Ahorrar en Navidad

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En estos últimos días del año abundan los homenajes en la red a los que nos han dejado para siempre, especialmente artistas, músicos, deportistas y políticos. Y bueno, para no ser menos yo también quiero rendir un homenaje a aquellas cosas que el 2008 se llevó, pero no desde la tristeza sino reconfortada por la esperanza de que el año que viene regresen a nuestras vidas… ¡y no se vayan más!

La merienda, el desayuno o el aperitivo en la terracita del bar… esa delicia en forma de despreocupación y charla con los amigos que fue casi la primera víctima de la crisis económica de la que aún no hemos visto ni la mitad, según nos cuentan…

El saldo positivo de nuestra cuenta corriente… sí, ése que solía quedarnos registrado en la libreta de ahorros después de hacer frente a todos los pagos… ¿alguien lo ha vuelto a ver después del día 5 de cada mes?

El caprichito puntual en la tienda de delicatessen que ahora tenemos que sustituir sí o sí por productos de marcas blancas… (los de don Simón se están hinchando a vender tetrabricks de vino peleón, por ejemplo)

El tiempo libre… que ahora ocupamos en buscar un segundo trabajo, o en hacer malabares para que nos cuadren las cuentas…

La tranquilidad… de saber que nuestra vida estaba más o menos resuelta hasta que el fantasma del paro y del euríbor galopante llegaron a sacudirla…

Y paro de contar, que tampoco es plan de ponernos a llorar a moco tendido porque a final de cuentas de ésta saldremos, ¡vaya que saldremos! (unos con más y otros con menos, pero saldremos).

Eso sí… ahora tendrán que permitirme un homenaje un poco más íntimo para ese amigo querido que vino llegó hace muy poco tiempo a mi vida (concretamente, hace 2 meses y medio) y que en estos días de fiesta ha exhalado su último suspiro:


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¡Adiós con el corazón, amigo del alma! Siempre me quedará el recuerdo de tu sabor… y un par de fotos. Ah, y los huesitos, que los pienso usar para un buen caldo, jajajaja.

Que el 2009 nos encuentre listos para seguir domando a ese euro feroz al que la crisis ha envalentonado.

¡Feliz y muy próspero Año Nuevo!

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Habrán oído estos días en la tele esta historia de Navidad un poco ñoña, ciertamente sorprendente e increíblemente atractiva para los medios de comunicación: gracias a una incautación de un contrabando de caviar, algunos pobres de Italia podrán disfrutar de este suculento manjar por primera -y se entiende que última- vez en su vida. Y no sólo eso, sino que se pondrán las botas (si se comparan sus 120 gramos por persona con las escuálidas raciones de los restaurantes de lujo, se entiende).

Yo sé que la intención ha sido buena y por eso no quiero moverle mucho al agua, pero se me ocurre que quizás se hubiera sacado más beneficio si en lugar de darles un platito minúsculo de huevas negras de pescado que muchos mirarán con indiferencia o quizás hasta con asco se hubiera subastado el caviar al mejor postor para donar ese dinero a los pobres. O mejor aún: que se hubiera hecho un programa denominado ”Caviar por Alimentos” en donde los restaurantes receptores de esta carísima materia prima se comprometieran a alimentar de forma más contundente a cierto número de personas durante una larga temporada, porque el caviar puede que sea delicioso -yo no digo ni sí ni no, nunca lo he probado-, pero no llena la barriga como un buen plato de tallarines con salsa boloñesa.

Aquí en España con eso de la tan llevada y traída crisis lo primero que se cae de la lista de la compra navideña es el marisco, quizás porque la gente cree que tiene poca chicha para lo que se paga por él. Y no digo que no, pero siempre y cuando no se pidan gambas XXL, angulas o langosta la compra de marisco puede resultar una buena inversión: dale dos nécoras a tus comensales y los tendrás entretenidos diez minutos… lo justo para que se les vaya aplacando el hambre y no lleguen como lobos famélicos al cordero o al cochinillo, que no es por nada pero tampoco son productos baratitos.

¿Qué vamos a cenar estas Navidades? La Cadena Ser ha convocado un concurso de “Menús para una Navidad en crisis” cuyo plazo ya ha finalizado, pero mientras se dan a conocer los ganadores de aquí podemos coger prestadas algunas ideas para cenar como reyes aunque nuestro sueldo sea de humildes plebeyos.

Aún así, si el presupuesto no da ni siquiera para unas gambas de ésas de 9 euros el kilo de Mercadona, siempre nos quedará el recurso del humor, la creatividad y del muchomorrismo, como puede verse en las siguientes fotografías que me ha hecho llegar mi amiga Clara, de Galicia:

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¡Una Navidad sin marisco no es Navidad, jejejeje! Eso sí, ya que los pobres cenarán caviar… ¿no podría éste ser el marisco que se encontraran en su mesa los dueños de los bancos, los miembros del G-8, y los multimillonarios? Digo yo, para que el universo no quedara descompensado…

¡Felices fiestas!

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Ha empezado la cuenta atrás para la celebración de la Navidad y, como todos los años, parece que nos ha pillado desprevenidos. ¿Cómo? ¿16 de diciembre otra vez? Pues sí, señores, sí, que quedan 8 días para Nochebuena y aquí estamos todavía dándole vueltas a lo que vamos a cenar, a lo que vamos a regalar y a lo que nos vamos a poner esa noche…Mucha crisis, mucha crisis, pero la gente no para de comprar. Los centros comerciales están al límite de su capacidad, los catálogos no dejan de invadirnos, ¡parece que se fuera a acabar el mundo a fin de año! Es inevitable, los Cuatro Jinetes del Apocalipsis Navideño ya están aquí, y tendremos que espabilar a marchas forzadas si queremos sobrevivir a sus ataques…


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El Jinete Blanco: Las Prisas

Poco se puede hacer contra ellas, montadas en su caballo blanco como las páginas de un cuaderno en donde no hemos hecho (todavía) nuestra lista de la compra. Si no tuvimos la precaución de planear nuestras fiestas desde mediados de noviembre como poco (especialmente en cuanto a los regalos), preparémonos para recibir una estocada en el bolsillo que nos puede dejar con una eurorragia sin posibilidad de transfusión alguna (¿alguien se ha percatado también de que Cofidis -y otras similares- ya no se anuncia por la tele? ¡Se acabaron los 3000 euros “para lo que quiera”!)

Vale, ya no podemos hacer nada contra Las Prisas con mayúscula, pero al menos intentemos destinar algún tiempo durante esta semana para sentarnos con nuestros catálogos a la vista y planear nuestra estrategia de ataque a las jugueterías, tiendas de regalos y alimentación. Con ellos podemos diseñar una ruta de compra eficiente que nos ocupe poco tiempo y nos permita traernos a casa todo lo deseado en una sola vuelta. Muy importante: antes de salir, hay que cerciorarse de llevar consigo bonos de descuento, tarjetas de fidelización, cupones y similares de todas las tiendas que planeamos visitar.


