumbo a un destino incierto.

La cápsula se detuvo con suavidad y se abrió espontáneamente después de un corto aunque angustiante recorrido. Hubiera salido corriendo de buena gana, pero mi cuerpo no parecía querer obedecer a mi cerebro -lo que me pasa todos los días a la hora de levantarme, vamos, pero a lo bestia- y, además, en ese momento me cogieron del brazo dos sonrientes personajes que me condujeron hasta un incómodo sofá.

El hombre moreno, gordo, vaqueros desgastados y botas de punta reforzada, luciendo un generoso bigote al estilo Dalí me miró complacido mientras intentaba acomodarme en el asiento. "Buenos días, Jefe. Es un honor tenerle de visita".

 

 

Este tío era un chalado y la mujer que lo acompañaba no parecía gozar de mejor salud mental, pero daban más risa que miedo. Tenía el pelo rubio de bote (Rubio Extra Claro número 9, para ser más exactos), dos kilos de laca de la extrafuerte sosteniéndole el peinado y un vestido que hubiera hecho palidecer de envidia a la mismísima Agata Ruiz de la Prada, una especie de tienda de campaña vertical de colorines con ranuras infinitas llenas de muestras gratis de productos de cosmética y perfumería. A ésta me la conozco, pensé; y si esta pirada es quien pienso, el otro debe ser…

 

 

"Soy el señor Hacendado, y mi encantadora compañera es la señorita Deliplus", continuó con su irritante sonrisa aquel cowboy con acento valenciano que ahora le hacía una seña a Agatita para que trajera una caja de color blanco, "y según tenemos entendido, usted quiere llevarse un litro de leche Pascual sin haber probado nuestro magnífico surtido de leche entera, desnatada, semidesnatada, con vitaminas A y D, con calcio, con oligoelementos…"

La señorita Deliplus sirvió un vaso de leche del brick que había traido e hizo un gesto para indicarme que lo bebiera.

"Beba, beba, compruebe usted misma la calidad Hacendado", dijo el susodicho personaje, mientras me tapaba la nariz para obligarme a abrir la boca y a ingerir el producto en cuestión.

Yo creí que me moría. Ni siquiera podía saber si la leche era buena o mala, porque odio la leche desde que tenía 7 años (¿será por eso que no crecí más?) Yo lo único que sabía es que a mis hijas les gustaba la leche que yo llevaba a casa, que era una marca de confianza y que no tenía ninguna gana de cambiar a otra… aunque a estas alturas lo mismo me daba que fuera Pascual o que fuera Maragall, ya no quería leche ni quería nada, sólo quería marcharme de ahí…

La dulce señorita Deliplus, viéndome indefensa, quiso aprovechar la ocasión para utilizar sus muestras gratis, así que me echó encima el agua de un florero y empezó a lavarme el pelo con su Champú Cabello Familiar, restregándome con verdadera furia cuando me oía suplicar entre trago y trago de leche "por favor, del Deliplus no, que me deja el pelo grasoso, que a mí me gusta más el Pantene aunque esté más caro"…

 

 

Menos mal que cuando desperté ya no estaban ahí, como el dinosaurio de Monterroso… o eso creí yo hasta que me topé con esta noticia: "Mercadona revisará otros 1.200 productos tras eliminar 800 de sus tiendas"

Dicen que esto es sólo la fase uno. Que empezarán por quitar productos de marcas conocidas de los lineales para que el cliente no tenga más narices que llevarse lo de la casa. Que Mercadona va en camino a convertirse en una tienda hard discount, como lo era el Lidl al principio de su andadura en España. Que cuando nos hayamos acostumbrado irán subiendo paulatinamente los precios hasta que terminemos pagando sólo un poco menos que por los productos de otras marcas. Que ésa es su gran estrategia para capear la crisis (que de momento, para Mercadona significa haber pasado de ganar 336 millones en 2007 a unos pocos menos en 2008… vamos, que están al borde de la quiebra…)

Me gustan los productos Hacendado. Tienen buena calidad y buen precio. Me gustan, pero no por encima de todo. La decisión de Mercadona de retirar productos de otras marcas está limitando la capacidad de libre elección de sus clientes, pero sobre todo está empujando a muchas empresas productoras a la quiebra y con ellas al paro a miles de trabajadores. Yo no sé cuál será la solución para la crisis, pero desde luego ésta me parece la más triste de todas…

Yo creo que se equivoca, señor Hacendado. España no es Estados Unidos, el país en donde gastar lo menos posible en alimentación es un deporte nacional en el que no se reparten medallas sólo porque no hay quien las patrocine. Aquí habrá toda la crisis que quieran, tenemos menos dinero para consumir, intentamos ahorrarnos algunos euritos en la compra si se tercia… pero somos muy de marcas de comida, qué se le va a hacer. Que no se diga que a nuestra familia le damos cualquier cosa, noooo, que el niño come galletas Príncipe y la mamá sus Digestive, que no se diga que a papá le quieren dar maquinillas de afeitar que no sean Gillette. Que no todos son como yo, señor Hacendado, que lo mismo nos da Juana que su Hermana, que probamos de todo para ver si encontramos algo más barato, que no nos casamos con ninguna marca para luego no vernos en la tentación de ponerle los cuernos con algún candidato más apetecible.

