Ahorrar en la cocina

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Me han dado un toque por culpa de la última entrada. Que mucho Pollo Sueco y jajajá, qué risa, pero que además de hacerme la graciosa y hablar sobre las bondades de la vida sin (tanta) carne, debería aterrizar más la idea para no dejar a mis sufridos lectores a la deriva (y sin su fuente tradicional de proteína animal). Así que como ya les presenté al Pollo, ahora les traigo a algunos de sus más peligrosos secuaces:

1. Los Canelones Misteriosos: su relleno no se hace con carne picada ex profeso para ellos, sino con los restos triturados de los filetes y de cualquier carne que se haya cocinado durante la semana. Entre más variedad, mejor: nada iguala el sabor de los canelones hechos con carne de cordero que quedó del guisado de ayer, dos pedazos de pollo que no se comió el niño y un trozo del filete a la plancha de la que está a dieta, porque la próxima vez que los preparemos les pondremos otras cosas, jejeje. Y si no están muy a nuestro gusto, una capa generosa de bechamel y queso suele arreglar el estropicio.

2. Las Albóndigas Súper-Star: íntimas amigas de los Canelones Misteriosos, se compadecen de sus compañeras que se venden en packs de 12 listas para freír, porque ellas se ocupan de la carne que todavía no ha sido cocinada y que espera pacientemente dentro de la nevera su oportunidad de triunfar… bien condimentadas, con su miguita de pan remojada en leche para darles suavidad y una buena salsa están listas para ser disfrutadas por toda la familia. Y más baratas.

3. El Pollo-desencantado-de-las-matemáticas: ¿quién dijo eso de que el orden de los factores no altera el producto? Este Pollo se ríe de los ilusos que creen que es lo mismo Pollo con Arroz que Arroz con Pollo…

4. Las Costillas Señuelo: su misión es entretenerte lo suficiente intentando quitarles la carne que las rodea para que la señal de saciedad llegue a tu estómago y sólo comas lo que necesitas (bueno, y para que les dejes algo a los demás).

5. El Filete Fantasmagórico: Ahora lo ves, ahora no lo ves. Vuelta y vuelta en la sartén, porque su reducido grosor te permite cocinarlo en menos tiempo del que emplearías en un chuletón “de aquellos”.

6. La Ternera (y el cordero, y el pescado, y el pollo y el cerdo) Vergonzosa: se esconde sin remedio detrás de las patatas, zanahorias, guisantes y cualquier otra hortaliza que les haga compañía. Es que es es tan tímida…

7. El Cerdo de los 500 euros: sí, ése del que todos hablan pero nadie ve… para darle sabor a las lentejas, a los garbanzos, a los potajes pero siempre con mucha discreción, sin intentar convertirse en protagonista…

Y ya está. ¡Que aproveche bien aprovechado!

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Primer acto: Se abre el telón y se ve llegar a mi madre del mercado, cargada de bolsas. Abre una de ellas, saca distintas verduras -repollo, calabacín, judías- y se dispone a preparar la comida. Pica las verduras y las va echando en una cacerola enorme, en la que ya hierve el agua.

Segundo acto: Hay un pollo con una toalla enrollada en la cabeza, leyendo una revista de cotilleos y con las patas metidas en la cacerola. Mi madre le echa alguna mirada, indiferente, mientras lava los platos. Mira el reloj, revuelve el contenido del perol, lo prueba y le dice al pollo que ya se puede ir. El pollo se sacude los restos de caldo y se marcha muy digno con rumbo desconocido.

Tercer acto: Llegamos del colegio a las 2 de la tarde, hambrientos y cansados, y sólo ver la olla, ya sabemos qué hay de comer… ¡Caldo de Pollo Sueco! (lo de sueco, por dos razones: estaba como en la sauna, sudando la gota gorda; y dos, se hacía el sueco, vamos, porque lo buscábamos sin encontrarlo).

Si esto fuera un chiste, en este momento debería preguntar ”¿cómo se llama la obra?”, pero es que no lo es, en absoluto. Es la pura verdad. Vale… nunca vimos al pollo con la toalla en la cabeza, pero nos lo imaginábamos -mis hermanas y yo todavía nos echamos unas risas a costa del tema- ya que del condenado bicho lo único que notábamos en el caldo era su sabor, porque la carne estaba desaparecida.