El Jinete Rojo: Las Aglomeraciones

Yo no sé ustedes, pero a mí el gentío en un centro comercial abarrotado un sábado por la tarde, mis hijas quejándose porque están cansadas y hambrientas, villancicos a toda pastilla por los altavoces y yo metida en un anorak que haría pasar calor hasta a un muñeco de nieve me hacen soltar el látigo y el taburete de domadora en un pispás y abonar en caja lo que me pidan por mis compras con tal de salir de ahí lo más pronto posible. Las Aglomeraciones, montadas en su rojo corcel, están ahí para sembrar el pánico, la confusión y el odio entre compradores (”¡maldito, suelta ese juguete, que es para mi hija!”). Los dueños de los tiendas los saben, por supuesto, por eso le suben a la calefacción y al volumen de la música sin cortarse un pelo…

Pero hay una vía de escape, y todos sabemos cuál es: la hora de la comida. A esa hora las dependientas se entretienen acomodando género nuevo porque no suele haber mucha gente, y se muestran un pelín más receptivas a nuestras preguntas sobre algún producto en particular. A veces hasta acceden a ir a la bodega a buscarlo (intenten hacerlo un sábado por la tarde… aquí los espero sentada) o por lo menos a llamar a otra sucursal para ver si allá lo podemos conseguir. Eso sí, tiene una pega, y es que no soy la primera a la que se le ha ocurrido, así que no les extrañe ver comprando a más gente de la acostumbrada en esos horarios. Pero eso sí, por mal que esté la cosa, siempre habrá más espacio para quitarse el abrigo y dejar de sentirse (tan) asfixiado mientras compramos…


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Foto: ADN


El Jinete Negro: El Sentimiento de Culpa

La Culpa, ese jinete desbocado a lomos de un oscuro caballo, nos sale muy pero que muy cara. No conozco ninguna estadística fiable al respecto, pero me juego lo que queda de mi jamón (tampoco es que quede mucho, jejejeje) a que los regalos de reconciliación y de compensación salen casi siempre más caros que los de amor y de convivencia. Es difícil racanear -o para decirlo más elegantemente, “ahorrar”- con los regalos cuando nos sentimos culpables y creemos que “le debemos mucho” a la persona a quien van dirigidos. Y es que el tiempo es un bien escaso y ahí donde no llega el tiempo, queremos que llegue el dinero…

Gastarnos 40, 50 o 100 euros en un regalo impersonal y escogido únicamente por su precio es tirar el dinero a la basura, porque dudo mucho que podamos impresionar a una pareja ofendida, una madre desatendida o a un hijo ávido de atención con tan pocos euros. Seamos realistas: para deshacernos de nuestra negra culpa y quedar como reyes necesitaríamos tener una cuenta corriente con muchos ceros… digo yo, para que al receptor del regalo le valiera la pena perdonarnos, jajaja… Así que ahorrémonos los cuartos y pongamos manos a la obra para hacer un regalo de esos que no cuestan mucho dinero pero que valen un potosí


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El Jinete Amarillo: Las Tarjetas de Crédito

Este Jinete de plástico flexible, amarillo como el oro y escuálido como nuestra cuenta corriente es, sin duda, el más duro de pelar. Las sempiternas tarjetas de crédito parecen inofensivas, nunca atacan cuando las usamos (aunque habría que sospechar cuando se empiezan a poner calientes por tanto uso, jejeje)… pero se nos lanzan a la yugular y nos desgarran al 18 por ciento TAE (mínimo) cada inicio de mes.

Las compras navideñas con sus prisas, sus aglomeraciones y sus sentimientos de culpa son el caldo de cultivo perfecto para el reinado perenne de estos demonios de 16 cifras y un número pin secreto que ojalá no hubiéramos conocido jamás. Con diferencia, este jinete es el más peligroso de todos, porque a diferencia de los otros tres se disfraza de manso cordero para incitarnos a gastar lo que no tenemos en cosas que no necesitamos.

Pagar con tarjeta de crédito no nos permite experimentar el “dolor” de ver cómo nuestro preciado dinero se esfuma de nuestras manos. ¿A que duele ver cómo nuestro billete de 50 euros se convierte en 2 de 20, luego en uno de 20 y uno de 10, más tarde en uno de 10 y en uno de 5 para luego disolverse en cantarina calderilla en el fondo de nuestra cartera? Pues si sabemos de dónde viene el golpe podemos minimizar sus efectos, pero las tarjetas de crédito se limitan a acariciarnos con sus inofensivos comprobantes llenos de autógrafos nuestros (¡qué felicidad, nos sentimos estrellas de cine!) para luego machacarnos, inmisericordes, cada vez que llega el estado de cuenta…

No sé si podremos librarnos de todos, pero por lo menos que no se diga que no lo hemos intentado. De nuestra habilidad para luchar contra estos monstruos dependerá que estas navidades, contra todo pronóstico, lleguemos a Fin de Mes sin haber llegado al Fin de los Tiempos (pero eso sí, si el mundo se va acabar… ¡que me avisen para no pagar mis deudas y para no seguir a dieta, jajajaja!)

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¿Tenemos los Christmas listos o no?

Confieso que aunque ya les di la paliza con esto hace casi dos meses, yo acabo de terminar el mío, jejejeje… no encontrábamos el momento para montar una sesión de fotos en condiciones, así que esperamos hasta el Puente de la Constitución para hacerla. Menos mal que elegimos el sábado, porque el domingo se vino el frío y la lluvia por estos lares y hubiera sido imposible…

Una vez con la foto favorita en el ordenador, me he dedicado a buscar un marco navideño bonito para hacerle justicia. En años anteriores he utilizado los bordes y marcos que vienen de serie con el Microsoft Picture It! Photo Premium 10, pero son pocos y ya los he utilizado todos, así que he “buceado” por la red y esto es lo que he encontrado para estas navidades:

Marcos Navideños 2008: mucho Papá Noel, muñecos de nieve, paisajes invernales con huecos para poner nuestras fotos. Requiere cierto conocimiento de Photoshop para insertarlas. Aquí algunos ejemplos:


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Loonapix: Página interesante con posibilidad de utilizar marcos y crear efectos para nuestras fotos sin necesidad de saber Photoshop. Para marcos navideños, ir a “Occasions” y luego a “Xmas”.

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Upframr: Tiene cuatro marcos (literalmente), pero tampoco requiere mucha pericia. Se elige foto, se inserta y ¡bingo!, ya está.