 

 

Que no, señor Hacendado, que por las malas no, que ya sabe usted qué pronto tienen los españoles. Que mis amigas ya me dicen que se cambian al Consum, que están cansadas de ir al Mercadona y dejarse la compra a medias por no encontrar lo que quieren. Que les siguen gustando cosas de la marca Hacendado, que lo de Deliplus está muy bien, pero que terminarán por no entrar más que una vez al mes, y que se irán a hacer la compra grande a otro sitio mejor surtido. Carrefour, Dia y Lidl se están frotando las manos, porque el gigante está cavando su propia tumba.

Y aunque ahora mismo no nos lo podamos creer, la crisis acabará algún día no demasiado lejano. Y cuando tengamos dinero otra vez para gastar alegremente no habrá quién recuerde que en Mercadona vendían Cola Cao o que tenían pescadería y carnicería (¡sí, tenían carnicería, se los juro!), porque se habrá convertido en esa bodega para comprar productos sin marca en paquetes grandes. Y la atención personalizada y el trato amable de las cajeras será una leyenda urbana.

Y pensar que creí que había despertado de mi pesadilla…

PD. Para todos aquellos que se estén preguntando dónde estaba Mr. Bosque Verde, tengo que decirles que también he soñado con él pero prefiero reservarme los detalles. Sólo puedo decirles que me recibió en una habitación perfectamente ordenada, limpia y reluciente en donde por única decoración había un lecho de mullido papel higiénico con almohadas de servilletas de tres capas y sábanas de bayeta de microfibra… y que cuando me abrió la puerta llevaba encima sólo dos gotitas de amoniaco perfumado… :)

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¡Qué mala fama tienen los supermercados Dia en este país… y con razón! La limpieza, el orden y la reposición del género en las tiendas Dia echa pa’ trás, no lo vamos a negar. Hasta hace poco tiempo, ya podían ponernos los catálogos con precios ínfimos en el buzón, que no picábamos jamás: sí, en el Carrefour y en Mercadona la compra nos salía más cara, pero los pasillos eran amplios y las cajeras amables. Ah, qué tiempos aquellos…

Ni siquiera yo, con lo tacaña que soy, me atrevía a hacer la compra en esos tenebrosos establecimientos. Alguna vez entré por curiosidad cuando vivía en Antequera, pero salí tal cual, sin nada en las manos, porque no me atrevía a probar ninguno de los productos de la marca propia (¡con lo buenos que están!) y el resto de productos "de marca" tampoco me parecían tan baratos… Y luego, claro, el engorro de hacerse la tarjetita para los descuentos…

Al mudarnos de vuelta a Valencia me encontré de pronto con un Dia cerca de casa. En condiciones normales ni siquiera hubiera ido a curiosear, pero empezaban a vérsele las orejas de lobo a esta crisis y pensé que si no era demasiado repelente, a lo mejor podía ahorrarme algo en la compra…

¡Sorpresa! Estaba (relativamente) limpio. Estaba (relativamente) ordenado. Pasillos amplios, luz, estanterías llenas. Ah, amigo, es que no era un Dia sino un MaxiDia. O lo que es lo mismo, el Palacio del Hard-Discount (y no el Cuchitril del Ahorro, como lo son los Dia (s) a secas que hay normalmente en nuestros barrios).

 

 

 

En estos meses como clienta habitual me he ido dando cuenta de que no todo el monte es orégano -productos descatalogados, falta de reabastecimiento en las estanterías, cajeras malpagadas y malencaradas (aclaración: retiro lo de malencaradas, porque cada una de ellas supongo que hace su trabajo lo mejor que puede, como todo mundo; pero lo de malpagadas no lo puedo retirar, lo siento),  colas interminables, productos caducados exhibiendo su moho en las neveras- pero con todo, reconozco que ha sido como descubrir el Santo Grial de los descuentos, en un país en donde las ofertas en productos de alimentación son de dar pena (ejemplo típico de Carrefour: llevar un envase de 2 kilos de un producto te cuesta lo mismo que llevar 2 de 1 kilo. Y lo que es más ridículo todavía, a veces te cuesta más. Doy fe, lo he comprobado con la calculadora en mano).

