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Qué daño más grande han hecho las revistas de bebés y los anuncios de pañales y potitos en la tele en la ardua e importante tarea de criar un hijo. En serio. A final de cuentas, al Vogue y al Cosmopolitan sólo podemos reprocharles el utilizar a mujeres que no existen -ahora menos que nunca gracias al Photoshop- y que por tanto, nunca podremos igualar. La que se lo crea, si ya es bastante mayorcita, se gastará un pastón en complementos y ahí se acabó el problema. Pero Mi bebé y yo y otras revistas por el estilo son como las sagradas escrituras para un buen puñado de embarazadas primerizas que se creen a pies juntillas todo lo que anuncian y que babean, ilusionadas, mirando innumerables fotos de bebés risueños, encantadores, montados en carritos de última generación y vestidos con ropa de marca.

 

 

Señoras -y señores interesados-, ya hemos hablado con anterioridad de las trampas de los publicistas de productos para bebés, o sea que más machaque sobre el tema sería redundante. Pero ahora mismo, con mi súper barriga de 37 semanas, echando de menos a mis pies -que sé que siguen ahí porque llevo zapatos, pero que hace rato que no veo- pidiéndole permiso a una pierna para mover la otra e intentando apurar la goma de los pantalones premamá al máximo para no verme obligada a pedírselos prestados a Falete me ha dado por pensar que el mayor pecado de estas revistas y anuncios no es intentar hacer pasar por indispensables toda clase de tonterías para los bebés (es su negocio), sino el haber logrado, exitosamente, convencernos de que esperar a un hijo es como esperar la llegada de la primavera…

 

 

¡Ah, la primavera! La primavera que llega, con sus flores, con sus pájaros, y su buen clima, que lo único que nos pide a cambio es que le hagamos un sitio en nuestros armarios para renovar el vestuario, que saquemos al mantel para el picnic y que disfrutemos de un paisaje bucólico en compañía de nuestra pareja… ¿A que suena bien? Pues sí, pero tener un hijo no es eso ni de lejos, aunque los publicistas intenten prepararnos con las mismas armas: comprar mucha ropa innecesaria, hacer muchos planes guays para disfrutar de paseos, fiestas y demás saraos con un bebé sano y feliz y creer, pobres de nosotros, que en cuestión de dos o tres semanas después del parto estaremos cogiditos de la mano de nuestro marido sin otra ocupación que hablar de nuestro amor mutuo (mientras el retoño duerme plácidamente en su cuna de 600 euros). ¡Qué ilusos somos!

No tengo la verdad absoluta ni en éste ni en ningún otro tema, pero de lo que sí estoy convencida es de que estar embarazada se parece más a esperar un huracán que a esperar esa idílica primavera de papel cuché que tan felices nos prometemos… Y aunque parece que esto no tiene nada que ver con el dinero, en el fondo sí que está relacionado: si no sabemos a que es a lo que nos enfrentamos, gastaremos los escasos recursos (materiales y humanos) en cosas inútiles para llevar a cabo la tarea. Y la verdad, bastante achuchadilla está la cosa como para andar malgastando lo que tenemos.

¿Por qué deberíamos esperar a un hijo como se espera a un huracán?

 

 

1. Todos los huracanes tienen nombre y personalidad antes de tocar tierra. Nuestros hijos también. Y como ellos, no sabremos hasta el último momento si son de escala 5 o si se convertirán en una suave tormenta tropical. Por si las moscas hay que hacer previsiones para recibir un huracán intenso; tendremos muchas más posibilidades de sobrevivir a sus destrozos…