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Yo lo que voy a hacer es imprimir copias y escribir por detrás mi felicitación, tal y como les dije (¡hace mucha ilusión echar cartas en el correo!), pero si lo que a ustedes les va son las felicitaciones vía email y estas postales se les quedan cortas, quizás quieran vestirse de elfo para felicitar la Navidad a sus amigos y parientes con un bailecito:

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Eso sí, no puedo terminar esta entrada sin agradecer a mi amiga Meche que haya seguido mis consejos y que se haya tomado el tiempo de comprar una tarjeta, escribirme una felicitación personalizada y enviármela desde México… ¡ya tengo mi primer Christmas! ¡Eso es previsión!

Y como no voy a ser menos, aquí les dejo mi felicitación para estas fiestas:


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¿A que mis hijas son muy “riquiñas”? ¡Me lo dice todo mundo, jajajajaja!

Venga, hasta la próxima que ahora tienen que ponerse a hacer las suyas (las postales, digo… no me vayan a echar la culpa si luego les toca la Lotería del Niño…o de la Niña, jejeje).

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Dependiendo de a quién le preguntamos, el regalo estrella infantil de estas navidades es la Casa de Mickey Mouse (¡menudo negocio, en Ebay se paga hasta el doble de lo que cuesta!), el Camión Laboratorio de Ben 10 (inconseguible), la Wii y todos sus accesorios (con suficientes unidades en venta para satisfacer la demanda… pero no cantemos victoria, que en Estados Unidos se vendía por 100 dólares más de su precio original el año pasado). Los padres van peregrinando de tienda en tienda para encontrarlos, los teléfonos -y las tarjetas de crédito- echan humo, los oportunistas hacen negocio, y sin embargo, el regalo estrella para mi hija mayor no está en ningún catálogo…

Para que el mundo lo sepa, estoy criando a Félix Rodríguez de la Fuente en versión niña de 8 años. La afición le empezó muy pronto, supongo que desde la primera vez que vio un bicho y en lugar de gritar de susto gritó de alegría al enseñármelo. A ella le brillan los ojos con ilusión al ver un insecto como a otra niña con una Barbie o un Nenuco. Para mi hija no hay mejor plan un fin de semana que ir “a explorar” y regresar a casa cargada de piedrecitas, palos, hojas, bichos con pinta amenazadora y/o asquerosa de todo tipo… y yo finjo que los insectos me dan todavía más grima de que la realmente me dan poniendo caras de susto increíbles que la hacen troncharse de la risa. Aquí, un par de amiguitos de mi hija (fíjense bien en la foto):


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Con estos antecedentes, lo más fácil sería regalarle un kit de esos de Biocefa para observar insectos, hacer una colonia de hormigas o un huerto portátil para plantar semillas… si no fuera porque estos juguetes están hechos de plástico, tienen más márketing que buen diseño y cuestan entre 30 y 50 euros.

Así las cosas, mi marido y yo hemos planeado montarle, por el mismo precio o un poco menos, un “kit de exploración” bueno de verdad, único e irrepetible: un maletín con todo lo necesario para observar (binoculares, lupa), recolectar (pinzas, guantes, frascos), clasificar (etiquetas, rotuladores), estudiar (libreta de apuntes) y traer a casa (en una flamante caja de herramientas de Carrefour de 9 euros, que nos hace bien el apaño como maletín) a sus adorados bichos. Por supuesto, acompañaremos este kit con una guía que le enseñe a manipular y estudiar a estos simpáticos animalitos, para que después de utilizar mi casa como hotel de lujo durante una temporada puedan ser regresados a su hábitat sanos y salvos.

¿Que a nuestros hijos les tira más por, yo qué sé, el lado artístico? Si tenemos a Dalí en nuestra sala de estar y no nos hemos enterado (salvo por los fascinantes garabatos en la pared recién pintada), y dependiendo siempre de la edad del niño, podemos poner a su disposición un libro de técnicas de pintura, un vale por una visita mensual a distintos museos de la Ciudad, un maletín con lápices de colores y acuarelas y, por que no, nuestra venia para que una de las paredes de su habitación sea decorada por él a voluntad (si vivimos de alquiler o simplemente no nos apetece vivir en el Guggenheim podemos comprar un rollo grande de papel para pegarlo a la pared y que sea ahí donde pinten… con la ventaja añadida de que podremos guardar sus obras de arte).


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Para nuestros chefs, nada mejor que una cocinita artesana (hecha con cartones o con una mesita), y para el papá o la mamá que sea habilidoso, ropa exclusiva para las muñecas (mi secreto para un vestido ultrarrápido y baratísimo de Barbie: una servilleta enrollada alrededor de la muñeca, una goma del pelo a manera de cinturón y unos rotuladores para decorar. Eso sí, el vestido siempre con escote ”palabra de honor”, jajaja).  Si a nuestros peques les da por ser poetas, un bonito cuaderno para escribir y la promesa de ver su libro publicado con pasta dura

Mi hija tendrá la nariz metida en la Nintendo y en sus Pokemon, como muchos, pero su curiosidad y sus ganas de aprender siguen intactas, porque no duda ni un segundo en dejarlo todo por una buena mañana de exploración en el campo. Con ella he aprendido el ciclo de reproducción del caracol (que por cierto, no sé yo cómo me imaginaba que se reproducían los caracoles, que me quedé maravillada cuando vi los huevecillos perfectamente esféricos, blanquísimos y brillantes entre la tierra), he vivido el lento germinar de una planta en la terraza, he contemplado algunos simpáticos microorganismos bajo el microscopio… ¡y lo que nos queda por aprender!

¿Cuál es el sueño de nuestros hijos? ¿Qué es lo que desean con todas sus fuerzas? ¡Pues ése es su regalo estrella para estas navidades, y no otro! Porque el día de mañana toda la publicidad de juguetes que nos estamos tragando no será más que una canciocilla machacona para rellenar programas de zapping, pero nuestros hijos no podrán olvidarse jamás de ese increíble regalo megachachi que ningún otro niño recibió la Noche de Reyes…

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Mi hija mayor ha dejado de creer en los Reyes Magos. Ella solita llegó a la conclusión de que no era posible que el Ratoncito Pérez fuera una invención -cosa que descubrió este verano- y que los Reyes Magos se gastaran tanta pasta en tantos niños al mismo tiempo… (el año pasado ya tenía sus dudas, pero entonces pensó que era IMPOSIBLE que yo, devota irredenta de la Virgen del Puño Cerrado, fuera capaz de gastarme tanto dinero en sus regalos… era más fácil seguir creyendo en los Reyes, jajajaja).

