Filosofando

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 Había una vez un señor llamado Leopoldo Abadía que un buen día de enero de 2008 escribió un texto titulado "La Crisis Ninja" que dio la vuelta al mundo gracias a internet. A mí me llegó como un forward a los pocos días de iniciar este blog; lo leí y lo encontré bastante claro, ameno y revelador. Muchas personas -entre las que me incluyo- consideran que la suya es "la mejor explicación en español de esta primera gran crisis financiera del siglo XXI". Lo malo es que lo puse en mi carpeta de asuntos pendientes… y hasta hoy.

La semana pasada fui a la biblioteca y me topé con el nombre y el retrato de Leopoldo Abadía en la sección de novedades. El libro se titula "La Crisis Ninja y otros misterios de la economía actual" y, cómo no, me lo traje a casa sin pensármelo dos veces (y sin abonar ni un duro, a pesar de todas las amenazas sobre la imposición del cánon de las bibliotecas).

¿Qué les puedo decir? Así, a bote pronto, que es un súper ventas: en mis manos tengo la sexta edición… (de febrero de 2009) y las cinco anteriores se publicaron en el mes de enero. Ahora mismo va por la novena edición, y las que le quedan. Hay mucho de marketing televisivo  y de publicidad viral en este éxito, pero yo supongo que la gente lo compra porque espera encontrar una respuesta a los problemas que se nos han venido encima con la crisis. Y no sé si los resuelve, pero por lo menos su discurso simpático y sencillo aporta una gran dosis de sentido común en estos tiempos en que se nos agota la paciencia con más rapidez que el saldo en nuestra cuenta corriente.

 

 

Y es que más allá del texto que le dio origen -que ocupa apenas 25 páginas de las 200 que tiene-, el librito es nada más y nada menos que la visión de un jubilado vital y optimista sobre el tema de esta crisis en particular, y de la vida consumista que nos hemos acostumbrado a vivir en general.  A ratos es un sermón light, otras tantas el relato de las batallitas del abuelo, pero sobre todo es una llamada de atención a todos aquellos que nos hemos dejado engañar por los cantos de sirena del progreso económico del que hemos creído gozar los últimos 10 años.

Dice don Leopoldo que él de esto de la economía no sabe nada. Y un jamón, no va a saber nada siendo empresario y profesor de una escuela de negocios durante más de 30 años. Sabe lo suficiente como para traducir al cristiano los tejemanejes de los peces gordos de la economía mundial… y para dejarnos caer, así como que no quiere la cosa, que la solución a esta crisis -si la hay- la tenemos nosotros y no los dueños de los bancos (aunque ellos tengan la culpa).

 

"Hemos llevado una vida buena muy cara. Y ahora tenemos que llevar otra vida, la normalita, menos cara. Y más molesta, porque uno ha de trabajar y se cansa. Pues eso es lo que toca".   (Abadía, 163).

 

Me gusta Leopoldo Abadía. A veces su discursito suena muy americano, muy de "conviértete en empresario de tu propia vida", y echa un poco para atrás, la verdad, pero en el fondo hay que darle la razón. Organizar los Presupuestos del Estado se parece bastante a organizar los presupuestos de nuestra propia casa, y quizás nosotros deberíamos tomárnoslo con mayor seriedad, por la cuenta que nos trae. Saber cuáles son nuestros ingresos, cuáles nuestros gastos y tener muy claro que no hay "fórmulas milagro" es el primer paso para sanear nuestras finanzas y afrontar esta época de vacas flacas con un poco más de serenidad.

Don Leopoldo, ya sé que tiene doce hijos y que el número trece da mal fario, pero permítame decirle una cosa: yo soy su hija perdida. A mí también me gusta filosofar sobre el tema de la economía, aunque en mi caso sea la doméstica; a mí también me gusta hacer comparaciones divertidas y "aterrizadas" sobre los problemas económicos que nos aquejan. A mí también me molaría escribir un libro con tanto éxito, e irme de gira dando conferencias, y cobrar por hacer lo que con muchísimo gusto hago gratis: darle la charla al personal  (¡y que no sólo no me digan que me calle, sino que me jaleen!)

 

 

Y como soy un caso suficientemente pintoresco, de esos que les gustan a los medios de comunicación (mujer, menor de 35, ama de casa e inmigrante), no pierdo la esperanza de dar el salto al estrellato algún día (estoy hablando en sentido figurado, ¿eh?, que no quiero salir con Ana Rosa ni que me inviten a ser jurado de Mira quién baila…)

¿Hay algún editor en la sala? Pues que tome asiento porque primero tendría que escribir el libro… y ya bastante me cuesta actualizar el blog, jejejeje… pero todo se andará.

 

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 A veces me asusto de lo mala que soy. Con mi consumo mayoritario de marcas blancas yo solita estoy destruyendo empleo, contribuyendo al descenso de los estándares de calidad y servicio y empeorando significativamente el nivel económico del país. Y si no me creen, aquí, y aquí  se los explica Telecinco, adalid de la solidaridad con las pobrecitas marcas de toda la vida.