Pero antes de lanzarse en masa a invadir el Dia más cercano, me siento en la obligación de advertirles que meterse a comprar en estas tiendas no se parece en nada a ir a comprar al Mercadona. Mercadona es una tienda limpia, eficiente, ordenada…. y aburrida. Sí, aburrida, aburrídísima. No hay sorpresas. Hay marca Hacendado, y "la otra" (como mucho, dos marcas más). No hay descuentos. No hay "unidades gratis". No hay 2 x 1, ni 3 x 2, ni puntos para canjear por regalos, ni sorteos de carros gratis. Hay lo que hay, si te gusta bien y si no, puerta. Y reconozco que eso debe ser parte de su éxito, porque te simplifica mucho la toma de decisiones y pierdes menos tiempo haciendo la compra.

(Muy recientemente Mercadona ha empezado a ofrecer unos tímidos descuentos en el afán de retener a la clientela, pero para mi gusto ha reaccionado demasiado tarde, ahora que todos los híper y súper del país están lanzados imprimiendo catálogos con ofertas insólitas que no hacen sino poner de manifiesto lo que ya intuíamos: que sus márgenes de beneficio son inmensos y que nos han estado tomando el pelo muchos años).

Bueno, que me voy del tema. El Dia funciona con dos tarjetas: una de fidelización y otra de crédito, independientes entre sí (esta última se llama Finandia y te permite pagar a crédito mensual -con intereses- y a crédito semanal -sin intereses). Para para poder sacarle provecho a la visita al Dia hay que pedir la tarjetita de fidelización. Es gratuita, te la dan en caja al rellenar una forma y la puedes utilizar al instante. Cada mes te salen cupones con descuentos específicos en productos Dia y de otras marcas, que se pueden utilizar todas las veces que quieras dentro del período de caducidad de los mismos.

 

 

 

 

 

Lo malo es que, tal como su nombre indica, la tarjeta te obliga a ser fiel a una sola tienda: no te vale para otra sucursal, digamos la que te queda a tiro de piedra del trabajo, o de casa de tu madre. ¿Que porqué pasa eso en el Dia y no el Carrefour, con la famosa ClubAhorro? Pues simple: porque Carrefour es de un solo dueño y el Dia es un sistema de franquicias. Vamos, que cada una es hija de su madre y de su padre. (Y tanto que lo son, que hasta hay sucursales en China, y ni quién les diga nada…

 

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¿En qué nos afecta a nosotros esta peculiaridad? En principio, como ya lo dije, en que la tarjetita sólo vale en una tienda.  (Susana nos advierte en los comentarios que sí que vale, sólo es un poco más engorroso. Yo le creo, pero a mí la cajera que me dio la solicitud me dijo que no se podía).  Pero lo más interesante es que, salvo los precios de los catálogos de ofertas que se distribuyen a nivel nacional, el dueño de cada franquicia puede hacer de su capa un sayo y ponerle el precio que le salga de las narices a los productos, incluyendo los de la marca Dia.

No es extraño, entonces, que haya gente que diga que el Dia no es tan barato y que otros hablen maravillas de sus precios; depende de la tienda. Y por lo que he leido y escuchado por ahí, los mejores descuentos están en las tiendas MaxiDia, que a su vez son las que tienen más clientela.

Hecha esta aclaración, les diré que el sistema de descuentos del Dia es una pasada, porque al contrario que en el resto de supermercados, son acumulativos y bastante espectaculares. Hay que currárselo bastante, estar pendiente de las ofertas, aprovechar los descuentos de artículos no perecederos como detergentes o aceite para hacer un buen stock que nos dure varios meses, pero vale la pena. Mi marido dice que a mí me tendrían que prohibir la entrada al Dia como a los jugadores profesionales de póker a los casinos, porque en cada visita, con mi lista de la compra, los cupones y la tarjetita en la mano, hago temblar a la banca :)

Caso práctico:

Mi compra de ayer. Primero, miro el folleto en vigor: a ver qué cosas pueden resultar interesantes. Aceite de oliva virgen extra marca Dia: 2,69 el litro, a 2,25 si te llevas dos botellas. Pastillas 5 en 1 marca Dia para el lavavajillas: 3,19 el precio original, 2,55 cada caja si te llevas 2. Croquetas de cocido con jamón congeladas marca La Cocinera: un paquete, 2, 19; llevando 2 unidades, a 1,75 cada unidad. Champú o acondicionador Pantene, con un precio normal de 3, 75, a 3 euros si te llevas dos.

Luego miro los cupones. ¡Qué suerte! Tengo un 20 por ciento de descuento en Congelados La Cocinera, y otro 20 en Lavavajillas a máquina o mano marca Dia. Además, como hace poco que me saqué la Finandia, este mes tengo un 10 por ciento adicional para productos Dia. Y por si fuera poco tengo otro 10 por ciento adicional por uso de tarjeta Finandia. (Este chollo se me acaba el mes que viene, pero mientras tanto hay que aprovecharlo).