2. ¿Qué hay que acumular en nuestra despensa cuando se avecina un huracán? Agua, leche, arroz, lentejas y demás productos básicos. Además de eso, para el bebé, pañales y poco más. Pues lo mismo. Qué frustración para una madre con su bebé recién nacido en brazos abrir la despensa y ver que no tiene lo que necesita con urgencia. Y salir corriendo al súper y coger lo primero que ve, al precio que sea, para salir del paso (sobre todo si tiene otros hijos). Mejor hacer una lista exhaustiva de lo que necesitaremos el mes siguiente al parto, mandar a otro que no esté embarazado a comprarlo o, en su defecto, hacer la compra por internet. En algunos supermercados no cobran el envío si se pasa de cierta cantidad; en Mercadona cobran 7,21 gastes lo que gastes, así que no me he cortado en las cantidades ni en el peso de mi compra, aunque el repartidor me dijera, un tanto mosqueado, que nunca había llevado una compra "taaan grande". Pues a ver si se iba a creer que el envío era gratis, que desde luego si fuera así pediría las cosas poco a poco. Es una inversión, pero vale la pena…

 

 

3. ¿Acumular ropa? Sólo si no hemos tenido que pagar por ella. Es momento de abrir los brazos a cuanta donación nos quieran hacer; los bebes regurgitan, se hacen caca, babean y orinan muchas prendas al día, así que no podemos pretender plantarles el trajecito de Prenatal y que les aguante más de una puesta. Además, cuando el huracán está en casa mejor ropa cómoda y gastadita, que no tiene sentido ponerlos de punta en blanco cuando todavía estamos soportando el vendaval del nacimiento…

4. No perdamos tiempo en acelerar los trámites para declararnos zona catastrófica. El gobierno ofrece una ayuda de 2500 euros que deberíamos aprovechar para paliar los efectos del huracán que se nos viene. A muchos les apetecería la tele de plasma, o incluso amortizar algo de hipoteca, pero quizás lo más sensato es invertir parte del dinero en hacernos más fácil la transición al universo materno-filial: pagar a una persona que venga a limpiar el desastre una vez por semana, estirar nuestras semanas de baja maternal gracias a una excedencia que podemos complementar con la ayuda gubernamental, comprar comida hecha o, mejor aún, convencer a nuestras madres/suegras/tías de que nos ayudan más trayéndonos un tupper con comida casera que intentando dormir/cambiar/hacer eructar a nuestro retoño (cosas que evidentemente podemos hacer nosotras si hay alguien más ocupándose de las pequeñas preocupaciones domésticas).

5. Es momento de rebajar nuestras expectativas, inclusive las de ahorrar hasta el último céntimo. De lo que se trata es de sobrevivir, ni más ni menos. Hacernos a la idea de que no vamos a dormir mucho, de que no pasa nada si la ropa tiene manchas o si los cupones del DIA nos caducan sin que hayamos aprovechado las ofertas. Da igual, ya volveremos a la normalidad… algún día. Mientras las necesidades básicas (techo, sustento, un mínimo nivel de higiene y un mínimo de horas de sueño) estén satisfechas, lo demás puede esperar. Y si alguna de nuestras visitas opina que hay demasiado polvo, o que nuestra casa está desordenada… utilicemos al bebé como excusa para retirarnos a nuestra habitación mientras le indicamos donde están los utensilios del limpieza.

 

 

 

Excuso decir que mi casa ya parece un búnker, y que tengo leche, agua y pañales para una hecatombe. Que este año a ver quién hace la cena de Navidad, porque no estoy como para pensar en recetas. Que tenemos ya decididos los Reyes de nuestras hijas. Que no estoy para nadie más que para mi familia. Que no quiero que nada me distraiga de lo más importante, la llegada de mi dulce y pequeño huracán, a la que, evidentemente, todas las previsiones que se tomen en torno a su llegada le dan igual, siempre y cuando tenga a su disposición su teta y unos brazos cálidos que quieran acunarla…

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 … o eso fue lo que le faltó decirme a mi gine, cuando me confirmó que nuestro tercer bebé ¡también es UNA NIÑA!