¡Sí, soy una pecadora! Cambié la coca cola light de marca por la del Dia. He pasado de pagar 50 a 17 céntimos. Qué desvergüenza, pagar la tercera parte de lo que cuesta la original. Y no sólo eso: lo peor es que ya no es sólo una cuestión de dinero: ¡es que me gusta más la del Dia, ya no me apetece la otra!

 

 

Ahora ni siquiera podré sostenerles la mirada a los reponedores de Danone en el súper. Ni bífidus, ni actimeles, ni petitsuisses, ni mousses ni vitalíneas: en mi casa sólo entran yogures naturales sin azúcar de marca Hacendado o Dia, que cuestan ¡la mitad, sí, la mitad que los otros!

Dentro de poco ya no podré ni darles la merienda tranquilamente a mis hijas en el parque, porque ante las preguntas inquisidoras de otras madres que sí son solidarias con las grandes marcas me derrumbaré y confesaré que los bocadillos no son de jamón Navidul ni el zumo de Don Simón…

Venga ya, ¿a quién quieren engañar? ¿De qué nos están tratando de convencer? No somos tontos y sabemos que Telecinco hace la campaña por la cuenta que le trae: si las grandes marcas venden menos, también ganan menos ellos en publicidad… pero es que, perdónenme la ordinariez, el publicista reponsable de la campaña está meando fuera del tiesto. Las grandes distribuidoras de marcas blancas TAMBIÉN hacen publicidad en Telecinco (para muestra, el Calvo del Lidl, las señoras que no venden moda sino productos de limpieza de Carrefour, el aceite del Dia  que es igual con y sin futbolista famoso…) También generan empleo. También ofrecen calidad. ¿La diferencia? Que nos lo dan más barato.

Y encima, si lo que el publicista quería era decir que el consumo de marcas variopintas contribuye a mejorar la economía, el anuncio de las fichas de dominó que levantan al euro se entiende totalmente al revés: como son blancas, parece que son precisamente estas marcas las que generan crecimiento económico. Ah, se siente… haberlas puesto de colorines, que entre eso y el solemne y críptico texto de "Mi reino por un caballo" -metido con calzador en el anuncio- los espectadores nos quedamos literalmente in (marca) albis.

 

 

Yo entiendo que una gran marca me lo dé más caro siempre y cuando me ofrezca algo que las demás marcas no puedan imitar. A mí que no me quiten el maíz Bonduelle ni el champú Pantene porque no he encontrado dignos sustitutos. Con lo demás voy probando y si resulta que un producto de marca blanca es de mi gusto no por ello tengo que entonar el mea culpa y creer que con ello contribuiré a la ruina de una gran marca.

Aquí cada palo tiene que aguantar su vela, y eso va sobre todo por los fabricantes que se han acostumbrado a que traguemos con todo y que nos creamos a pies juntillas las bondades de sus maravillosos productos. Eso, con dinero en el bolsillo, no resulta demasiado difícil (ni tiene consecuencias demasiado notables para nuestra economía), pero en época de vacas flacas, como ahora, no debería extrañarles que incluso los que nunca habían pisado un Dia en su vida se estén cuestionando la superioridad de las marcas de toda la vida sobre las marcas blancas.  Si quieren que compremos sus productos, que nos den algo más: sabores nuevos, capacidades nuevas, envases más cómodos o promociones más atractivas. Y que lo hagan rápido, porque una vez que los consumidores encontremos un sustituto adecuado para sus productos nos resultará absurdo volver al original, aunque mejore nuestra economía.

A mi plín, porque no sólo no tengo vergüenza sino que hago verdadera apología de las marcas blancas. Y si encima me da por pensar en que con menos publicidad de las marcas Telecinco ganará menos pasta, y por ende tendrán menos dinero que ofrecerle a Nuria Bermúdez y a todos los de su ralea, y que quizás entonces empecemos a verlos menos por la tele… ¡me dan hasta ganas de montarles una campaña publicitaria! (pero en el Facebook, que ahí es gratis)

 

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Hoy, 15 de octubre, es el Día de Acción Blog, que así en pocas palabras sería una iniciativa sin ánimo de lucro para que todos los bloggers del mundo puedan escribir sobre un tema determinado desde miles de perspectivas distintas.

El tema de este año es la pobreza. Vaya, qué oportuno, diremos; ahora que no tenemos un duro nos sobran las palabras en torno a esta cuestión. Pero es que, francamente, el tema puede ser nuevo para nosotros (y de hecho, intentamos tomárnoslo un poquillo a cachondeo), pero es dolorosamente antiguo -y perenne- para millones de personas en este mundo tan mal repartido.

Seré breve (esta vez lo prometo): miren aquí y piensen qué puesto ocupan. ¿Más abajo que Bill Gates, pero menos que mi vecina del quinto? ¿Cuántos millones de personas tenemos por encima? ¿Y por debajo?

Y si después de este ejercicio -y de la asombrosa revelación de que no somos tan pobres como para no poder ayudar a alguien que esté por debajo de nosotros en ese ranking- no nos sentimos un poco más millonarios, que baje Carlos Sobera y lo vea…

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Todos los días nos llegan noticias en la tele y en la radio sobre los efectos de la crisis económica en la vida de los españoles. A unos los deshaucian de su hogar por impago, a otros los persigue el Cobrador del Frac, otros más han renunciado a vacaciones y proyectos largamente acariciados, en fin, malas noticias por donde quiera que se les vea. Evidentemente, hay muchas personas que lo está pasando muy, muy mal. Gente a la que no le vale con cambiarse a las marcas blancas o con renunciar a los caprichos, porque ya hace rato que su único capricho era comer y tener un techo, y ahora ya no le da ni para eso. Y no me siento capaz de hacer ninguna broma al respecto.