 

 

Mi madre dirá que soy una exagerada, y tiene razón. Alguna vez tocaba algo de pollo. Pero la mayor parte del tiempo nos tomábamos el caldito con un poco de arroz, y comíamos bastantes tortillas de maíz con aguacate y queso, para compensar. El pollo reaparecía misteriosamente al día siguiente en forma de relleno para tacos o de enchiladas suizas, con lo cual comíamos siete personas dos días con un solo pollo.

Una de las peculiaridades de la gastronomía española que me ha traído de cabeza desde la primera vez que me tuve que enfrentar a la responsabilidad de alimentar a otra persona además de mí -con mi bajo presupuesto- fue el concepto general de que una comida no estaba “completa” si no se utilizaba una buena pieza de carne para su preparación: buenos filetes, costillas, solomillos, lomos, muslos y pechugas, normalmente de segundo después de un primero de pasta, arroz o verdura. Los platos únicos “contundentes” son parte de la cocina típica de ciudades y pueblos de montaña y se reservan casi siempre al invierno.

¿Comemos demasiada carne en España? Los argentinos que yo conozco me dicen que no. Yo, por contra, encuentro su consumo excesivo, y no soy la única: hace algunos días la ONU recomendaba “reducir el consumo de carne para luchar contra el cambio climático“. El plan era dejar de comer carne una vez por semana, como si estuviéramos en cuaresma.

El cambio climático me preocupa porque prefiero ser yo la que lleve a mis hijas a la playa en lugar de que el mar llegue hasta mi ventana si se descongelan los polos (suena catastrofista, pero hay que ser positivos dentro del desastre: ¿subirá la plusvalía de mi piso si digo que tendrá “vistas al mar” dentro de 25 años?), así que sólo por eso ya sería una buena idea seguir las recomendaciones de la ONU. Pero yo voy más allá: deberíamos consumir menos carne porque

1) reduciendo su consumo reducimos también enfermedades asociadas a éste (colesterol, triglicéridos, obesidad)

2) comiendo menos carne, nos ahorramos una pasta (el solomillo en Mercadona, a 29 euros el kilo… sin comentarios)

3) y por último, y sobre todo, ¡¡¡¡porque no nos hace falta comer tanta carne, no nos vamos a morir, no nos vamos a desnutrir, no se nos va a caer el pelo, no vamos a estar bajos en hierro!!! Y esto lo sé de primera mano: mis hermanos, mis padres, yo y muchos millones de personas más en el mundo hemos sobrevivido -y seguimos así- comiendo carne en pocas cantidades y utilizando otras fuentes de proteína -como los huevos y las legumbres- para conseguir el aporte necesario para estar sanos, fuertes y hermosos (y algunos, hermosotes). Vamos, que mi teoría es que aquí comemos (mucha) carne porque estamos acostumbrados, no porque de verdad nos haga falta.

En México comemos carne: deliciosas carnitas de cerdo, carne a la tampiqueña, mole, tamales… siempre acompañadas de arroz, patatas, frijoles y maíz (en forma de tortillas, o de masa), excelentes hidratos de carbono que sacian el hambre del comensal más tragón -que yo conozco varios- sin necesidad de cada uno se tenga que llevar un filete de 20 centímetros de largo y dos de grueso a la boca. Como dicen por allá cuando viene un invitado, “échale más agüita a los frijoles, para que alcance”… La proverbial hospitalidad mexicana se vería en apuros -como me he visto yo aquí más de una vez- si tuviéramos las piezas de carne contadas y se presentara alguien sin avisar (como pasa siempre en México, por otro lado).

¿Que nos gusta la carne? Pues vale, chuletón de Ávila al canto el domingo y fiestas de guardar, vamos, quién soy yo para decir cómo tiene que comer cada uno. Pero con lo achuchada que está la cosa, no estaría de más que desempolváramos nuestros viejos recetarios regionales en donde la carne aparece más como estrella invitada que como protagonista indiscutible. Carne sí, proteínas también, pero en las cantidades justas (y es que, según dicen los dietistas, no deberíamos consumir un filete mayor a la palma de la mano en cada comida… y está claro que esa cantidad la sobrepasamos con frecuencia).