 

 

Resumiendo:

Precio/Producto Original Pack 2 Cupón 1 Cupón 2 Cupón 3
Aceite 2,69 2,55 - 2,29 2,06
Pastillas 5 en 1 3,19 2,55 2,04 1,83 1,65
Croquetas 2,19 1,75 1,4 - 1,26
Champú 3,75 3 - - 2,7
Total 11,87 9,85 8,99 8,52 7,67

Cupón 1: Descuento específico

Cupón 2: Descuento marca Dia

Cupón 3: Descuento Finandia

 

La diferencia entre estos cuatro productos sin descuentos y el mismo con todos los cupones es de 4,2 euros. Y sólo llevando 2 unidades de cada uno… El ahorro se multiplica si, por ejemplo, llevamos más botellas de aceite, de lavavajillas, o de champú, que no se estropea… En el total de mi compra de ayer la diferencia fueron casi 20 euros. Eso es mucho más que los "centimillos" que nos dicen que se ahorrarían los que no son partidarios del Dia…

¿A que es emocionante? (Jo, qué poca vida interior tengo, ¿eh?)  Y además, otra ventaja de los cupones es que te empiezan a salir cuatro o cinco días antes de que comience el mes siguiente, con lo que tienes algo de tiempo para organizarte y ver si algo lo compras este mes o te conviene más esperarte al mes que viene, que el descuento es más jugoso.

Otra cosa que se me pasaba y que me han recordado en los comentarios: los descuentos a productos frescos a punto de caducar. Hubo un tiempo glorioso en que ese descuento era del 50 por ciento; ahora nos tenemos que conformar con un 20 por ciento, pero menos da una piedra. Eso sí, "a punto de caducar" para las reponedoras del Dia significa "o te lo comes ya o va a la basura", así que no hay que tentar al destino guardando la carne en la nevera por más tiempo del sugerido en el paquete, a menos que queramos llevar a cabo un experimento para la clase de biología…

Conclusión, el eslógan es cierto. Si pagas más, es porque quieres… que te traten mejor. Si no te importa soportar las colas, te va el peligro, te emocionas con los descuentos y te gusta seguirle la pista a las ofertas definitivamente el Dia es tu tienda… y la mía (y la de todos los que cada vez vemos menos claro lo de llegar a fin de mes, que ya somos legión).

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Aún a riesgo de perder a muchos lectores, prefiero correr un tupido velo sobre los dos primeros aspectos del título (en los que, reconozcámoslo, no soy ni de lejos una entendida) y centrarme en el tema que nos ocupa: vida, milagros e instrucciones de uso de las marcas blancas.

Supongo que quienes hayan leído la primer parte de este artículo habrán curioseado un poco por ese interesante listado de grandes marcas que fabrican para los supermercados y que, a cambio de no invertir en una publicidad onerosa, ofrecen buenos productos a precios asequibles. Gracias a esta lista las marcas blancas parecen perder, de un plumazo, su condición fantasmagórica que nos hace sentir repelús ante la idea de echar una lata o un brick sin pedigrí en nuestro carrito de la compra…

 

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Superado este primer e importantísimo escollo psicológico, a mi juicio hay dos aproximaciones al consumo de la marca blanca que merecen ser tomadas en cuenta. La primera de ellas consiste en lanzarse a la piscina desde el trampolín de 5 metros, eso es, meterse un día a un súper cualquiera y elegir diversos productos de marca blanca en sustitución de los acostumbrados. La gran ventaja de este método es su rapidez -podemos ir descartando con agilidad todos aquellos productos que no nos satifacen- y su gran limitación es que no es apto para estómagos -o bolsillos- delicados, pues si las cosas no nos gustan terminaremos por tirarlas a la basura con el consiguiente desperdicio de dinero y paciencia.

Al que le vaya el riesgo, o al que, simplemente, la situación económica actual le impida continuar con el mismo nivel de consumo de hace un año el método marcas blancas a saco le puede venir bien, yo no lo niego. Yo es que soy más de ir metiendo primero un pie, luego ya la pierna y al final el resto del cuerpo en la piscina, por eso he ido desarrollando una batería de estrategias para que mi familia y yo nos vayamos aclimatando poco a poco a las marcas blancas (vamos, que les doy el cambiazo tan lentamente que no se dan cuenta):

1. Aguza el oído. Escucha lo que otros tienen que decir sobre ciertos productos en particular. Si en el súper ves a una señora coger una lata de marca blanca de un producto que habitualmente se consume en tu casa, no te cortes para preguntarle “qué tal va”; te sorprenderá la gran cantidad de información que puedes obtener de las expertas. Lo mismo puedes hacer por otros canales; internet está lleno de páginas en donde se comentan productos de todo tipo y en donde generalmente se pueden hacer preguntas para incidir en aspectos que no hayan sido tratados con anterioridad.