Pero ahora la que tiene dudas soy yo. Acabo de leer una carta un tanto sensiblera pero bastante efectiva para explicarles a los niños que los Reyes Magos existen y AL MISMO TIEMPO son los padres los que compran los regalos, y he visto un vídeo en dónde se explica la verdad y sólo la verdad acerca del tema cuando un niño pequeño descubre a sus padres colocando los regalos bajo el árbol… Aún así, lo que de verdad ha hecho diluirse mi escepticismo es la siguiente felicitación navideña, que podemos enviar de manera gratuita desde una página llamada “Navidades sorprendentes” patrocinada por la casa de juguetes Cefa Toys (hagan click en la imagen):


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¿A que impresiona? Y eso que no pude poner mi nombre porque Euralia no es muy común, y que tampoco tenía para poner mi edad (así que puse 12 años…) Pues imagínense a sus hijos, sobrinos o nietos viendo este vídeo (y otro parecido protagonizado por Papá Noel) y sintiéndose felices de comprobar que los Reyes Magos existen y conocen su nombre, su edad, lo que les gusta hacer y lo que no, ¡y que además tienen su foto!

Quién sabe. A lo mejor mi hija vuelve a creer en los Reyes. Y si no, por lo menos creerá que sus padres no serán Reyes, ¡pero que sí son Magos!

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No sé si los Reyes Magos habrán iniciado ya un ERE, pero me da en la nariz que este año habrá menos pajes que de costumbre. Sus Majestades de Oriente se verán obligados a cargar con los regalos en persona, así que lamentándolo mucho habrá que comunicar a los abuelos que este año nada de juguetes voluminosos, pesados, ruidosos y espectaculares…

¡Ja! ¡Como si fuera tan fácil! Todos los años llegados a estas fechas, en muchos hogares de este país se vive la tradicional pelea familiar por ver quién compra el regalo más grande y más vistoso para el único/el más pequeño nieto/sobrino/primo de la tribu. Es una verdadera competición que termina, con frecuencia, con un ambiente enrarecido en las celebraciones familiares.

Lo peor de todo es que, en esta batalla, el único que gana realmente es el fabricante de juguetes, porque todos los demás salen perdiendo: el niño (que se ve apabullado por la cantidad y variedad de regalos ofrecidos y que no llega a disfrutar ninguno de verdad), los padres del niño (que se pasan las navidades de morros con los parientes que, de nuevo, han querido expresar su amor en euros y en metros cúbicos), el piso de 70 metros cuadrados (que se convierte en una sucursal del Toys’r us, pero sin posibilidad alguna de deshacerse del género por Navidades) y hasta los generosos abuelos/tíos/primos, que contemplan, decepcionados, cómo el niño objeto de sus dádivas abre los regalos… y los abandona en seguida para jugar con las cajas. (Uno de estos días voy a pedir un crédito para fabricar cajas vacías y venderlas como regalo para niños pequeños. Me voy a forrar).


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Yo sé que estas cosas son delicadas, y desde luego no aspiro a darles una fórmula mágica para resolver sus conflictos familiares en lo que respecta al tema de los regalos navideños. Quiero creer que la mayoría de las veces a los abuelos les puede la ilusión y la dicha de convertirse en Reyes Magos para sus nietos ahora que, quizás, ya no sufren las estrecheces económicas de cuando fueron padres. Por otro lado, también entiendo que los padres quieran limitar el número de juguetes que reciben sus hijos tanto por razones pedagógicas como prácticas (¿dónde se piensan que vamos a meter tantas cosas?), así que alguna solución intermedia habrá que buscar, digo yo.

Cada uno conoce a su familia y sabrá cómo negociar el tema de los regalos de Navidad para nuestros hijos. Hay abuelos que preguntan a los padres su opinión, o que se ofrecen a pagar parte o la totalidad de un regalo caro. Otros simplemente dan dinero. Otros hacen lo que les da la gana y compran lo que quieren, tanto si tenemos espacio para un coche de Formula 1 a tamaño real o no. Con estos últimos no creo que haya mucho que hacer, salvo quizás enseñarles esta página a ver si pican con alguna sugerencia :)


Primera estrategia: Compartir la lista de Reyes

A todos nos mola ver la carita de nuestros hijos la mañana de Reyes, ilusionados con los paquetes de colores, felices de ver que los vasos de leche y los turrones puestos la noche anterior están a medias (¡bien, por una vez podemos culpar a otros de nuestros atracones nocturnos!) Y queremos que todo el mérito sea nuestro, ¿a que sí? Seamos generosos son los abuelos, compartamos la lista de Reyes. Pero no se trata de que nuestro hijo haga una lista más grande: en mi opinión, los niños no deberían recibir más de tres regalos, porque no pueden poner atención a más… (y es que, además, tal y como están las cosas, tampoco podríamos pagarlos). Así que intentaremos ceder graciosamente una de las opciones de la lista a nuestros padres (y otra a nuestros suegros, que también reclamarán lo suyo) y comprar un solo regalo de nuestra parte. Gastaremos muy poquito y quedaremos como reyes (nunca mejor dicho, jejeje). Y las sonrisas de nuestros hijos se multiplicarán por el mismo precio…


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Segunda estrategia: Solicitarles el regalo útil (y barato)

Los abuelos no pueden comprar ninguno de los regalos de la lista porque se salen de su presupuesto, así que terminan siempre bajando al chino de la esquina a por el peluche de dos metros… Pidámosles a ellos cosas útiles y vistosas: libros, colores, plastilinas, moldes para hacer figuritas, tijetas, gomas, carpetas… material escolar puro y duro que ocupa poco espacio y del que tenemos la certeza de que será utilizado a lo largo de todo el año. No nos pondremos de morros, a los niños les gustará -y se lo harán saber a los abuelos con sus caritas de felicidad- y encima vamos a ahorrarnos unos eurillos las próximas dos o tres veces que los niños pidan cosas para pintar o hacer manualidades.

Tercera estrategia: Regalos caros que ocupan poco (o ningún espacio)

Que no, que ellos no le van a regalar a sus nietos un simple estuche de colores Carioca. Entendido y anotado. Es hora de sugerirles regalos molones que cuestan pasta pero que son prácticamente minúsculos (o invisibles) y que, muy probablemente, a nosotros no se nos hubiera ocurrido pagar (porque no está el horno para bollos):

A. Libros, libros, libros. Con colores, recortables, figuritas, música y juego de luces y mp3 si hace falta, pero libros. Si se quieren gastar la pasta en un incunable, allá ellos, pero los libros son siempre un acierto porque se pueden acomodar casi en cualquier sitio, no pasan de moda y pueden seguir usándose durante muchos años (y con distintos niños). Además, cuando regalas un libro a un niño, no estás dando sólo un rectángulo de cartón y papel lleno de letras y colores: ofreces un universo nuevecito a unos ojos ávidos e inquietos. ¿Qué regalo hay más espléndido que ése?