Yo por si acaso ya voy preparando la toalla, el Hola, y si me apuran mucho, hasta el set de manicura. Porque si las cosas siguen como hasta -y todo tiene pinta de que así será, y aún peor- significará que el Pollo Sueco, ese viejo conocido de mi infancia, ha regresado esta vez para quedarse…

Salí de casa de mis padres a los 21 años con lo puesto, segura de estar capacitada para empezar una vida en solitario en los Estados Unidos, aunque marcada a mi pesar por algunas hazañas culinarias que todavía se recuerdan (y que en mi familia me restriegan cada vez que voy de vacaciones): el misterio de la desaparición del molde de la tarta de queso -no tenía molde de cristal y usé uno de plástico que se le parecía mucho…-, los tropecientos jamoncitos de pollo que mi madre me dejó rebozando en hojuelas de maíz para freir al estilo americano para una fiesta familiar,  y a los que no encontraba yo la manera de adherirles los trocitos de cereal (porque se me ocurrió quitarles la piel y se me olvidó usar huevo batido)… en fin, ya se hacen a la idea. Mi pobre madre me echaba de la cocina a la primera provocación para que mis experimentos no acabaran prematuramente con el presupuesto de toda la semana…

 

Los primeros cinco meses (de agosto a diciembre) que viví sola en Estados Unidos comí básicamente huevos, hamburguesas del Burger King (después de las 3 de la tarde valían sólo 1 dólar en la Universidad), de vez en cuando pizzas (porque eran muy caras) y bandejitas de esas de cenas congeladas que los americanos llaman “tv trays”, llenas de grasas saturadas e hidratos de carbono. Esa Navidad, de vuelta a casa, no me hubiera extrañado que mi madre me hiciera al horno a mí en lugar del cerdo que normalmente cocina para la cena; nunca he vuelto a pesar lo que entonces, ni siquiera embarazada de 9 meses y a punto de parir a mis hijas. Papá Noel fue clemente y me trajo un par de recetarios y una batería de cocina en lugar de la máquina de abominables que me merecía…

Ese regalo me cambió la vida (y la talla de ropa). A punta de libro, y sin saber nada de nada, me fui haciendo un repertorio bastante aceptable de recetas que he ido perfecccionando con los años. Empecé a cocinar más sano y a congelar las porciones sobrantes para nunca tener la tentación de llamar al de las pizzas al llegar a casa y encontrarme demasiado cansada para cocinar. Luego me vine a España e incorporé nuevas recetas de la mano de mi suegra y de amigas varias, por lo que ahora mismo se puede decir que tengo un doctorado en paella y un máster en tortilla de patatas. Por supuesto que algunos experimentos no ha salido bien y se fueron a la basura, pero normalmente siempre hay voluntarios en casa para probar mis creaciones (público cautivo, que lo llamo yo).

Yo no sé si en casa de José Andrés o en la de Darío Barrio (mis dos cocineros televisivos favoritos) tienen ese problema, pero a mí me da que las reticencias a la hora de confeccionar nuestro menú tienen mucho más que ver con la pereza que con la capacidad culinaria de cada uno. ¿Por dónde empezamos? ¿Qué tenemos que tener en consideración para elaborar nuestro menú? ¿Qué podemos hacer si de cocina sabemos “lo justito” y nada más, y aún así queremos ahorrar y comer sano? (¡casi nada!)

Lo más fácil en principio es piratearnos los menús sin piedad. De internet (páginas varias, fácilmente “googueables” ), de algunos libros (en el de Simone Ortega, “1080 recetas de cocina” vienen los menús organizados por semanas y estaciones) y, si me apuran mucho, de los tablones de anuncios del colegio de nuestros hijos (una mirada disimulada no basta, hay que sacar la libreta y el lápiz para apuntarlos bien).  Que por menús no quede. La única pega que le veo a estas alternativas es que normalmente traen platos que no nos gustan/no sabemos cómo preparar/son muy caros.