 



¡Qué felicidad! Si ya iba a gastar poco, ahora… no se me ocurre en qué gastar, de verdad. Ropa tengo, trastos para bebé un porrón, leche materna a tutiplén (lo cual significa gasto cero en pequeña puericultura)… en realidad sólo tendré que comprar los pañales. Y encima de marca blanca, que los de Dodot los tenemos prohibidos en casa…

 

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 En una casita de chocolate del bosque encantado, arrullados por el dulce trinar de los pajaritos y el travieso serpenteo del arroyuelo cantarín dormían muy apretujaditos Blanca Nieves, los siete enanos, el Conejo de Pascua, el Ratoncito Pérez, Papá Noel, Ricitos de Oro, un español que ha aprendido inglés en Opening y otro que se ha sacado la lotería sin comprar ni un décimo… mientras en la espaciosa habitación contigua, en una cuna de oro con sábanas de seda y un monitor con cámara de vídeo, rodeado de un ejército de peluches y juguetes educativos con miles de botones dormía, solito, el famoso bebé de los 6 mil euros al año…

 

 

Seamos serios, señores. A mí cada vez que oigo hablar de los estudios que dicen que tener un bebé cuesta en promedio (¡sin hacer gran alarde de gastos!) en torno a los 6000 euros durante el primer año  primero me da la risa loca… y luego me da por los cuentos de hadas. Me gustaría saber cuántos hijos tienen los que han hecho los cálculos, porque a mí, a mis vecinas, a mis amigas y conocidas no nos salen las cuentas…

Por supuesto que nos podemos gastar 6000 euros al año en un bebé. Y 6000 euros al mes también, y si no que se lo pregunten a Madonna o a Britney Spears. Hay productos de puericultura innecesarios, caros y francamente ridículos para aburrir, en las tiendas o por internet. A una pareja en proceso de decidirse a tener un hijo le preocupa, y mucho, el tema financiero, porque todo mundo les dice que "los bebés cuestan mucho dinero" y para poner la guinda del pastel vienen estos estudios a confirmar los peores augurios. Y la verdad, la puritita verdad es que, como dice el marido de una amiga, para criar a un bebé hace falta… el bebé (y muchas ganas de tenerlo).

Si pudiéramos preguntarle a nuestro bebé qué es lo que le hace falta durante el primero año nos sorprenderíamos con la respuesta… y no me refiero únicamente al susto que nos llevaríamos si el peque nos largara un discursito: teta a demanda, muchos brazos, unos cuantos pañales de tela, unas cuantas mudas de ropa del mercadillo, un sitio cómodo para dormir lo más cerquita de mamá y papá y después de los 6 meses, un par de bocados de comida, mucha libertad para explorar el mundo y muuucha paciencia para ir detrás de ellos cuando empiezan a caminar.

 

 

¿Demasiado idílico? Vale, me he pasado tres pueblos, pero que conste que no estoy diciendo que eso sea lo único que deberíamos comprar para el niño, sino que probablemente, esto sería lo único que nuestro bebé realmente necesitaría y que elegiría si lo dejáramos opinar…

Pero como el que calla otorga, en su nombre nos gastamos una pasta gansa en una minicuna, una cuna con mueble cambiador, un móvil de muñequitos, una lámpara que proyecta estrellitas en el techo, un cochecito de última generación, los pañales más caros, la leche de farmacia, la ropa de marca (o demasiada ropa, que también barato y mucho sale caro), los juguetes educativos aprobados por los expertos y los vídeos de Baby Einstein y asociados… ¡y nos quejamos de que los bebes "salen caros"! ¡Y tanto que salen caros, porque encima luego las cosas que compramos para ellos son de un solo uso, porque según las estadísticas en España la tasa de natalidad está en 1,39 hijos por mujer!

