¡Arriba las manos! Pongan los catálogos de Navidad, las tarjetas de crédito, la cartera y la carta a los Reyes sobre la mesa y nadie saldrá lastimado…
Eh, no quiero que suene a amenaza -no tengo madera de gángster- pero cuidadito con salir a hacer las compras de Navidad sin haber leído este artículo. Luego no me vayan a salir con que a Juana la bolsearon o con que a Petra le dan calambres (mexicanismo que significa: con una excusa barata) y vengan a llorarme para intentar deshacer el entuerto, porque aquí en España el tema de las devoluciones en los comercios está fatal, aunque quizás pronto las cosas cambien a raíz de esta noticia.
¿Saben? Podría dedicar esta entrada a contarles las virtudes de tal o cual comercio, a recomendarles juguetes educativos o gangas vistas en algún catálogo, pero creo que eso ya lo podemos ir haciendo sobre la marcha conforme se acerquen las fiestas. Ahora mismo lo que me urge es compartir con ustedes algunas reflexiones de esas que te atacan a media ducha, mientras planchamos la ropa, en pleno atasco y en la cola del supermercado.
¿Tu hijo quiere todos los juguetes que existen? Tu hijo quiere lo que ve.
Llegó la hora de interceptar los catálogos, racionar la televisión y limitar las visitas al centro comercial. Nuestros hijos piden todo lo que ven no porque sean caprichosos, tiranos o avariciosos… ¡piden porque pueden, porque los hemos enseñado a pedir, porque les damos demasiadas opciones! (los adultos somos igualitos, pero nadie nos llama caprichosos, sino “consumidores con posibilidades económicas). Yo nunca vi un catálogo cuando era niña y siempre tuve claro lo que quería. Por supuesto, las cosas que pedía tenían nombre pero no apellidos: da igual Mattel que Fisher Price, los niños no suelen fijarse en esos detalles A MENOS que se los remarquen machaconamente una y otra vez en la tele y con esas armas de descapitalización masiva que son los catálogos navideños. Qué desperdicio de papel cuché, por Dios, que derroche de colores y de precios exorbitantes. En la medida de los posible, habría que mantener a los niños alejados de ellos (nosotros sí que deberíamos guardárnoslos bajo siete llaves, porque luego nos servirán para comparar precios entre tiendas):

Y si algún catálogo cae en sus manos, podríamos dejarles unas tijeras cerca como que no quiere la cosa para que hicieran “manualidades” (ninguno niño se resiste a esa idea, jejeje).
Un niño sin publicidad pide una muñeca, una pelota, una cocinita, un coche, no una Baby Sofía, la pelota de los Lunnis, la kitchen aid de Tefal o el coche de Spiderman. Por supuesto, es imposible evitarles toda clase de publicidad a nuestros hijos, pero podemos intentar hacer un esfuerzo para reducirla al mínimo. Entre más pequeño sea el niño, más fácil será nuestra tarea (y si no me creen, intenten quitarle a su pareja el catálogo de la FNAC o del Corte Inglés, jajaja).
¿Tu hijo quiere ese juguete en particular? Tu hijo quiere lo que le han dicho que el juguete sabe hacer.
Otro motivo más para evitar la publicidad. Nos gastamos un pastón en juguetes megachachis de miles de piezas con ruidos supersónicos y la mañana de Reyes miramos muy ufanos cómo nuestro peque destroza el papel de colores, abre la caja y acto seguido… se pone a llorar como Bustamente en día de expulsión porque el deseado juguete es demasiado grande/demasiado pequeño, no vuela/no nada/no tiene musiquita “como el de la tele”. ¿Que qué ha pasado? Pues que los niños no alcanzan a leer las letritas pequeñas de los anuncios, ésas que dicen “acción simulada” (y para nuestra mala suerte, nosotros tampoco leemos las que dicen “este juguete tiene un valor superior a 50 euros”)…
Eduquemos a nuestros hijos en el análisis de la publicidad. Si se muestran entusiasmados por un juguete en particular, hay que informarles de sus características reales haciendo énfasis en que lo que sale por la tele es ficción, y que los muñecos no son gigantes, ni vuelan ni nada por el estilo. ¿Y cómo podemos informarnos nosotros primero? Pues leyendo opiniones por internet, preguntando a otras personas y sobre todo, visitando alguna tienda de juguetes en donde nos permitan conocer el producto fuera de la caja (a mí de momento sólo se me ocurre Toys ‘r Us…. no los tienen todos fuera, pero hay muchos que podemos fisgonear a nuestras anchas). Si esta visita es lo suficientemente temprana -o sea, yendo ya, vamos- nos dará tiempo a mirar todos los juguetes interesantes y tener ya la información en mano para cuando nuestros hijos empiecen la campaña navideña de acoso y derribo.