Yo tengo mi propio sistema y de momento funciona muy bien. En casa la regla (que, por cierto, me he inventado yo) es que: todos comemos lo mismo, todos cenamos diferente. De esta manera reduzco tiempo, dinero y esfuerzo en la preparación de las comidas sin anular (por completo) la capacidad de elección de mi marido y mis hijas.

Lo primero que hago al principio de mes es una lista de todos los platos que sé preparar, cuya eficacia y aceptación en la familia están ya probadas (y que de precio están bastante apañados), y los clasifico en grupos de la siguiente manera (el número entre paréntesis indica las veces al mes que los preparo): 

Huevos: Tortilla (4)  a la que hay que acompañar con: filetes de ternera /salmón / perca/ lomo de cerdo

Pollo: Pollo al limón (1) Pollo al la cerveza/con verduras/con salsa (1) Pollo al horno/al perejil (1), que normalmente van con arroz blanco/ puré de patatas

Arroces: Paella (1) Arroz al horno (1)

Pasta: Macarrones con chorizo al horno (1) c/ lomo o filetes /Espaguetti boloñesa (1) carbonara/champiñones/ajillo (1) con pollo a la plancha o fletán/ Canelones/Lasaña (1)

Sopas: Sopa de higaditos (1) / Sopa de fideos (1) con lomo/salmón

Legumbres: Lentejas (1) con filetes/ Garbanzos con bacalao/Alubias con chorizo (1)

Guisos:Costillas con patatas (1) Albóndigas (2)   con arroz/puré de patatas

Verduras: Coliflor con patatas y huevo (1)  Judías con jamón (1) Judías con patatas (1) Repollo/alcachofas (1) Acelgas/Espinacas (1) Gazpacho/ Espárragos (1) todos ellos con: pollo a la plancha, filetes, perca, salmón, lomo o fletán de segundo

 

De toda esta lista saco 26 comidas, de lunes a sábado cuatro semanas. Los domingos los reservo para la experimentación: intento nuevas recetas para ver si se convierten en candidatas a incorporarse en el menú oficial, o intento que mi marido me saque a comer fuera, jejejeje. Tengo que decir que mi marido y mis hijas se conformarían con comer más o menos las mismas cosas todos los días, pero yo es que me aburro enseguida y por eso me gusta dejar espacio para la creatividad…

El menú del mes (en este caso, el de junio), entonces, queda así:

 Semana 1:

1 Paella

2 Tortilla de patatas con filetes de ternera

3 Pollo a la cerveza con puré

4 Sopa de higaditos con perca empanada

5 Albóndigas con arroz

6 Repollo al vapor y lomo con patatas

7  Canelones

8  Receta sorpresa 

Semana 2:

9 Tortilla de patatas con salmón

10 Espárragos con pollo a la plancha

11 Macarrones con chorizo y fletán rebozado

12 Costillas con patatas y arroz

13  Acelgas con filetes a la plancha

14 Pollo al limón con puré de patata

15 Receta sorpresa 

Semana 3:

16 Tortilla de patatas con perca rebozada

17 Lentejas y filete empanado

18 Espaguetti a la boloñesa y pechuga de pollo a la plancha

19 Coliflor con patatas y salmón al horno

20 Albóndigas con arroz

21 Judías con jamón y lomo con patatas

22  Receta sorpresa 

Semana 4:

23 Tortilla de patatas con fletán

24  Pollo al horno con puré

25 Sopa de fideos y filetes a la plancha

26 Garbanzos con bacalao y lomo empanado

27 Judías con patatas y salmón a la plancha

28 Arroz al horno

29 Receta sorpresa

30  Espaguetis carbonara con pollo a la plancha

 

Salvo corrección de algún nutricionista experto, creo que el menú está bastante balanceado. Procuro que haya variedad, y que no se repita el mismo tipo de alimento dos días seguidos. Que todas las semanas haya algo de carne, de pescado, de legumbres, de verduras.  Y en todas las comidas siempre hay ensalada fresca y fruta de postre. El que quiera, bien, y que el no… que se espere al domingo, a ver si cae algo más apetitoso. Por supuesto, el menú para mí no es más que una sugerencia; tengo que ser flexible para dar cabida a imprevistos como invitaciones a comer, invitados en casa, una oferta de carne o pescado en el súper que no puedo rechazar, o simple y llanamente cuando no me apetece mucho lo que toca ese día (a mí, a los demás no les pregunto, jejeje, que para algo soy yo la que cocina).