2. Apúntate a las consumiciones gratuitas. De vez en cuando los supermercados (que yo sepa lo hace de manera habitual Mercadona, pero puede que también suceda en otros súpers) ofrecen degustaciones gratuitas de sus productos para que tengas oportunidad de probarlos en vivo y en directo sin pagar un duro. También en Mercadona se organizan charlas informativas a las que podemos apuntarnos para conocer, por ejemplo, sus productos de limpieza, su línea de cosmética, su sección de bebés o su variedad de desayunos en gran profundidad (yo he asistido a estas cuatro). Duran hora y media y sales con una bolsita de muestras gratis. Te lo pasas bien, te dan café y galletitas y te ponen unos vídeos para veas el proceso de fabricación de los productos. Ya sé que no todo mundo tiene tiempo para asistir a esas reuniones, pero siempre podemos comentarlo con nuestras madres o suegras y pedirles que nos cuenten qué tal les ha parecido (y exigirles que repartan el botín, jejeje).

3. Si nuestras alacenas y neveras no han acogido jamás a ningún producto sin apellido, la elección segura para empezar con nuestra carrera de conquista de las marcas blancas es el papel higiénico, las toallas de cocina y las servilletas. Por muy malos que sean, siempre pueden gastarse hasta el final sin demasiada aprensión (o reservárselas al cuñado pesado para sus visitas). Además ya desempaquetados parecerán de Scottex o Colhogar, no hay mucha diferencia…

4. Cuando tengamos el tema celulosa para hogar controlado, podemos pasar a los productos de limpieza de hogar. Lavavajillas, lejía, limpiacristales… no son demasiado caros y si no nos gustan demasiado siempre podremos esperar a terminar la botella. A continuación podrían venir los detergentes, los suavizantes y demás, pero yo recomiendo que primero nos informemos con los vecinos o usemos alguna muestra gratis, porque los paquetes suelen ser enormes y si no los encontramos a nuestro entero gusto podemos gastar mucho dinero innecesariamente.

5. Llegó el momento de pasar al delicado mundo de lo comestible. Aquí ya sabemos que para gustos colores, o sea que aunque nos canten las virtudes de un determinado producto tenemos todo el derecho a que a nosotros nos parezca asqueroso. Por eso mi voto es para que el primer producto que probemos sea uno que se consuma con mucho fervor en nuestra casa: refresco de cola, yogures, leche, pan, café. Como ya nos estamos dejando una pasta en ellos, podemos hacer una pequeña inversión en aras de un presumible ahorro futuro. A mí me ha salido bien: he cambiado la coca cola por la cola del Dia (47 céntimos contra 17), los yogures Danone por los del Dia o Mercadona (1,05 euros contra 54 céntimos el pack de cuatro), la leche de marca por la del Dia (más de 1 euro contra 69 céntimos el litro). Centimito a centimito el ahorro se nota a la semana, al mes y sobre todo al año. ¿Que el producto nos ha salido rana y no hay quien se lo coma? Pues bueno, qué se le va a hacer, en el IBEX 35 también se pierde. Y además, hay ciertas cosas que se pueden reutilizar (en helados, bechameles o croquetas), así que no está todo perdido…

6. Calladitos estamos más guapos. De nuestras incursiones en el mundo de la marca blanca ni una palabra a quienes se sientan a nuestra mesa. Primero se les deja probar, y si se quejan del cambio, hay que preguntarles qué es lo que les parece mal: la textura, el sabor, el aspecto, la presentación. Si la queja es rotunda negaremos cobardemente la evidencia (”¡qué raro, si es el mismo que te serví ayer!”) y procuraremos no volverlo a traer a la mesa; si la queja es imprecisa, podemos decir tímidamente que hemos cambiado de marca, porque ese día en el súper no tenían de la habitual; si no hay queja y siguen comiendo sin novedad, podemos compartir con ellos nuestro hallazgo (con prudencia, porque hay gente que sólo de saber que es una marca blanca deja de comer, aunque le guste); si se muestran entusiasmados, es el momento de presumir, sacar cuentas y demostrarles todo lo que se va a ahorrar en esa casa gracias al consumo de marcas blancas.

7. No sólo de marcas blancas vive el hombre (y la mujer). La leche, los yogures y las coca cola light del Dia; los pañales, el gel de ducha, la pasta de dientes, las empanadillas y los helados del Mercadona; los quesos, los embutidos y algunas latas del LIDL. Pero en mi casa las coca colas son Coca Cola (mi marido no quiere ni ver las versiones más baratas), el champú es Pantene (odio los champús del Mercadona y del Dia, aunque ahora en Mercadona están comercializando una marca “de peluquería” llamada Tresemmé que no está mal) y el maíz Bonduelle (es verdad, es más dulce que los demás). Aparte de estas tres cosas, no somos quisquillosos y tragamos con todo. Cada vez que intento otra vez probar una marca blanca para sustituirlos pierdo dinero, porque suelo terminar tirándolo todo a la basura. Y aún así, no pierdo la esperanza… (pero me pasa cada dos o tres años). En fin, que hay que reservarnos un espacio para satisfacer nuestro gustos más refinados…