B. Vale, que no coló lo del libro: entonces, un pase anual para Parques Reunidos (77 euros), Bioparc de Valencia (31 euros), Oceanográfic (75 euros), PortAventura (129 euros) o la Warner (82 euros), entre otros. También vale una visita al Circo (de 10 a 35 euros), un pase para el cine (Cinecité, de 17,60 a 25 euros dependiendo de horario y ciudad) o al Museo de nuestra localidad. Lo importante es que la mejor parte del regalo no sea el sitio que se visita, sino la oportunidad de compartir ese tiempo en familia.


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C. ¿Que les parece poco? Pues unas clasecitas de pintura en una academia (Academia de Arte Bredall, 55 euros al mes) y el no va más, unas vacaciones especiales para niños Imaginarium (5985 euros por un niño y un adulto para visitar a Papá Noel en Laponia… que por ese precio ya puedo contratar a Papá Noel para que venga hasta acá y me haga la colada) o cualquier otra cosa con la que los abuelos puedan sentir que están contribuyendo al desarrollo y la formación de sus nietos. Podrían también hacer un fideicomiso para pagar la Universidad, pero dudo mucho que eso le entusiasme a un niño de 3 o 4 años…

D. Por sobre todas las cosas, no permitan que los abuelos les regalen una mascota si ustedes no están dispuestos a cuidarla. Como compensación, pueden sugerirles que paguen la cuota necesaria para que los niños apadrinen a un burro: por un mínimo de 15 euros al año nuestros hijos recibirán una foto y noticias sobre el burrito elegido, así como la invitación para visitarlo en el Refugio del Burrito en Fuente de Piedra, Málaga (he de decir que conozco el sitio personalmente y los chicos que atienden a los burros son encantadores. Y los burros también, especialmente ése de la foto al que no sé qué le estaba contando mi hija :)


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A mí se me ocurren de momento estas ideas, pero seguro que hay más. Me niego a creer que lo único que nos quede esta Navidad sea resignarnos a que nos lleguen con el coche de Fernando Alonso y nos aguantemos las ganas de pedirles que, ya de paso, abonen también la plaza de garaje. ¿Ahorraremos dinero con estos consejos? Pues no lo sé, pero lo que sí es cierto es que quizás nos evitemos muchos disgustos y malas caras…

Y, francamente, ahora mismo no se me ocurre mejor regalo que éste para nosotros y para nuestra familia…

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Tengo en mis manos los catálogos de juguetes de cinco tiendas diferentes: Toys’rus, Carrefour, King Jouet, DiverDrak y Todojuguete (las primeras tres de ámbito nacional y las otras dos con sucursales en la provincia de Valencia). Y después de estar mirando y comparando sus ofertas un buen rato, no me queda más que lamentar el absurdo despilfarro en papel cuché utilizado en su elaboración… (sobre todo si consideramos que estos sólo son los catálogos pre-Día de Reyes… todavía faltan los otros, los que tienen caducidad hasta el 5 de enero).

Lo primero que salta a la vista en los catálogos de Toys´us, Carrefour y King Jouet es que no te piensan rebajar ni un duro de los precios oficiales y pactados -sí, pactados, porque es imposible que diez juguetes de moda cuesten lo mismo (con céntimos de diferencia en el mejor de los casos) en tres tiendas diferentes sin haberse puesto de acuerdo- y que lo único que te pueden ofrecer para que elijas una tienda sobre otra es un regalo no monetario: cheque acumulable, un peluche, una mochila. Vamos, como las baterías de cocina que daban en los bancos en lugar de abonarte intereses. Así es que si nuestro hijo quiere: La Casa de Mickey Mouse, Teletubbies Baila Conmigo, Barbie Princesa Liana, Ordenador Wall-e, Juego de Magia Borrás, Mi Primera Cámara Digital Fisher Price, Nenuco Kit Médico, Mega Spider Car r/c 1/10, Elefun y Reloj de Ben 10 no nos cansemos demasiado buscando la mejor oferta, porque no la hay: estos juguetes cuestan igual en cualquier sitio (menos en el Corte Inglés, que cuestan más).

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No tengo el tiempo ni las ganas para repasar juguete por juguete y hacer una comparativa fiable, pero me da que más o menos todo está por el mismo estilo (en Carrefour a veces te ahorras 10 o 15 céntimos…) De cualquier manera, a título personal no debe resultar demasiado difícil hacer una comparación entre estas tres tiendas, porque generalmente nuestro interés se centra en un máximo de 10 juguetes y eso en veinte minutos lo tenemos despachado. Eso sí, en honor a las grandes tiendas nacionales, hay que decir que tienen productos “exclusivos” que sólo pueden ser encontrados ahí, y que en el caso de que sean justo lo que buscamos pueden resultar una magnífica oferta.

Caso aparte es el de los establecimientos de ámbito local, porque ahí sí es para mirarlo con más calma. Todojuguete está de aniversario y ofrece un tentador 60 por ciento de descuento en la compra de un segundo juguete, pero antes de salir corriendo a la tienda, hay que decir que el catálogo parece el baúl de los recuerdos: ahí encontraremos el Crucero Mississipi de los Pin y Pon (¿pero desde cuando los pinipones se iban de crucero?), un bebé de Smoby que tuvo mi hija mayor y que llevaba tiempo buscando, un juego de mesa del Señor de los Anillos (de rabiosa actualidad, jejeje) y el Robosapiens de amargo recuerdo, porque no lo quiso nadie el año que salió a la venta. Si nos va la moda retro y nuestros hijos no están muy influidos por la publicidad, ésta es nuestra tienda.

A DiverDrak hay que darle de comer aparte. Anuncia “descuentazos” con un morro descomunal y tamaño de letra de 50 puntos, pero es un timo. ¿A que un descuento del 24 % en el Muñeco Caillou -de 27,95 a 21,95 euros- suena bien? Pues sonaría como un ganga si no fuera porque tengo a mano el catálogo del Carrefour, en donde el mismo juguete, sin oferta y sin letras grandotas me lo dan por 21,24 euros. Y la desfachatez más absoluta viene con el súper micro con pedestal y guitarra eléctrica de Pocoyo, que “rebajan” de 27,95 a 22,95 (¡nada más y nada menos que un fantástico 18 % de descuento!) cuando en el King Jouet cuesta, sin tanto bombo y platillo, 20,95, dos euros más barato.

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Tres conclusiones (muy) personales de este (muy) informal estudio:

1) Si nuestro hijo quiere el juguete de moda, va a dar más o menos lo mismo dónde lo compremos, porque no hay grandes descuentos (alguno hay, pero luego de rascar mucho: el SuperSimon vale 34,99 en el Toys’r y 31,96 en Carrefour, por ejemplo).

2) Aún así, no está de más mirar los catálogos disponibles, por si algún listillo (como el DiverDrak) nos quiere colar un gol.