 

Para la cena no hago menús. En casa cada quien cena lo que quiere. Normalmente sobras de la comida (no del mismo día) un poco tuneadas o reconvertidas en tortillas, gratinados o acompañamiento de cuscús, o arroz (es por eso que en la Semana de las Sobras casi ya no me queda nada, jajaja). A veces me sale la vena patriótica y terminamos cenando quesadillas, tacos y guacamole. Todo mundo come lo que le apetece y así “compensa” si, por ejemplo, la comida de ese día no ha sido su favorita.

 

Yo no digo que esta sea la manera ideal de confeccionar un menú, pero de momento a mí me vale. Ya vendrán tiempos de prosperidad en los que pueda sorprender a mi familia con exóticos platos y suculentos postres más de una vez por semana. Entonces ya me quebraré la cabeza para hacer nuevos menús… (¡¡¡o me iré directa a mi restaurante favorito!!!)

Que levante la mano el que no tiene en casa ahora mismo algo de carne, pescado y pollo en el congelador; pasta, conservas y harina en la alacena; verduras, frutas y fiambre en la nevera. Bien, ya puedes bajarla y coger lápiz y papel, porque es hora de hacer la lista de la compra, ¿qué harás si de pronto se presenta una emergencia nuclear y tienes la despensa pelada?

Bueno, en realidad da igual; ya me ocuparé de ti más tarde. Este artículo en realidad es para los que no levantaron la mano y sí tienen abastecido el búnker por si tienen que permanecer encerrados dos meses…

No es mala idea tener un cierto “fondo de armario” de materia prima básica para cocinar siempre a nuestra disposición. El problema es cuando usamos los cajones del congelador como si fueran los de los calcetines y simplemente nos limitamos a ir “guardando” las cosas sin orden ni concierto. Obviamente, con el ambiente tan frío por ahí, meter la mano nos da mal rollo y preferimos comprar carne fresca cada vez que vamos al súper…

 

 

Ese problema de falta de espacio (y desperdicio de recursos) tiene solución, y en mi casa lo hemos bautizado como La Semana de las Sobras. Creo que el título es bastante descriptivo; me limitaré a indicar que dicha semana tiene lugar en los últimos 7 días del mes (justo cuando ya casi estamos a ceros en la cuenta corriente) y que, más que producirme tristeza o apuro, me permite dar rienda suelta a mi creatividad (y sentirme muy segura de mí misma cuando los demás me miran con cara rara durante las comidas, todo sea dicho).

Así las cosas, mi menú de la Semana de las Sobras del mes pasado fue:
lunes: sopa de fideos (con un brick de caldo que se me quedó abierto de la semana pasada y que he aprovechado) y pescado rebozado.
martes: albondigas que congelé hace ya bastante tiempo y que me estorban en el congelador, y arroz blanco.
miércoles: canelones de la mezcla del pollo aquel famoso de la semana pasada, que también tengo congelado y ensalada.
jueves: tortilla de patatas y un par de filetes congelados que me quedaron de hace unos cuantos días.
viernes: Aquí ya no estoy muy segura porque no sé qué más tengo en el congelador. Me queda una carne con cebolla congelada que no sé si hacer en empanada…
sábado: espárragos de bote y cinta de lomo a la plancha
domingo: paellita de carnes diversas con un puñado de verdura congelada y ensalada

Y no sería buena la idea que como ya casi no tenía nada en el congelador, terminé por limpiarlo del todo quitándole el hielo… que buena falta le hacía.

Este mes toca más de lo mismo, pero creo que voy a empezar antes porque tengo el congelador a rebosar (otra vez). Por lo menos sé que si nos quedamos incomunicados por inundación tendremos suficiente comida para unos cuantos días…

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