8. No esperemos encontrar todo a nuestro entero gusto en el mismo súper. Me dejaba una pasta en coca colas pero las del Mercadona no me gustaban nada de nada. Probé las del LIDL, y tampoco. En fin, que iba a darme por vencida hasta que encontré las del Dia. Me gustan tanto o más que las caras, así que he salido ganando (y más ganaré el día que deje de tomar ese brebaje producto del imperialismo yanki…)

9. Aceptemos las sorpresas agradables y desagradables con deportividad. A veces ya le hemos cogido el gustillo a un producto y de pronto nos lo quitan de los estantes, o le cambian la presentación, el empaque o el sabor. Sí, da rabia, sobre todo porque siendo una marca blanca no puedes ir a otra tienda a comprarlo. Pero en fin, más se perdió en la guerra. En compensación, dejémonos maravillar de vez en cuando por artículos cuya calidad es tan buena que llegamos a preferirlos sobre los originales: a mí que me registren, pero hoy por hoy no hay quién me haga comprar pañales Dodot. Ni con descuentos, ni con muñequitos de regalo; los pañales del Mercadona (marca Deliplus) son mucho mejores, y más baratos. Y la última vez que pusieron en oferta los de la marca LIDL me lancé a probarlos y quedé encantada, así que ya tengo una segunda opción si los del Mercadona me dejan de gustar.

10. Reconozcamos nuestra derrota después de un número de intentos razonables. Si, a pesar de todo, no somos capaces de tragarnos esos calamares en tinta de sepia que eran mucho más baratos que los originales, o simplemente estamos hartos de acumular en nuestra despensa muchos productos que no nos apetece consumir en absoluto, llegó el momento de darnos un respiro, llevar todo a Cáritas y volver por algún tiempo a nuestras antiguas costumbres. Eso sí, me juego la camisa a que esta vez nos costará mucho más gastarnos los cuartos en un artículo que sabemos que podemos conseguir más barato y cuya calidad, a pesar de todo, no es tan excepcional como para compensar la diferencia. Lo lamento, pero el virus de las marcas blancas nos habrá corroído ya por dentro y ya nada volverá a ser igual…

El inicio de mi tórrido romance con el señor Hacendado (cuya presencia en nuestra casa no sólo es tolerada sino aplaudida por mi marido, que disfruta a su vez de los favores de la Señorita Deliplus y la señora Bosque Verde) comenzó, como no, casi por casualidad. Se me había acabado el Nesquik, me fui a Mercadona y no tenían latas pequeñas, sólo esos enormes paquetes de tres kilos que pensaba que nunca sería capaz de acabarme (ahora mismo, dos hijas más tarde, me parece que ya no son tan grandes). Entonces vi una lata pequeña con el inquietante texto “instantáneo en polvo” impreso al frente y el dibujo de un niño bebiendo algo parecido al Nesquik. La diferencia de precio entre la marca original y ésta era considerable… “¿me la llevo, no me la llevo? Si me la llevo y no se puede tomar, habré tirado el dinero a la basura. Pero si está buena y no se nota mucho la diferencia, igual me ahorro unas perrillas…”

Así que con mi “instantáneo en polvo” debajo del brazo (es un decir, que la lata era de 800 gramos) salí de la tienda con la sensación de estar a punto de cometer un delito. Y tanto, que al llegar a casa, no se me ocurrió otra cosa que rellenar la lata vacía de Nesquick con el “instantáneo” Hacendado. Y a esperar la prueba del algodón a la mañana siguiente…

 

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Mi marido no notó nada raro. Nada en absoluto. No dijo nada. Y claro, me envalentoné, qué quieren que les diga. Me lancé a por la marca blanca del Mercadona sin ningún pudor, aunque todavía guardando las formas en meriendas y comidas en casa para no desentonar en mi círculo de amigos y familiares (para los que las sardinas siempre eran Miau, la leche de Central Lechera Asturiana y los yogures Danone).

¿Qué tienen en común el sexo, las drogas y las marcas blancas? Pues básicamente que nos daría vergüenza reconocer que nos gustan delante de nuestros padres… y de nuestros hijos. La buena noticia es que mientras el sexo y las drogas cada vez salen más caros, las marcas blancas nos dan la oportunidad de seguir disfrutando de los productos que queremos a un precio mucho más bajo.

Claro que no todo el monte es orégano. Mi larga relación con el señor Hacendado ha tenido muchos altibajos; épocas más bien malillas en las que los productos cambiaban de sabor o presentación sin previo aviso (puesto que la tienda no está obligada de ninguna manera a publicitarlo) o simplemente, desaparecían después de haberles cogido harto cariño y, por otro lado, momentos de felicidad plena cuando, sobre todo en verano, aparecían nuevos productos a cual más delicioso (desde aquí les digo que los helados de Hacendado son lo más. Mi marido dice que el de chocolate le sabe como el Häagen Dazs, y yo he probado los minibombones light y están para chuparse los dedos).