La gran mayoría, por contra, estamos “sólo” bastante fastidiados. Bastante hartos de haber tenido que renunciar al cafetito de la mañana, a tener que apañarnos los horarios para aprovechar un solo coche, a no poder comprarnos lo que queremos y cuando lo queremos… en conclusión, a no poder llevar la vida que teníamos antes.Y es que, amigos míos, los últimos 10 años en este país se había vivido como si no existiera el mañana (ni hubiera que pagar las facturas a fin de mes).

Que conste que hablo en general, eh, que nadie se me enoje, que en estos años mucha gente -yo la primera- no ha nadado precisamente en la abundancia, pero como los pisos se vendían como churros, todos nos podíamos ir de vacaciones al Caribe, una televisión de plasma enorme era una necesidad y los coches te los daban con chorrocientas mensualidades de 99 euros, pues, hombre, no se puede negar que había un ambiente de fiesta constante en el país. Pero ahora que nos hemos acabado los canapés y la bebida y los músicos se marcharon se acabó la fiesta. Y ahora andamos arrastrándonos por las esquinas dando pena…

¡Pero qué poco aguantan! ¿Por qué no seguimos la fiesta en la calle? Vale que ya no hay camaremos con bandejas, pero nos apañaremos con bocatas. ¡Enarbolaré mi bandera del Día del Orgullo Pobre! ¡Cantaré “A quién le importa” con el pelo teñido de naranja (con tinte Deliplus)! ¡Invitaré a Solbes a ir en la carroza principal del desfile vestido de euro gigante, mientras todos nos turnamos para irle dando con el látigo!

No, no se me ha ido la pinza (más de lo normal), pero es que todos los días me hago una pregunta: ¿Soy la única que piensa que esta crisis es una oportunidad de cambiar la manera en que vivimos… cambiar para mejor, por supuesto?


En México -o por lo menos en mi familia- vivimos en una crisis continua desde que tengo memoria. Mi niñez estuvo llena de ropa hecha en casa, de comida normalita, sin mucha carne y sin extravagancias, de cuartos compartidos. Hoy me parece simplemente que tuve ropa “de diseño” (ninguna amiga mía llevaba lo que yo), de comida sana y casera, de muchas horas de diversión compartiendo habitación con mis hermanos. Y aunque les cueste trabajo creerlo, una de mis más hondas preocupaciones con respecto a la educación de mis hijas ha girado desde el principio en torno al tema de cómo le iba a hacer yo para que ellas, que han nacido en un país de primer mundo, se dieran cuenta de que la mayoría de las cosas que piden -y que obtienen- son superfluas, que se puede vivir perfectamente sin ellas… inclusive, mejor que con ellas.

Yo siempre he creído que tener mucho dinero tiene más inconvenientes que ventajas (aunque mi marido dice que a él no le importaría padecerlos). Hombre, todo mundo quiere tener suficiente para vivir, para darse un caprichito de vez en cuando, pero tener MUCHO dinero tiene que ser una lata: tus parientes y amigos te piden prestado todo el tiempo; todo mundo asume que a ti te toca pagar siempre la mayor parte de las facturas; te cortas a la hora de coger un producto de marca blanca en el súper, aunque te guste; te vienen los del Hola a hacer un reportaje de tu mansión y tú con estos pelos; tus hijos se creen que eres un cajero automático (bueno, aunque esto sucede aunque no tengas mucho dinero…) Pero el mayor problema, a mi juicio, es que tener mucho dinero mata la creatividad, y nos priva de un montón de experiencias fantásticas que los pobres “profesionales” disfrutamos cotidianamente…

¿No me creen? Pues aquí les presento mi versión del anuncio de Cofidis, ésa de “Ésta soy yo con 3000 euros más”…

UNO: Los regalos

Con dinero: La Navidad que me enteré que estaba embarazada por segunda vez le compramos a nuestra hija mayor absolutamente TOOODO lo que pidió y lo que no pidió también. Teníamos dinero, nos comía la culpa, las ganas de “compensarla” por todo lo que iba a perder, así que no escatimamos en gastos. Dinero tirado a la basura, porque la mayor parte de esos juguetes están cogiendo polvo por ahí… e inclusive creo que todavía hay alguno precintado.

Sin dinero: este año tocan juegos de mesa hechos a mano (un juego de memoria con países y capitales, por ejemplo, es facilísimo de hacer, y por increíble que parezca, a mi hija la super-enganchada-a-la-consola le pirra, de verdad), cartas y poesías para decirle todo lo que la queremos
y bonos de “hora exclusiva” con mamá o papá, para que los use cuando ella quiera. Y juguetes comprados, los mínimos (y si los pueden pagar los abuelos, mejor, jejeje).

DOS: El ocio

Con dinero:

A. Una salida al cine. La entrada de fin de semana cuesta 6,70 euros por persona. El combo de palomitas con refresco, 6,50. A mitad de la función la niña quiere ir al baño, se me derrama la Coca-Cola, la peque llora. Vamos, una experiencia “de cine”.