La realidad es que a pesar de todas nuestras quejas, tenemos mucho más dinero para gastar que hijos en quién gastarlo (lo cual se hace extensivo a abuelos, tíos y padrinos, que sepultan a los niños bajo toneladas de juguetes y ropa en cumpleaños y Reyes). Hace ya rato que estamos todos inmensos en una vorágine consumista que ha transformado el comprar como mecanismo para satisfacer una necesidad pura y dura en una manifestación más del ocio. Comprar por comprar, para sentirse bien, para pasar el rato, para hacer lo mismo que los demás. Y por supuesto, nuestros hijos no van a ser menos que nosotros…

 

 

Bueno… se acabó el sermón, vamos a los números. Para empezar, ahora contamos con una ayuda por nacimiento de 2500 euros (que yo no he pillado con las dos primeras… a la tercera va la vencida). Luego, por cada hijo te puedes deducir entre 1836 y 4182 euros al año  (más un añadido de 2244 por hijo menor de 3 años). Y luego hay deducciones autónomicas que varían por comunidades, pero que en mi caso han representado una ayuda (365 por hijo menor de 3 años en la Comunidad Valenciana).  Luego, como dicen en la web de Todopapas, el ocio de la pareja se reduce al 10 por ciento, lo que significa un ahorro aproximado de 2400 euros al año (en mi caso eso no sería cierto, porque yo no me gastaba esa cantidad en cafés, hoteles, tabaco ni cines, pero habrá quién sí se lo gaste y se esté preguntando ahora mismo cómo es que no le alcanza para tener un hijo…) Esto nos da, para una pareja con su primer hijo, la bonita cantidad de 8980 euros al año… ¡que da de sobra para cubrir los famosos 6000 euros del principio! Encima, ahora tener un hijo nos va a salir rentable…. (eh… no, que tampoco hay que exagerar….)

Luego está lo que realmente nos gastamos en el bebé. Ya les he contado que yo los gastos prenatales con este embarazo los he despachado (de momento) con 83 euros; en los dos primeros debí gastarme más o menos la misma cantidad, no lo recuerdo. Lo que sí tengo clarísimo es que siempre se paga la novatada con el primer hijo; y a pesar de que cuando nació la mayor estábamos en mucho peores condiciones económicas que ahora, terminé gastando más dinero en tonterías que con la segunda. Por ejemplo, gastos de farmacia: con la primera parecía que estábamos abonados (a los hijos de la farmacéutica sólo les faltaba llamarme "madrina"); con la segunda… ¿compré un par de botes de Apiretal y algo más? Y es que el gasto no tuvo nada que ver con el estado de salud de mis hijas, porque aunque las dos han sido sanas, sanísimas, mi hija mayor se ha distinguido siempre por su salud de hierro… El resto (pañales, cremas, toallitas, tijeritas de uñas y diverso material cosmético) ha sido todo de la marca blanca del Mercadona, lo que ha reducido considerablemente su precio.

Lo mismo con el tema de la alimentación. A la mayor le di pecho hasta los 8 meses, pero invertí dinero en biberones, tetinas, infusiones, pastillas para esterilizar (una vez intenté hervir las tetinas… y me quedé sin olla y sin tetinas), chupetes, cereales de caja y más tarde leche de bote, algunos potitos (pocos, porque a mi pequeña gourmet sólo le gustaban los purés caseros), yogures para bebés (que cuestan un ojo de la cara y que no están hechos con leche de continuación, como nos quieren hacer creer), galletitas especiales y demás chuminadas.

 

 

Mi hija pequeña, por contra, no ha probado un biberón en su vida, ni comidas especiales para bebés. Con ella me gasté CERO euros hasta los 6 meses (pecho y nada más, ni infusiones, ni bibes ni nada) y a partir de ahí y hasta el año muy poquito más, porque no quiso purés, empezó a comer la misma comida que nosotros y hasta hoy. Pues ahí van 1500 euros que me ahorré, según los estudios del CIS.