3) El factor diferenciador se reduce a los productos de venta exclusiva o a los beneficios por compras superiores a una cantidad determinada. Así veremos si nos conviene más una mochila de la Barbie o unos cuantos euros para el año que viene en una tarjeta para clientes.

¿Qué hacemos, entonces? ¿Compramos o no compramos? Pues todo depende de si tenemos ya bastante claro lo que nuestros hijos pedirán, y si nos hemos dado cuenta de que no son cosas sustituibles por otras de menor precio (esto es muy difícil con toda la parafernalia Disney, pero en el caso de cocinitas, bebés, ordenadores de juguete e instrumentos musicales alguna tienda local puede sorprendernos con ofertas interesantes).

Si no hay sustitución posible, supongo que lo mejor es comprar ya y olvidarse de los atascos y aglomeraciones navideñas, porque si algo está claro es que los precios a partir del 15 de diciembre no harán más que subir (las jugueterías saben que con prisas compramos lo que nos echen).

Una advertencia final. A mí me gustan las buenas ofertas como a la que más, pero hay que evitar convertirnos en víctimas del maldito efecto Moussambani: como aquel inexperto nadador que llegó último a la meta -y que eclipsó al verdadero campeón, cuyo nombre nadie recuerda- , tenemos la ilusión de dejar pasar el tiempo para encontrar la oferta de último minuto y cubrirnos de gloria…

ericeel65

No, señores, eso podría ser cierto -y lo es, hasta cierto punto- para las rebajas, pero para las compras navideñas no hay escapatoria. O te adelantas o te expones a que te suban los precios en artículos insustituibles.

Y si no es así, y hay unas super ofertas navideñas increíbles, me tragaré mis palabras con patatas -y aliolli- y me tocará hacerme unos largos en la piscina al mejor estilo Moussambani

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¡Arriba las manos! Pongan los catálogos de Navidad, las tarjetas de crédito, la cartera y la carta a los Reyes sobre la mesa y nadie saldrá lastimado…

Eh, no quiero que suene a amenaza -no tengo madera de gángster- pero cuidadito con salir a hacer las compras de Navidad sin haber leído este artículo. Luego no me vayan a salir con que a Juana la bolsearon o con que a Petra le dan calambres (mexicanismo que significa: con una excusa barata) y vengan a llorarme para intentar deshacer el entuerto, porque aquí en España el tema de las devoluciones en los comercios está fatal, aunque quizás pronto las cosas cambien a raíz de esta noticia.

¿Saben? Podría dedicar esta entrada a contarles las virtudes de tal o cual comercio, a recomendarles juguetes educativos o gangas vistas en algún catálogo, pero creo que eso ya lo podemos ir haciendo sobre la marcha conforme se acerquen las fiestas. Ahora mismo lo que me urge es compartir con ustedes algunas reflexiones de esas que te atacan a media ducha, mientras planchamos la ropa, en pleno atasco y en la cola del supermercado.

¿Tu hijo quiere todos los juguetes que existen? Tu hijo quiere lo que ve.

Llegó la hora de interceptar los catálogos, racionar la televisión y limitar las visitas al centro comercial. Nuestros hijos piden todo lo que ven no porque sean caprichosos, tiranos o avariciosos… ¡piden porque pueden, porque los hemos enseñado a pedir, porque les damos demasiadas opciones! (los adultos somos igualitos, pero nadie nos llama caprichosos, sino “consumidores con posibilidades económicas). Yo nunca vi un catálogo cuando era niña y siempre tuve claro lo que quería. Por supuesto, las cosas que pedía tenían nombre pero no apellidos: da igual Mattel que Fisher Price, los niños no suelen fijarse en esos detalles A MENOS que se los remarquen machaconamente una y otra vez en la tele y con esas armas de descapitalización masiva que son los catálogos navideños. Qué desperdicio de papel cuché, por Dios, que derroche de colores y de precios exorbitantes. En la medida de los posible, habría que mantener a los niños alejados de ellos (nosotros sí que deberíamos guardárnoslos bajo siete llaves, porque luego nos servirán para comparar precios entre tiendas):

Y si algún catálogo cae en sus manos, podríamos dejarles unas tijeras cerca como que no quiere la cosa para que hicieran “manualidades” (ninguno niño se resiste a esa idea, jejeje).

Un niño sin publicidad pide una muñeca, una pelota, una cocinita, un coche, no una Baby Sofía, la pelota de los Lunnis, la kitchen aid de Tefal o el coche de Spiderman. Por supuesto, es imposible evitarles toda clase de publicidad a nuestros hijos, pero podemos intentar hacer un esfuerzo para reducirla al mínimo. Entre más pequeño sea el niño, más fácil será nuestra tarea (y si no me creen, intenten quitarle a su pareja el catálogo de la FNAC o del Corte Inglés, jajaja).

¿Tu hijo quiere ese juguete en particular? Tu hijo quiere lo que le han dicho que el juguete sabe hacer.

Otro motivo más para evitar la publicidad. Nos gastamos un pastón en juguetes megachachis de miles de piezas con ruidos supersónicos y la mañana de Reyes miramos muy ufanos cómo nuestro peque destroza el papel de colores, abre la caja y acto seguido… se pone a llorar como Bustamente en día de expulsión porque el deseado juguete es demasiado grande/demasiado pequeño, no vuela/no nada/no tiene musiquita “como el de la tele”. ¿Que qué ha pasado? Pues que los niños no alcanzan a leer las letritas pequeñas de los anuncios, ésas que dicen “acción simulada”  (y para nuestra mala suerte, nosotros tampoco leemos las que dicen “este juguete tiene un valor superior a 50 euros”)…

Eduquemos a nuestros hijos en el análisis de la publicidad. Si se muestran entusiasmados por un juguete en particular, hay que informarles de sus características reales haciendo énfasis en que lo que sale por la tele es ficción, y que los muñecos no son gigantes, ni vuelan ni nada por el estilo. ¿Y cómo podemos informarnos nosotros primero? Pues leyendo opiniones por internet, preguntando a otras personas y sobre todo, visitando alguna tienda de juguetes en donde nos permitan conocer el producto fuera de la caja (a mí de momento sólo se me ocurre Toys ‘r Us…. no los tienen todos fuera, pero hay muchos que podemos fisgonear a nuestras anchas). Si esta visita es lo suficientemente temprana -o sea, yendo ya, vamos- nos dará tiempo a mirar todos los juguetes interesantes y tener ya la información en mano para cuando nuestros hijos empiecen la campaña navideña de acoso y derribo.

¿Tu hijo quiere ese juguete enorme/con mil piezas/ruidoso? Tu hijo no sabe lo que quiere y tú amablemente reconducirás su deseo hacia algo más… digamos… cómodo y compacto.