¿Tu hijo quiere ese juguete enorme/con mil piezas/ruidoso? Tu hijo no sabe lo que quiere y tú amablemente reconducirás su deseo hacia algo más… digamos… cómodo y compacto.
La Reyes del 2004 le dejaron a mi niña mayor la Granja de los Pin y Pones y a mí una lumbagia de narices. Me la pasé mal sentada en el suelo del salón ensamblando las mil y una piececitas dos horas de reloj, acordándome de los diseñadores del juguete y de sus dulces progenitoras en todo momento. Sí, yo también me dejé engañar por la publicidad y me creí que el juguete saldría armado de la caja, que sería más sólido y que los muñequitos caminaban solos (vale, esto último no… pero lo demás me lo tragué enterito). Ostras, uno pensaría que en los 30, 40 o 50 euros que cuesta el juguete ya va incluido el ensamblaje, pero se ve que a los fabricantes de juguetes les hacen los cursos de reciclaje los de Ikea.
Antes de comprar un juguete tendríamos que preguntarnos si estamos dispuestos -y capacitados- para montarlo. Y si nos cabe en casa sin tener que hacer turnos para dormir en el balcón, porque nuestras casitas en España sí que son de los pinypones… No es mala idea comprobar la resistencia del juguete, la dificultad en su uso y montaje y su tamaño incluso antes de mencionar su existencia a nuestros hijos. Y si a pesar de todo decidimos comprarle un juguete de esas características, les recomiendo encarecidamente que se pongan a la tarea de ensamblarlo un par de semanas antes aunque eso signifique tener que buscar una caja más grande y desechar la caja original, porque no hay nada más estresante que la mirada inquisidora de un enano de 4 años viéndote montar su regalo de Reyes…

¿Tu hijo quiere un juguete nuevo? A tu hijo no le importará reutilizar un juguete si se lo envuelves con mucho papel de colores
Las Navidades nos ponen como tontos a los adultos, la verdad. Recuerdo una cabalgata de Reyes en la que mientras yo me quedaba con la niña urgí a mi marido a ir al Corte Inglés en el último minuto a comprar un Winnie Pooh nuevecito, precioso, que costaba la friolera de 25,50 euros (en la vida vuelvo a pagar eso por un peluche). Y no es que la niña no tuviera peluches, pero yo estaba empeñada en que mi hija “se merecía” un oso nuevo. Es más, tenía un Winnie Pooh heredado de una prima, pero no me parecía suficiente. Mi única hija no iba a ser menos que los demás, y el día de Reyes recibiría un reluciente regalo con todo y etiquetas.
Ya sabemos lo que pasó, porque siempre pasa lo mismo. El Winnie Pooh viejo se convirtió en su compañero inseparable y el nuevecito se quedó para vestir santos en la estantería. Evidentemente, mi hija no era de mi misma opinión, porque sus criterios no estaban regidos por el factor económico, ni siquiera por el estético.
Con nuestra segunda hija ya no nos pasará. Hay juguetes para dar y repartir, y juguetes que tienen más de una vida. Ahora que mi niña mayor tristemente ha descubierto que los Reyes no llevan corona y que dependen de un solo sueldo (snif, snif) la cosa es más fácil, porque podemos sacar viejos tesoros que ella no usó demasiado para compartirlos con su hermana. Es el momento de reutilizar juguetes, de reinventarlos agregándoles accesorios (por ejemplo, un set escritorio para hacer figuras de plastilina de hace varios años “le caerá” este año a la peque con plastilinas nuevas, que por mucho que cuesten no saldrán tan caras como el juguete original). La creatividad al poder, y los billetes al bolsillo, que no está el horno para bollos.