De vez en cuando llegaban las épocas de hartazgo y de ganas de experimentar nuevas sensaciones cuando ya llevábamos demasiado tiempo consumiendo lo mismo, pero el precio de los productos originales nos frenaba y, enamorados como estábamos de nuestra marca blanca ni siquiera osábamos mirar a otros candidatos de otras tiendas… hasta ahora.

Sí, lo confieso: desde que me mudé a Valencia y las cosas en el plano económico se han puesto color de hormiga le he puesto los cuernos una y otra vez (que conste que seguimos hablando del señor Hacendado, no de mi marido): con el señor Dia, con el señor Lidl, con el señor Eroski y el señor Carrefour. Sobre todo con el primero, porque la tienda me queda más cerca y porque poco a poco he ido descubriendo que tienen muchos productos muy buenos con precios aún más bajos que los del Mercadona. Es verdad que la atención deja mucho que desear, pero bueno, tampoco voy a socializar al Dia, con que haya alguna cajera dispuesta a cobrarme me conformo (y hay días que ni eso…) Ahora mismo el señor Hacendado debe estarse preguntando qué es lo que ha podido pasar para que ahora ya no caiga rendida a sus pies…

Tanto si ustedes pertenecen a esa buena parte de la población española a la que la crisis le ha pillado como a la mulata del Chikichiki (¿tengo que explicar cómo? Lectores no españoles, favor de buscar en google) o si son de mi calaña, los que llevamos la palabra “rebaja” tatuada en alguna parte de nuestro cuerpo (o nuestra alma) y olemos una oferta a kilómetros de distancia como una jauría de perros a una presa temblorosa, a todos nos interesa hincarle el diente a las marcas blancas. El porqué los intuimos todos: porque ofrecen una calidad aceptable (y en algunos casos, excepcional) a un precio reducido, y eso, señores, se traduce en miles de euros ahorrados al año sin perder ni un ápice de comodidad o de satisfacción. Pero ¿cómo empezamos? ¿cómo nos lanzamos a la piscina de lo desconocido después de tantos años de llamar al cacao Nesquik y no “instantáneo” (que por cierto, rebusqué en la lata del Nesquik y resulta que tampoco dice nada de “chocolate”, o sea que igual también es un “instantáneo” a secas…)

Pues eso, amiguitos, lo dejaremos para el capítulo siguiente, que ahora mismo me caigo de sueño. De momento, una probadita: pueden mirar en el siguiente enlace (aportación de txitxo, que agradezco desde aquí) qué empresas son las que fabrican los productos que son comercializados como marcas blancas… seguro que nos llevaremos más de una agradable sorpresa…

A ver. Que lo del desabastecimiento va en serio, pero no por los piquetes “informativos” (¡qué manera de “informar”, por Dios, a guantazos!) sino porque en general se nos ha ido la pinza a todos y estamos comprando en previsión de una catástrofe nuclear. Con todo, “que no panda el cúnico”, como diría el Chapulín Colorado, que la cosa no será para tanto; los propios camioneros se verán afectados por sus paros (estando en huelga no ganan dinero, y además, ellos tampoco podrán comprar), así que tarde o temprano las aguas volverán a su cauce. Mientras tanto, habremos de capear el temporal de la manera más elegante posible (esto de las lluvias me está afectando; no se me ocurren más analogías que las que están relacionadas con el agua…)

Así que como Presidenta Virtual de esta nación de Domadores del Euro, declaro la puesta en marcha de las siguientes medidas de choque para hacer frente a la huelga:

1. Compra menos y compra cada día (especialmente los alimentos frescos), a ser posible en tiendas de barrio. Las grandes superficies no necesitan de nuestra solidaridad.

2. Entra a comprar con mentalidad abierta (¿que no hay cerezas?, pues manzanas, o peras o lo que encontremos) y, sobre todo, niégate a adquirir aquello cuyos precios atenten contra el decoro.

3. Fuera precocinados. No nos hacen falta. Si queremos pizza, la hacemos nosotros. Un poco de harina por aquí, un poco de tomate por allá (y una receta sacada de internet, que es gratis) hacen milagros. Y nuestra familia se preguntará porqué hemos esperado a “ser pobres” para comer cosas ricas…

4. Menos cantidad y menos calidad no matan a nadie si se padecen por poco tiempo. Desviemos nuestra motivación al bikini y no nos parecerá que estamos comiendo poco “porque no hay más”.

5. Dejemos a los niños tranquilos esta semana. Si no se terminan el plato no pasa nada (y además, las sobras pueden reutilizarse). Y quién sabe, a lo mejor nos damos cuenta de que no se mueren. Y no sólo eso, digo yo, sino que además de que no se mueren, la hora de comida ya no es una batalla y somos todos más felices. Y la huelga igual ya no nos parecerá tan mala…

 6. Comida y tele van siempre asociadas. Apaguemos la tele y matamos dos pájaros de un tiro: ahorramos en gorrinadas varias y no nos tragamos tanto programa tan malo. Y tantos informativos con malas noticias. Y puede que hasta nos dé por leer un libro, o por hacer alguna de esas cosas que siempre queremos hacer y que no llevamos a cabo porque “no tenemos tiempo”.