La Reyes del 2004 le dejaron a mi niña mayor la Granja de los Pin y Pones y a mí una lumbagia de narices. Me la pasé mal sentada en el suelo del salón ensamblando las mil y una piececitas dos horas de reloj, acordándome de los diseñadores del juguete y de sus dulces progenitoras en todo momento. Sí, yo también me dejé engañar por la publicidad y me creí que el juguete saldría armado de la caja, que sería más sólido y que los muñequitos caminaban solos (vale, esto último no… pero lo demás me lo tragué enterito). Ostras, uno pensaría que en los 30, 40 o 50 euros que cuesta el juguete ya va incluido el ensamblaje, pero se ve que a los fabricantes de juguetes les hacen los cursos de reciclaje los de Ikea.

Antes de comprar un juguete tendríamos que preguntarnos si estamos dispuestos -y capacitados- para montarlo. Y si nos cabe en casa sin tener que hacer turnos para dormir en el balcón, porque nuestras casitas en España sí que son de los pinypones… No es mala idea comprobar la resistencia del juguete, la dificultad en su uso y montaje y su tamaño incluso antes de mencionar su existencia a nuestros hijos. Y si a pesar de todo decidimos comprarle un juguete de esas características, les recomiendo encarecidamente que se pongan a la tarea de ensamblarlo un par de semanas antes aunque eso signifique tener que buscar una caja más grande y desechar la caja original, porque no hay nada más estresante que la mirada inquisidora de un enano de 4 años viéndote montar su regalo de Reyes…

¿Tu hijo quiere un juguete nuevo? A tu hijo no le importará reutilizar un juguete si se lo envuelves con mucho papel de colores

Las Navidades nos ponen como tontos a los adultos, la verdad. Recuerdo una cabalgata de Reyes en la que mientras yo me quedaba con la niña urgí a mi marido a ir al Corte Inglés en el último minuto a comprar un Winnie Pooh nuevecito, precioso, que costaba la friolera de 25,50 euros (en la vida vuelvo a pagar eso por un peluche). Y no es que la niña no tuviera peluches, pero yo estaba empeñada en que mi hija “se merecía” un oso nuevo. Es más, tenía un Winnie Pooh heredado de una prima, pero no me parecía suficiente. Mi única hija no iba a ser menos que los demás, y el día de Reyes recibiría un reluciente regalo con todo y etiquetas.

Ya sabemos lo que pasó, porque siempre pasa lo mismo. El Winnie Pooh viejo se convirtió en su compañero inseparable y el nuevecito se quedó para vestir santos en la estantería. Evidentemente, mi hija no era de mi misma opinión, porque sus criterios no estaban regidos por el factor económico, ni siquiera por el estético.

Con nuestra segunda hija ya no nos pasará. Hay juguetes para dar y repartir, y juguetes que tienen más de una vida. Ahora que mi niña mayor tristemente ha descubierto que los Reyes no llevan corona y que dependen de un solo sueldo (snif, snif) la cosa es más fácil, porque podemos sacar viejos tesoros que ella no usó demasiado para compartirlos con su hermana. Es el momento de reutilizar juguetes, de reinventarlos agregándoles accesorios (por ejemplo, un set escritorio para hacer figuras de plastilina de hace varios años “le caerá” este año a la peque con plastilinas nuevas, que por mucho que cuesten no saldrán tan caras como el juguete original). La creatividad al poder, y los billetes al bolsillo, que no está el horno para bollos.

¿Tu hijo quiere ese juguete? Ese juguete lo quieres tú, no nos engañemos.

¿Cuál fue nuestro regalo estrella de la Navidad? ¿Nos acordamos de todos los regalos que nos hicieron cuando éramos niños? ¿Qué creemos que nuestros hijos recordarán con más detalle? Yo me acuerdo de las fiestas, la cena, los juegos con hermanos y primos. Los primeros recuerdos nítidos de los juguetes los tengo a partir de los los 9, 10 años. Y si antes me regalaron o no todo lo que pedí, lo dirán las fotos y los tíos, porque yo no me acuerdo. Y ni falta que hace.

No hay que buscarle tres pies al gato. Cuando los niños crecen, dejan de creer en los Reyes y tienen compañeros de colegio para ”comentar las jugadas” ya les podemos leer los artículos de la OCU y enseñarles el saldo de nuestra cuenta corriente que ellos seguirán en sus trece sin renunciar a pedir los juguetes que más les gusten, sean caros, grandes o imposibles. Con ellos habrá que negociar las cosas, hablarles con sencillez y claridad y tratar de llegar a un acuerdo. Pero con los peques más peques no hay que marear la perdiz, y ser muy muy conscientes de cuántas de esas compras compulsivas de juguetes obedecen a nuestras propias demandas desplazadas.

Tu hijo no necesita juguetes educativos que tú no pudiste tener, ni un scalextric que tus padres no se podían permitir. Qué rayos, ni lo necesita ni lo quiere, y si lo llega a pedir es porque tú insistes en metérselo por los ojos a base de repetirlo. Escucha a tu hijo, e intenta diferenciar sus deseos de los tuyos.Y si te apetece un scalextric cómpratelo, pero no digas que al niño “le hace ilusión” (porque luego, si el niño no quiere jugar, tenderás a pesar que es un desagradecido, que no aprecia lo que se le da, etc… vamos, todo por un juguete que él no pidió).

¿Tu hijo quiere un juguete, dos, tres juguetes? Tu hijo te quiere a ti, ¡y tú eres gratis!

Paseo la mirada por el cuarto de mis hijas y lo primero que veo es que todos mis intentos por conservar un orden mínimo se van al garete cada vez que se ponen a jugar. Salen juguetes, peluches, pelotas, muñecas por todos lados, se esconden debajo de las camas, acechan detrás de la puerta. Cuando intento volverlos a poner en su caja se rebelan, abultan más de lo debido e invariablemente me derrotan, me obligan a renunciar a mi intención de ponerle la tapa al cubo de plástico que les hace de prisión. Y qué curioso, siempre son los mismos los que me miran socarrones desde arriba de la pila. Descubro que hay juguetes callados y solitarios que llevan encerrados casi un año, sin ver la luz del día… juguetes que me costaron mucho dinero y que en su momento me parecieron imprescindibles…

Creo que ya les conté que el año que me quedé embarazada de la peque le compramos a la mayor todo lo que pidió, y lo que no también. Los Reyes le trajeron un proyector de princesas, un microscopio, una caja enorme de imanes para hacer figuras, un miniordenador, un set de cocinitas y unas cuantas películas de video. Ah, y un juego de la Oca/Parchís automático que me costó 6 euros. No es necesario que les diga cuál fue su favorito, ¿no? Pero sí les voy a decir por qué: porque de todos los juguetes, la Oca era el único que NECESITABA a un segundo jugador. Mi hija pasó olímpicamente de todos los juguetes fantásticos y llamativos que la invitaban a jugar sola -el proyector y los imanes siguen en sus cajas originales, por si a alguien le interesan- y se enamoró de un cacharrito de plástico de cuatro duros que la acercaba a su mamá y a su papá.