La partida presupuestaria para decoración de la habitación y ropa de cama (1500 euros), además de la de puericultura (1241) me la he ahorrado casi completa, desde mi primera hija. La cuna, la trona, el moisés y el cochecito han sido heredados o regalados; y si no los tuviera, ahora mismo no compraría nada para el tercero. A final de cuentas, mi hija pequeña siempre ha preferido hacer colecho conmigo, comer sobre mí, y pasear en mochila… ¡como para gastarme en una pasta en cosas que a larga no va a querer ver ni en pintura! Lo único que sí compramos con ambas fue una sillita de paseo de las baratas y las sillas para el coche, que a mi juicio son los únicos gastos realmente imprescindibles en este campo.

 

 

En ropa se puede gastar uno lo que quiera, la verdad (y con cada hijo, menos todavía). Para empezar, recibimos muchos regalos, lo que reduce el coste total… si los modelitos son de nuestro gusto, claro. Pero aunque tuviéramos que comprarles todo, hay ciertas tiendas (como Kiabi, H y M, C y A y la marca del Carrefour) que ofrecen prendas de bastante calidad a precios asequibles. El secreto es no comprar de más, porque los bebés crecen muy rápido… y estar dispuestos a aceptar las donaciones hechas con la mejor de las intenciones por parientes y amigos. A nuestros hijos no les importa llevar ropa de segunda mano, aunque a nosotros nos parezca que sí.

El campo de productos de belleza (¡para la madre!) y bautizo (600 euros)… sin comentarios. Mira que intentar colar estos gastos como gastos regulares en la crianza de un bebé… ¿los de CIS de verdad querían hacer un estudio serio, o simplemente querían que les cuadrara el número (6000 euros) para poder decir que un bebé gastaba "un millón de pesetas"?

Hay un último concepto que no quiero discutir porque a fin de cuentas yo no lo he necesitado, pero sé que mucha gente sí, y es un pastón: el que se dedica al cuidado del bebé en caso de que ambos padres trabajen. Las guarderías son carísimas, y de hecho las cantidades que dan en el estudios (240 euros mensuales) se quedan cortas por lo que tengo entendido. Mientras seguimos esperando que nuestra baja de maternidad se equipare a la otros países de Europa, quizás no sería mala idea, para quien pueda permitírselo, pedirse una excedencia para poder estar con el bebé por lo menos durante el primer año. No hay guardería que pueda competir con la atención individualizada de un padre o un madre rebosantes de amor y deseosos de vivir esa experiencia. Y claro, no es gratis, pero las guarderías tampoco. ¿Qué elegiría nuestro hijo si le pidiéramos su opinión?

En conclusión: ¿existe el niño de los 6000 euros el primer año? Yo no lo he visto, y tengo dos y uno en camino. La primera me habrá costado 1000, la segunda quinientos… y el tercero va a venir con premio de 2500 y un pan debajo del brazo:

 

 

Sí, ya lo sé, a final de cuentas estos cálculos sólo son para el primer año. Y los niños crecen y comen y visten y van a la escuela hasta que se van de casa (a los 30 y muchos) y siguen llevándose tuppers los domingos para el resto de la semana cuando se emancipan. Pero esa es otra historia y ya hablaremos de este tema cuando toque…

 

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 ¡No hay nada como anunciar un embarazo para llenar de felicidad a un montón de gente! En el mismo momento en que las náuseas, el cansancio y las ganas constantes de hacer pis nos convencen de que esta vez sí es la buena y de que por fin hemos ganado la lotería de El Niño -aunque sea verano- empieza a lucir la sonrisa en los rostros de los orgullosos futuros padres, los abuelos, los tíos, los amigos… pero también para los dueños de pruebas de embarazo, las multinacionales farmacéuticas, las compañías de seguros médicos, los fabricantes de ropa premamá, los ecógrafos de 4D, las marcas más prestigiosas de cremas antiestrías… y todo eso con el bebé dentro, que cuando sale ya hay una multitud de empresas frotándose las manos listas para unirse a la fiesta…

 

 

Maquinitas de gastar con patas y un barrigón de miedo, eso es lo que somos para todos ellos. Y vamos y picamos todas, especialmente si somos primerizas. Nos hacen creer que necesitamos mucho más de lo que necesitamos: no un producto genérico, sino el producto que ellos publicitan, que para eso se han gastado mucha pasta en anuncios en donde nos llaman poco menos que malas madres si se nos ocurre escatimar en gastos durante la gestación y después de ella.