B. Una visita al parque temático de nuestra preferencia. Muchooos euros en comida, gasolina y entradas. Una isolación de narices.

Sin dinero:

A. El cine se ha vuelto un artículo de lujo. Mi presupuesto no da para entradas y palomitas, sin embargo, no quiero privar a mis hijas de esta diversión. ¿Solución? Voy por unas películas a la biblioteca (costo: 0 euros) e invitamos a venir a dos o tres amiguitas de la mayor. Les hago un bol enorme de palomitas (con menos sal y menos grasas que el de los cines) y cerramos las cortinas. ¡Éxito total!, tanto, que todo mundo quiere repetir y a mi hija ya no le interesa el cine (y a sus amiguitas tampoco). Al final, eso sí, me toca limpiar el salón…

B. Una visita en metro/autobús o a pie para conocer nuestra ciudad. Repaso de agenda de actividades para ver qué es lo que dan gratis. Bocadillos y picnic en algún parque. Gasto reducido, y encima, a mi hija mayor le parece la aventura de su vida…

TRES: Las fechas especiales

Con dinero: El Día del Padre= una corbata/unos calcetines.

Sin dinero: Se llega el Día del Padre y no tengo presupuesto disponible para regalos. Mi hija mayor le hace un dibujo a papá y yo… bueno, yo hago esto: Mi marido está absolutamente encantado. Se lo muestra a todo mundo. Coste total del regalo: 1,20 (la descarga del móvil).

CUATRO: La comida

Con dinero: Restaurantes, precocinados, bollería industrial, bebidas con cafeína, chuches, comida rápida…  ¿Por qué? Porque tengo para pagarlo. Vamos, que con dinero en el bolsillo tendría obesidad mórbida, porque soy muy tragona.

Sin dinero: Comiditas hechas en casa, sencillas, muchos pucheros. Un poco de gorroneo con la suegra (se estrechan lazos familiares). Cursillo acelerado de cocina para aprovechar sobras. Mis antojos están a raya y mi peso… bien, ¿y usted qué tal?

CINCO: El amor

Con dinero: Un ramo de rosas. Una tarjeta regalo del Corte Inglés. Un regalo comprado a última hora. Un cena en un restaurante caro, sin mucha intimidad.

Sin dinero: Una poesía. Una tarjeta regalo canjeable por un masaje, un desayuno en la cama. Un regalo planeado con mucho tiempo, cuya preparación le hace saber a nuestra pareja lo mucho que la queremos. Una cena sencilla sólo para dos… y en casa, que es más cómodo para la sobremesa… (o la sobrecama o el sobresofá, ahí ya cada quién su vida).

SEIS: El humor

Con dinero: Un casete de chistes de Arévalo. Una máquina de hacer cosquillas. Un subida del Ibex 35.

Sin dinero: El coche que se caía a pedazos y en el que, en los días de lluvia, te mojabas más dentro que fuera. Las camisas perennes de mi marido, que, según las pruebas gráficas que tengo en mi poder -álbumes de fotos del año catapúm- ya eran viejas cuando nos conocimos (¡y ya son 10 años!) El día que nos recorrimos con la lengua de fuera 20 cajas del Carrefour para hacer la recarga del móvil que nos daba derecho a… ¡una fabulosa hamburguesa gratis del Burguer King! (en la compra de una bebida grande).

Hasta este momento no podíamos escoger. Teníamos dinero y nos comprábamos el casete de Arévalo. Pero la crisis nos ha liberado de ese yugo y podemos volver a “ser” antes que a “tener” . ¡Venga, anímense, únanse al desfile, suban a la carroza, sean los primeros en coger el látigo y echarse unas risas!

Y es que, como dice la canción mexicana, “con dinero y sin dinero, hago siempre lo que quiero”… La vida es bella, con crisis o sin ella.

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Sí, sí, dénme licencia para continuar con la analogía tonta entre el plan de adelgazamiento en 15 días que anuncian en la tele con mi programa de ahorro (y prometo ser breve, que no es poca cosa).

Sabemos cómo se las gasta Hacienda (ver entrada anterior), pero mal que bien a mucha gente ya le están ingresando las devoluciones. ¡A muchos nos van a caer 200, 1000, 2000 euracos de un solo golpe! Demasiada tentación. Demasiados ceros bailando delante de nuestros ojos. Y el angelito bueno se peleará, como siempre, con el angelito malo y, como siempre, perderá: “es que si no me puedo dar un capricho ahora que por fin tenemos un respiro”, “es que este dinero nos va a venir muy bien para las vacaciones, que hemos trabajado mucho este año y nos la merecemos”… Amigos, la cuestión no es si nos merecemos o no gastarnos el dinero, la cuestión es si es razonable gastarnos ese dinero tal y como están las cosas. Así que hagamos como las chicas ésas del anuncio que se dan manotazos para no desayunar: ¡el dinero no se toca! De la cuenta corriente a la cuenta de ahorros. Con una pequeña, pequeñísima parada en boxes