¿Qué quieren los niños? ¿Qué estamos dispuestos a darles? Casi siempre es más fácil soltar 30 euros por un juego “educativo” que sentarse con ellos a jugar un rato. Y por eso ese rato es un regalo dorado, lo que nuestro hijos pequeños aprecian sobre todas las cosas. Cuando crecen ya es otro cantar, nos cambian miserablemente por la Nintendo DS, pero ahora lo más sensato sería regalarles lo que de verdad quieren.

Y nuestros hijos nos quieren a nosotros, que no se nos olvide.

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Qué, ¿cómo va la mano después de escribir 40 felicitaciones navideñas?

Por cierto, en el primer artículo de esta serie (porque al paso que voy se convertirá en una serie y tendré que abreviarla como RANLC, en plan SLQH) les sugerí tres posibilidades de felicitación navideña, a saber: postal de UNICEF, postal electrónica y postal hecha a mano. Al principio usaba las postales tradicionales pero desde que nacieron mis hijas me pasé a la última modalidad. Y es que, aunque no soy nada dada a las manualidades, me he apañado una chapucilla que me sale bien de precio y que gusta mucho al público en general : visto a mis hijas en plan navideño (no hace falta que tengan un gorro de Papá Noel, sino que no estén en manga corta, por ejemplo), les tomo una foto con mi cámara digital, la paso por un programa de edición de fotografía en el ordenador -tan básico que hasta yo puedo usarlo- para ponerle algún marco alusivo a la fecha y las mando imprimir a una casa de fotos, la última vez a 17 céntimos cada una. Con un rotulador permanente escribo mi mensaje por detrás y luego sólo tengo que sumar al precio el sobre y el sello. En total, menos de 50 céntimos cada felicitación. Eso sí, cuando mis hijas sean mayores y no quieran posar se me acabó el chollo, pero que me quiten lo bailado…

Y es que ¿quién se resiste a la encantadora visión de un par de angelitos saludando sonrientes a la cámara (después de la toma 425, todo sea dicho)? Pues casi cualquiera podría hacerlo si los niños no son suyos, pero los protagonistas de este artículo no podrán, se los aseguro…

Advertencia: el grado de sentimentalismo que destila este artículo no es apto para corazones poco sensibles. Ustedes perdonarán, que las navidades me pillan muy lejos de familia…

Nuestros hijos son el mejor regalo de Navidad de abuelos, tíos, padrinos y maestros. Y como no hemos encontrado la manera de que un niño se quede quieto el tiempo suficiente para envolverlo con papel de colores y ponerle un lazo solemos pensar que regalar calcetines, perfumes, pañuelos y corbatas es la mejor opción (además, esos nos los envuelven en la tienda). Pero los niños sí se quedan quietos, tiernamente inmóviles -y perfectos- en fotos, en objetos personalizados, en dibujos hechos por sus propias manos. Y como está muy feo eso de decir que estamos utilizando mano de obra infantil, siempre nos quedará el recurso de asignarles el papel de elfos de Papá Noel (o sus equivalentes para los Reyes Magos, cuyo nombre desconozco).

Así que aquí les va una lista de ideas para regalar mucho afecto por pocos euros, con garantía de satisfacción cien por cien:

1. Una foto simpática y/o una formal de todos sus nietos en un marco bonito (hecho por los mismos niños o elegido por ellos).

2. Un calendario de cumpleaños de la familia con fotos de todos sus miembros (yo lo he hecho con myphotofun.es, es muy fácil y no demasiado caro. Y además suelen tener ofertas de 2 x 1, con lo que nos podemos quedar una de las copias, jejeje)

3. Cartas escritas a mano por los niños (y por nosotros mismos) describiendo a sus abuelos/tíos y diciéndoles por qué los quieren tanto.

4. Para los abuelos/tíos/padrinos que están lejos, y contando con un poco más de presupuesto, un álbum Hoffman (o de cualquier otra marca, hay muchas por la red) para contarles gráficamente el progreso de sus nietos durante todo el año. Para los que están más lejos todavía (como mis padres) y con todavía menos presupuesto, uno o más vídeos con la cámara digital que nos encargaremos de subir al youtube de forma gratuita.

5. Diplomas hechos por los niños con el lema “Al mejor tío/padrino/abuelo/maestro del mundo” y una lista de méritos que los hacen dignos de ese título.

6. El mejor regalo para un maestro es un “gracias” sincero, y la satisfacción de ver que sus alumnos han aprendido con su ayuda. Así que sugiero que los niños hagan un dibujo de sí mismos con su profesor/a y que escriban una lista de las cosas que saben hacer gracias a ellos: sumar, restar, leer, bailar, cantar…

7. Un bizcocho, unas galletas, una tarta. Hay recetas facilísimas que los niños pueden hacer con un poco de nuestra ayuda. A los niños les entusiasma hacer cosas de mayores y los tíos/padrinos/abuelos/maestros estarán encantados de recibir estos dulces regalos.

8. Una visita. Esto puede ser caro o barato dependiendo de la distancia física o emocional que tengamos con respecto a estas personas, pero desde luego tiene un valor inmenso para quien la recibe. A veces una simple llamada ya es un gran paso, y los niños hacen que darlo cueste menos.

9. Un paseo en familia al cine, al teatro, al circo, que los haga sentir más cercanos a nosotros y a nuestros hijos…

10. Tiempo, paciencia y cariño, especialmente para los abuelos. Hacernos el propósito de acompañar a nuestros padres/abuelos con más frecuencia de la habitual durante todo el año siguiente. Armarnos de paciencia ante la diferencia de opiniones y pensar que nosotros también seremos abuelos algún día. Llevarles un tupper algún día, en lugar de ser siempre nosotros quienes nos lo llevamos de su casa…

Podemos combinar dos, tres, cuatro o todas las opciones. Podemos regalar los calcetines también, si nos apetece. Pero puedo asegurarles -porque yo misma he puesto en práctica todas y cada una de estas ideas- que no hay nada más efectivo que una sonrisilla pícara y dulce para comunicar a nuestros padres, abuelos, tíos, padrinos y maestros lo mucho que los queremos.

Y nos vemos en la tercera parte, en donde les juro por el límite de mi tarjeta de crédito hacer el intento de ponerme lo menos ñoña posible, cosa que me ha sido imposible evitar esta vez, que sólo me ha faltado sacar a Heidi cantando “Abuelito dime tuuuuú…”

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