¿Tu hijo quiere ese juguete? Ese juguete lo quieres tú, no nos engañemos.
¿Cuál fue nuestro regalo estrella de la Navidad? ¿Nos acordamos de todos los regalos que nos hicieron cuando éramos niños? ¿Qué creemos que nuestros hijos recordarán con más detalle? Yo me acuerdo de las fiestas, la cena, los juegos con hermanos y primos. Los primeros recuerdos nítidos de los juguetes los tengo a partir de los los 9, 10 años. Y si antes me regalaron o no todo lo que pedí, lo dirán las fotos y los tíos, porque yo no me acuerdo. Y ni falta que hace.
No hay que buscarle tres pies al gato. Cuando los niños crecen, dejan de creer en los Reyes y tienen compañeros de colegio para ”comentar las jugadas” ya les podemos leer los artículos de la OCU y enseñarles el saldo de nuestra cuenta corriente que ellos seguirán en sus trece sin renunciar a pedir los juguetes que más les gusten, sean caros, grandes o imposibles. Con ellos habrá que negociar las cosas, hablarles con sencillez y claridad y tratar de llegar a un acuerdo. Pero con los peques más peques no hay que marear la perdiz, y ser muy muy conscientes de cuántas de esas compras compulsivas de juguetes obedecen a nuestras propias demandas desplazadas.
Tu hijo no necesita juguetes educativos que tú no pudiste tener, ni un scalextric que tus padres no se podían permitir. Qué rayos, ni lo necesita ni lo quiere, y si lo llega a pedir es porque tú insistes en metérselo por los ojos a base de repetirlo. Escucha a tu hijo, e intenta diferenciar sus deseos de los tuyos.Y si te apetece un scalextric cómpratelo, pero no digas que al niño “le hace ilusión” (porque luego, si el niño no quiere jugar, tenderás a pesar que es un desagradecido, que no aprecia lo que se le da, etc… vamos, todo por un juguete que él no pidió).
¿Tu hijo quiere un juguete, dos, tres juguetes? Tu hijo te quiere a ti, ¡y tú eres gratis!
Paseo la mirada por el cuarto de mis hijas y lo primero que veo es que todos mis intentos por conservar un orden mínimo se van al garete cada vez que se ponen a jugar. Salen juguetes, peluches, pelotas, muñecas por todos lados, se esconden debajo de las camas, acechan detrás de la puerta. Cuando intento volverlos a poner en su caja se rebelan, abultan más de lo debido e invariablemente me derrotan, me obligan a renunciar a mi intención de ponerle la tapa al cubo de plástico que les hace de prisión. Y qué curioso, siempre son los mismos los que me miran socarrones desde arriba de la pila. Descubro que hay juguetes callados y solitarios que llevan encerrados casi un año, sin ver la luz del día… juguetes que me costaron mucho dinero y que en su momento me parecieron imprescindibles…
Creo que ya les conté que el año que me quedé embarazada de la peque le compramos a la mayor todo lo que pidió, y lo que no también. Los Reyes le trajeron un proyector de princesas, un microscopio, una caja enorme de imanes para hacer figuras, un miniordenador, un set de cocinitas y unas cuantas películas de video. Ah, y un juego de la Oca/Parchís automático que me costó 6 euros. No es necesario que les diga cuál fue su favorito, ¿no? Pero sí les voy a decir por qué: porque de todos los juguetes, la Oca era el único que NECESITABA a un segundo jugador. Mi hija pasó olímpicamente de todos los juguetes fantásticos y llamativos que la invitaban a jugar sola -el proyector y los imanes siguen en sus cajas originales, por si a alguien le interesan- y se enamoró de un cacharrito de plástico de cuatro duros que la acercaba a su mamá y a su papá.
¿Qué quieren los niños? ¿Qué estamos dispuestos a darles? Casi siempre es más fácil soltar 30 euros por un juego “educativo” que sentarse con ellos a jugar un rato. Y por eso ese rato es un regalo dorado, lo que nuestro hijos pequeños aprecian sobre todas las cosas. Cuando crecen ya es otro cantar, nos cambian miserablemente por la Nintendo DS, pero ahora lo más sensato sería regalarles lo que de verdad quieren.
Y nuestros hijos nos quieren a nosotros, que no se nos olvide.