De lo que nos devuelvan separemos una cantidad maja. Maja quiere decir que nos dé para un capricho que nos haga felices un día, no todo el año: una cena, un libro, un disco, una prenda de ropa. Sin complejos, sin culpa, sin mirar atrás. Que lo que compremos sea lo suficientemente bueno para que cuando nos asalte la tentación de “atiborrarnos” con nuestros ahorros, el gusanillo del hambre consumista se vea satisfecho con nuestra particular barrita antidespilfarro del Plan Special A… 

Eso, de momento. Y cuando llegue la paga extra de verano (que yo sé que no todo mundo la tiene, que ése es otro palo sobre todo para los autónomos) ya me encargaré de venir a recordarles el cuento de la Cigarra y la Hormiga… con suerte así la Cigarra no tendrá que llamar a Cofidis al regresar de vacaciones para afrontar la “cuesta de septiembre” (a la que quienes tenemos hijos nos hace temblar muchísimo más que la de enero, que tiene más fama pero que, a diferencia de ésta, nos pilla con la paga extra casi recién estrenada…)

 

En general soy una mujer de bajo consumo (como las bombillas). No me gustan las joyas, no me pierden las marcas de ropa, no conduzco (y mi marido no tiene que preocuparse de carné-gasolina-seguro-daños a terceros), no fumo, no bebo ni me da por gastarme lo del súper en el bingo. Vamos, un chollo. Pero, ¡ay amigo!, todos tenemos nuestros vicios y el mío sale muy pero que muy caro…

Tengo el vicio incorregible de querer ver a mi familia de vez en cuando, al otro lado del charco. Sí, ya sé, es imperdonable en una persona como yo, que por otro lado es una comedida y frugal ama de casa, pero qué le vamos a hacer, la carne es débil. Me da cada dos o tres años, pero cuando me da me pega fuerte y me dejo una pasta en el impulso… este verano en concreto, casi tres mil euracos. Quizás cuando aprenda a nadar me lo ahorre, aunque no sé si a mi marido y a mis hijas les haga gracia cruzar el Atlántico al estilo de David Meca para ahorrarme lo de los billetes de avión…

¡Cómo duele soltar la pasta de un tirón! Siempre parece que 3000 euros sean más todos juntos que a razón de 83,33 euros al mes durante tres años… que es lo que llevo ahorrando una buena temporada para hacer frente a este gasto.  Pero realmente, ¿es tan horroroso estarse gastando toooda esta pasta en los tiempos de crisis que vivimos? ¿Soy una derrochadora sin remedio, o qué?

Veamos. Son 83,33. Cada cajetilla de tabaco que no me estoy fumando son 2,50 euros, céntimo más céntimo menos. Como no me fumo dos cajetillas al día (es que no lo puedo evitar, soy una no-fumadora empedernida, jejeje), pues son 5 euros al día. Al día. Eso son… 150 euros al mes. En cuestión de un año, 1800 euros. ¡Toma ya! Las cajetillas que no me estoy fumando habrían pagado el total de mi viaje en menos de 2 años…  Y como mi marido tampoco fuma, pues 3600 euros. Podríamos visitar a mi familia una vez al año sin problemas… (otra cosa es que mi marido quisiera ver a su suegra con tanta frecuencia, jajajaja).

 

 

A lo mejor ustedes son no-fumadores, como yo. Lo que pasa es que yo, además, no me compro ropa de marca. Miento: alguna de marca Carrefour y Dia cae, lo confieso. Calculo que cada temporada dejo de gastarme entre 500 y 1000 euros, según me pille de caprichosa el día que voy de compras. Y la ropa de las niñas y mi marido lo mismo, que aquí todos somos no consumidores de marcas caras. Así que por lo bajini, 2000 euros; si nos queremos poner fashion, 4000 euros.  (Mientras escribo esto me doy cuenta de lo ridícula que resulto poniendo este ejemplo, porque parece que me acabo de caer del guindo y que no sé que con 1000 euros por persona no me llegaría ni para pipas si las pipas fueran de la marca Hilfigher, Prada, Burberrys o Armani, pero es que no me atrevo a dar una cantidad más “realista”…)

Que las cosas no están para ropa de marca ya lo sabemos, y quizás ustedes también se ahorran ese dinero como yo.  Y como en esto, en muchas cosas: no compro libros, revistas ni películas (pido todo este material prestado de la biblioteca); no gasto en gasolina (voy caminando a casi todas partes y mi marido usa el coche quizás una vez por semana, si no es que menos); no compro comidas preparadas ni salgo a comer con mucha frecuencia (cocino en casa 7 de 7 días); no gasto mucho dinero en regalos porque suelo hacer obsequios “creativos”, como una canción, un poema, o, en el peor de los casos, un libro, que siempre es más barato que otras cosas. Sí, ahorro en tantas cosas que una vez cada 3 años ME PUEDO PERMITIR GASTARME 3000 EUROS DE UNA SOLA VEZ PARA VISITAR A MI FAMILIA.