7. Juguemos al ingrediente secreto: les ponemos a todos nuestros comensales un plato de comida de sobras debidamente tuneadas y antes de que puedan protestar lanzamos un entusiasta “¡a ver quién adivina el ingrediente secreto!” El ansia de competir es tal -sobre todo entre entre niños- que suelen acabarse el plato prontísimo para poder descubrirlo. Y luego, con los platos limpios, a ver quién es el guapo que se queja de haber comido “lo de ayer”. (Nota: el ingrediente puede ser cualquiera que ellos no hayan mencionado… el punto es que se acaben el plato antes de adivinarlo, para que no dejen de comer).

8. Toca visita a los padres y a los suegros con nuestro tupper debajo del brazo. Ellos seguro que sí que han comprado mucho más de lo que van a consumir… (pero morro el justito, eh, que las botellas de vino bueno y las conservas de berberechos que guardan con tanto mimo no son artículos de primera necesidad…) 

9. ¿Quieres aplacar tus ansias consumistas, pero sin dinero? Vete a tu biblioteca más cercana, paséate entre los estantes como si estuvieras en el supermercado y elige a voluntad. Es gratis, abre tus perspectivas culturales -elegir libros al azar es lo que tiene- y engancha. Otra idea: ve a probarte ropa o zapatos, no importa el precio. Total, no te los vas a llevar. Pero así pasas la tarde sin comprar -por favor, no intenten hacer esto llevando dinero en metálico o una tarjeta de crédito encima, es peligroso-, les devuelves -momentáneamente- la ilusión a las dependientas (que con este tiempo no venden más que chubasqueros cuando tienen las perchas llenas de bañadores) y, lo mejor de todo, haces un inventario mental de las prendas que crees que puedes necesitar para la próxima temporada… algo así como “me las pruebo hoy y las pago en julio… cuando empiecen las rebajas”. Un triplete en toda regla.

10. Al final de la huelga, cuando los estantes de los súpers vuelvan a llenarse de 423 tipos de yogures distintos cierra los ojos un momento, respira hondo y regocíjate en tu interior mientras exclamas: “¡jo, que no era para tanto; ni me he muerto ni he cogido el escorbuto!” Ya verás que ahora cuando vayas a comprar habrá muchas cosas que te sobren en los pasillos de tu tienda favorita… ¡felicidades, has aprendido a vivir sin ellas! Ya eres un domador en toda regla… 

Y hasta aquí lo dejamos, porque si Dios -que es omnipotente, omnipresente y omnisciente, pero sobre todo, que no curra los domingos, cosa que envidio a rabiar- entregó a Moisés sólo 10 mandamientos, no voy a ser yo la que lo haga quedar mal por exceder las cuotas de normas, reglas y códigos que marca el convenio. A ver si por ir de listilla se me aparece esta noche un piquete “informativo” en forma de zarza ardiendo…

    

Bueno, ahora les digo algunos “mandamientos” para ahorrar más en súper (no me los inventé yo, eh, que los he leído por ahí):
1. Hay que hacer un menú semanal, para saber qué cosas se pueden aprovechar de un día a otro y no tirar comida. Por ejemplo: si el lunes haces pollo al horno y sabes que siempre que lo haces te queda un trozo, pues el miércoles te planteas poner unas croquetas con el pollo que te sobró. Si no, te pasa lo que amí, que hago el pollo, guardo el sobrante… y lo tiro cubierto de moho la semana siguiente.
2. Una vez que tengas el menú haces una lista (el menú debe ser total, con desayunos y meriendas incluidos) y vas al súper con ella, intentando no salirte de ella (excepciones: cuando encontrarmos una oferta grande en un producto que sabemos que consumimos y nos llevamos más unidades para guardarlas). Así también tardamos menos tiempo y la tentación de comprar cosas que no necesitamos es menor.

3. Hay que intentar ir a comprar sin hambre y sin niños y no más de una vez por semana (en lo fresco yo sí iría 2 por lo menos)… ya sé que es difícil, pero es que son factores que potencian la compra compulsiva.
4. No comprar productos precocinados, son caros y no son sanos. Es mejor intentar hacerlos en casa (aunque no tenemos mucho tiempo, ya sé, pero hacerlo cuando se pueda).
5. Hay que guardar los tickets, para poder comparar los precios en varias tiendas. Pero también hay que calcular los costes en gasolina/tiempo para ir de un sitio a otro, a veces no compensa (si todo está a distancia caminable, pues no deja de ser un buen ejercicio…

 

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