Ahorrar no debería ser un fin en sí mismo, sino un medio para conseguir lo que nos haga felices: la casa soñada, un viaje largamente planeado, un abrazo de los que están lejos, la sonrisa de nuestros hijos la mañana de Reyes. Ahorrar por ahorrar no tiene sentido:  un saldo en una cuenta corriente o un fajo de billetes son absolutamente inútiles si lo que deseamos es amor, comodidad, consuelo o alegría (quizás te sirvan para sentirte “más seguro” de tu futuro económico y eso te produzca satisfacción, pero entonces es que tu ahorro sí que tiene un sentido, y eso es lo que te motiva a mantenerlo).  De dinero están llenos los bancos, y muchos cajeros que están en contacto con él todo el día no tienen precisamente cara de estar muy felices…

Démosle sentido a nuestro ahorro. Que cada euro que guardemos nos lleve cada vez más cerca de aquello que queremos, porque si no, es fácil caer en la tentación de gastarlo todo, ahora, pronto; no nos olvidemos de que no gastar también es otra manera de ahorrar. Y sobre todo, pensemos en los “regalitos” adicionales que suelen quedarnos después de consumir de manera compulsiva: dientes amarillos, enfermedades varias, obesidad, culpabilidad y cientos de piezas de ropa y zapatos que tras estorbarnos durante mucho tiempo en los armarios terminaremos por sacar a la calle para que, quién sabe, meses después, terminen en las mesas de un mercadillo y pueda ir yo a llevarme por 1 euro lo que tú compraste por 50.

Ahorrar, ¿para qué? Para que mis padres puedan abrazar a su nieta mayor y conocer a la pequeña. Para ver a mis hermanos, mis amigos, la gente a la que quiero. Para ver si todavía están las calles de mi ciudad donde las dejé antes de marcharme. Para ser feliz de esa manera tan especial que se es feliz cuando regresas a tu casa después de una larga ausencia…

Y tú, ¿para qué ahorras?

 

Nota: ningún billete de 50 euros ha sufrido daños durante la realización de la sesión de fotos

Lo bueno que tiene que la peque se despierte por las noches es que el paseíllo nocturno en la oscuridad me despierta la vena filosófica. Seguramente mañana pensaré que es una chorrada de las gordas, pero dándole al coco he maquinado un increíble plan para apoderarme del mundo, jejejeje… es decir, se me ha ocurrido un plan de choque de ahorro y gasto que ríete tú de la dieta de la alcachofa: ahorro de dinero, gasto de calorías. Lo cuento para quien le sirva, pero sobre todo, para mí misma a ver si me convenzo porque la teoría me la sé, pero la práctica… mmmmm

AHORRO DE DINERO:
A ver. Mi marido está en casa con una contractura. Mi hija no fue al cole porque tenía diarrea. Tuve que improvisar, no podía salir a comprar. ¿Resultado? Me dio por limpiar el congelador. Comimos lentejas y croquetas. Y todo por el morro, porque no me gasté un duro. Luego me puse a pensar que los domingos no gasto porque no puedo (las tiendas están cerradas). Así que A + B= C, si no voy a la tienda ¡NO GASTO! Parece de tontos, pero no lo es. Imagínense que tienen, como yo, un presupuesto máximo de 550 euros para comida. Eso nos da un promedio de 18,3 euros por día para gastar. Yo no sé ustedes, pero mis cuentas en el súper son siempre superiores a eso. Quitémosle los domingos. Ya son 21,15. ¿Y si además, por decir, los miércoles, NO COMPRO? Pues ya son 25, que se acercan más a la compra que suelo hacer. No comprar un día significa disponer de esos 18 euros para acumularlos a otra compra… con la ventaja de que cada vez que decidimos NO IR al super también nos ahorramos la tentación de comprar cosas innecesarias que nos hacen salirnos del presupuesto. Si hacemos la compra 2 ó 3 veces por semana el beneficio será mayor (compra planificada, menos tiempo perdido, menos tentaciones=menos gasto). O sea, no he descubierto América, pero desde esta semana para mí los MIERCOLES serán el día sin súper (los jueves voy al Mercado Central, así que intentaré aguantar lo más posible hasta ese día).

 

 

GASTO DE CALORIAS:
El aceite está muy caro. Si uso menos aceite para cocinar, ahorraré dinero en aceite, pero también en 1)detergente y agua para lavar los platos y cacharros para cocinar 2)tiempo: me costará menos limpiar y recoger la cocina 3)ropa: dejaré de parecer una morcilla de burgos en mis vaqueros, y resistiré a la tentación de comprarme otros más grandes. Lo único que gastaré serán mis calorías para…
1)Ir a la biblioteca a buscar libros de cocina con recetas sin tanta grasa
2) Ir al mercado o una frutería a buscar la verdura para cocinar, en lugar de comprarla en Mercadona
3) Limpiar la verdura (pelar un kilo de alcachofas conlleva un esfuerzo, por ejemplo)
4) Perseguir a mis hijas por toda la casa para intentar que se la coman

Se aceptan sugerencias para acelerar el proceso de ahorro de dinero y gasto de calorías. El verano, esa deliciosa estación de mucho calor, pero sobre todo de muchos euros ”escapistas” (euros traidores que se nos van en viajes, ropa, chiringuitos y apartamentos en la playa) está al caer. ¡Que no nos pille desprevenidos!

 

¿Qué es ahorrar?

Mejor decir que NO ES ahorrar. Ahorrar no es…

-Comprar baratas cosas que no necesito (no ahorro, sino que gasto en algo que normalmente no hubiera gastado)

-Comprar baratas cosas que no necesito ahora, y que creo que puedo necesitar luego (sobre todo si no estamos seguras de usarlas y si son susceptibles de bajar de precio).

-Comprar cosas cutres y de mala calidad que sí necesitamos (comprar una cosa mala de 10 euros que me va a durar 3 meses en lugar de una buena que me cueste 20 y me dure 2 años me hace perder dinero, no ganarlo).

 

 

Lo único que es ahorrar de verdad es comprar lo que de todas formas iba a comprar, más barato… (¡Me encanta encontrarme en un catálogo que han bajado el precio de la única cosas que justamente me hacía falta!)

Mi marido me mantiene, o eso dicen. Soy una mantenida. Él sale por la mañana a trabajar y yo me quedo en el sofá viendo telenovelas y comiendo bombones. Una asistenta viene a limpiar, hay una chica que se ocupa de los niños y yo dedico mis días a estar guapa y a escribir este blog.

¡Y un jamón! Todas sabemos que esa vida sólo está reservada para los ricos y famosos (y ni tanto, que también tienen sus obligaciones); lo malo es que la gente, en general, se cree que ser ama de casa es “no trabajar”, “no hacer nada” y “tener mucho tiempo para ti”.

No hay trabajo más ingrato que el del ama de casa (bueno, igual exagero, se me ocurren otros peores: sexador de pollos, recogedor de cacas de los caballos en los desfiles, profesor de Opening): nunca se nota lo que haces, sino lo que no haces. Tienes la casa limpia, la ropa a punto y las facturas ordenadas y un solo día se te olvida recoger un calcetín y hala, te tachan de desordenada… Yo por eso no he malacostumbrado a mi familia: de normal parece que por la casa ha pasado un tornado (y tengo 2, una de 7 años y otra de 21 meses) y cuando logro finalmente limpiar todos vienen a felicitarme, jejejeje…

Aún así, el trabajo de casa se convierte en una eterna condena de Sísifo: los platos se tienen que lavar una y otra vez, el polvo vuelve a posarse sobre los muebles, la ropa recién plancha se ensucia con sólo mirarla… es desesperante. Nunca termino de hacer nada, siempre hay algo más urgente qué hacer o deshacer.

De momento tengo claro que lo mío no es limpiar, pero es que trabajar fuera de casa sería peor. Con toda seguridad vendría del trabajo reventada para luchar con los platos, la ropa y las comidas. No, yo por ahí no paso. De momento bastante tengo con criar a mis hijas, que ya se harán mayores algún día. Y además,  yo trabajo “a mi manera”, porque para mí AHORRAR es un trabajo… y muy bien remunerado, por cierto.

Una vez al mes recibimos una nómina. Recibimos, porque en esta empresa familiar llamada matrimonio los socios somos dos, cada uno con sus respectivas obligaciones. A mí mi marido no “me da dinero” (ya lo cojo yo sola del cajero, jajaja). Hay una cantidad reservada para gastos personales de la que ambos podemos disponer. El tema macroeconómico (compras grandes, viajes, apertura de cuentas) lo llevamos al 50 por ciento; de la economía diaria me ocupo yo sin consultarle. Soy mi propia ministra de economía y sé que de mí depende que los recursos comunes estén bien aprovechados.

En el desempeño de mi puesto tengo que inventarme estrategias para arañarle los euros a los gastos cotidianos: hacer cocina “de autor” con las sobras, perseguir las ofertas del súper como si fuera detective privada, llevar un registro pormenorizado de las compras para localizar fugas en el presupuesto, leerme el manual de la renta para aplicar todas las deducciones posibles a nuestra Declaración de la Renta, estar pendiente de los plazos de convocatoria de ayudas, becas y subvenciones varias, en fin, una larga lista de tareas que me mantienen más que ocupada (y que son más interesantes que quitar el polvo, por otro lado).

Me gusta pensar que trabajo “por mi realización personal”, pero reconozco que lo hago principalmente por el dinero (como casi todo mundo). Con una sola nómina, dos hijas y una casa en alquiler mi trabajo de ahorradora profesional es imprescindible. De no aplicarme cada día como lo hago, tendría que estar pensando en buscarme otra cosa fuera de casa, y al final para ganar sólo un poco más: tal y como están los sueldos, me saldría lo comido por lo servido (pagando comedores, guarderías, con menos deducciones de impuestos…) Y todos aquí -pero sobre todo mis hijas- saldríamos perdiendo… 

A mí en realidad no me molesta decir que trabajo en casa, aunque para muchos eso no sea trabajar. Allá ellos, que no tienen quién los mantenga, jejejeje… Como sea, no voy a ser menos que los demás y la próxima vez que alguien me pregunte a qué me dedico, le diré que soy domadora del euro. A ver qué cara se le queda…

 

Si yo fuera rica no estaría escribiendo este blog. Compraría lo que quisiera sin fijarme en el precio, gastaría dinero a raudales, pagaría mil euros por algo que costara quinientos…

Momento: de eso nada. Que sería rica pero no tonta. Nadie pagaría más por algo que costara menos.

Y si los ricos -que son ricos y les sobra- no lo hacen, ¿por qué lo voy a hacer yo, ama de casa, madre de dos hijas y con un marido que trae un sueldo “promedio” (es decir, bastante justito) a casa, que no tengo otras fuentes de ingresos y que no tengo ninguna tía rica a la que heredar? En mi caso queda claro que “tengo” que comprar con cuidado, sin derrochar, estirando los euros al límite… pero da la casualidad de que también quiero hacerlo porque estoy convencida de que hay un montón de gente allá fuera (comerciantes, distribuidores, grandes tiendas) que se está forrando a mi costa. Y la verdad es que no me hace ninguna gracia.

Mis esfuerzos por ajustar mi presupuesto van encaminados, más allá del simple ahorro, a encontrar nuevas vías para vivir con menos sin perder confort. Yo quiero ser una domadora del euro, sentir que tengo el látigo en la mano y que yo soy la que manda en este negocio. Ya veremos si la situación económica en España sigue empeorando y me tengo que tragar mis palabras y concentrarme en la supervivencia (aunque entonces podría crear un blog de damnificados por el euro), pero de momento me gustaría ir recortando gastos de manera creativa, sin privarme de nada de lo que yo considero esencial para vivir con decoro…

Alguien con dinero... que no soy yo

Tengo experiencia en esto de ser pobre.  Nací en un país tercermundista y mis padres nos sacaron adelante a cinco hijos, con un solo sueldo y muy poca infraestructura social (sin ayudas a la vivienda, al nacimiento o al paro como aquí). Sé lo que es hacer rendir un guiso (más patatas, más agua), leer libros prestados en dos días por no poder comprarlos, tener juguetes “artesanales” (casas de la Barbie hechas con cajas de verduras, por ejemplo). Sé lo que es hacer un presupuesto ajustado y confiar en los números: recuerdo nítidamente a mi madre en la mesa de la cocina el día de pago, con su libreta de cuatro divisiones con hojas de colores, sus sobres para ir poniendo en ellos los pagos de la luz, el agua, los colegios… en los tiempos en los que a mi padre le pagaban en efectivo y no existía la domiciliación bancaria. Todo lo que sé de economía doméstica lo aprendí de ella (y sigo aprendiendo, a pesar de la distancia).

Como no quiero ponerme sentimental (demasiado tarde, snif, snif…), les diré que al crecer seguí mi carrera de pobre en solitario. Fui una estudiante pobre en una universidad perdida de Estados Unidos cuando tenía 21 años y una pobre turista de 23 cuando llegué a España en 1998, cargada con mi maleta y 1000 dólares para “despilfarrar” en treinta días. Los números no me cuadraron porque conocí a mi hoy marido a los quince días de estar de vacaciones… y aquí sigo, de pobre profesional, jejeje.

Tuve un breve período de riqueza hace tiempo en el que milagrosamente los ingresos excedieron a los gastos mes tras mes (de forma moderada, todo sea dicho), pero esto se acabó el verano pasado, cuando nos mudamos a Valencia; espero que esa efímera bonanza no haya estropeado por completo mi paupérrimo currículum… Y  es que, como decía mi querido amigo Uriel: pobre y honrada, no pobre pero honrada (como si tuviera que pedir disculpas, o como si una cosa excluyera a la otra). Que yo no quiero robar, pero tampoco que me roben… 

Siempre me ha interesado el tema de la economía doméstica (supongo que por necesidad), pero hasta este momento no había encontrado ningún material realmente adaptado al contexto español (también tengo que decir que dejé de buscar hace cuatro años, cuando fui rica momentáneamente; quizás ahora los encuentre). Todas mis fuentes de consejos, recetas y estrategias para llegar a fin de mes estaban en inglés, en foros específicos para americanos, con cosas que no existían aquí: tiendas de 24 horas, cupones de descuento en los periódicos, ofertas con cantidades y tiempo limitado, etc). Intenté tímidamente proponer el tema en algunos foros de bebés y niños en español (los únicos que frecuentaba con asiduidad) pero casi siempre pasé desapercibida… hasta hace poco.

Lo primero que hice fue poner la encuesta de gastos e ingresos que reproduzco en la siguiente entrada, más que nada por curiosidad, para ver lo que la gente se gastaba en comida y compararlo con mis propios gastos. La gente se empezó a animar y a responder; se notaba que ahora sí que íbamos todos achuchadillos y el tema nos preocupaba más que antes. Sin “querer queriendo” (como diría el Chavo del Ocho) aquello se convirtió en una bola de nieve con más y más gente cada día, y de pronto encontrar la información en toda esa retahila de intervenciones se estaba poniendo harto complicado. Es por eso que me decidí a dar el salto a “la gran pantalla” y traerme el chiringuito a estos lares.

Como la mudanza fue de un día para otro, el material que fui escribiendo a lo largo de estos meses está un poco desordenado y me tomará todavía un tiempo dejarlo como los chorros del oro. Paciencia, que todo llega. Quiero arreglar lo que está torcido y escribir más, mucho más. Así que a todos los que ya me conocen por el post antiguo les doy las gracias por haberme dado “el empujoncito” para llegar hasta aquí… y a los que no me conocen de nada simplemente los invito a explorar esta página y que, como en un buffet, se lleven a la boca únicamente lo que les apetezca…

Por aquí nos vemos, que es gratis.

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