 

¿Un poquito embarazada?

Ni poquito ni mucho, embarazada y punto, que en esto no hay término medio. Entonces, ¿por qué tenemos que irnos a comprar el Predictor o el Clear Blue de las narices cuando hay sucedáneos que cuestan la mitad? Sí, seguramente si sólo ha pasado un día desde la fecha supuesta de la regla esas pruebas tengan más fiabilidad, pero ¿qué prisa llevamos? Les puedo asegurar que una semana después todos los gatos son pardos y lo mismo da una que otra (yo ni siquiera he tenido que esperar los 5 minutos de rigor cuando me ha dado positivo. Había ya tanta gonadotropina coriónica en mi organismo que la aparición de las rayas fue visto y no visto). En lugar de dejarnos el sueldo en pruebas caras, podemos comprar una barata y tirarnos esa semana de espera durmiendo, comiendo y cuidándonos como si ya estuviéramos en estado de buena esperanza. Y si no lo estamos… ¡pues que nos quiten lo bailado! Y por si no hubiera suficiente con el dinero invertido en pruebas de embarazo, ahora se han inventado una que "predice" el sexo del bebé con una fiabilidad del 80 por ciento. Como para salir a repartir puros o bombones cuando ni siquiera hay una barriga para presumir (que no ha sido mi caso, jajajaja).

 

El timo de los multivitamínicos

Según la Organización Mundial de la Salud, los únicos suplementos que una mujer gestante con una alimentación balanceada necesita son dos: el ácido fólico (que se recomienda tomar cuando empieza a buscarse el embarazo y hasta la semana 12) y el hierro (cuyo uso intensivo e indiscriminado, por otro lado, despierta suspicacias por parte de algunos profesionales). Aquí en España algunos expertos, a la luz de nuevos estudios, han empezado además a prescribir yodo a las embarazadas y a las madres en período de lactancia  por considerar que las cantidades de este compuesto que se ingieren a través del pescado y la sal yodada en este país son insuficientes para estos casos.

 

 

La buena noticia es que el ácido fólico y el yodo cuestan cada uno sobre los 3 euros la caja para un mes, lo que es francamente asumible en términos económicos. ¿La mala? Que salimos de la consulta del ginecólogo con muestras gratis de Natalbén, que hace más o menos lo mismo por… 15 euros (o, si vamos al herbolario, con Floradix, que cuesta incluso más). Cuando la cajita se acaba, se nos hace impensable consumir ácido fólico y yodo modos y lirondos y terminando pagando el triple "por si acaso". Por si acaso nada, las recomendaciones están muy claras: sólo son necesarios estos dos suplementos, lo demás sobra. Y lo que nos estamos gastando en multivitamínicos nos vendría muy bien para comprar mucha comida rica de la mejor calidad con la cual nutrirnos sin tener que tomar ninguna pastillita (y sin efectos secundarios, que todos los que han tomado hierro saben a lo que me refiero, ejem).

 

¿Una habitación con vistas al mar?

Digo yo, será esa la diferencia entre ir por la privada y por la Seguridad Social (en Valencia). Porque yo, que he estado de ambos lados, me he sentido más arropada en la SS, en donde tienen los mejores equipos y los mejores tratamientos (aunque no tengan los últimos números del Hola en la sala de espera, todo hay que decirlo).

Y salvo que seas de la realeza o de la jet set -o, hablando en plata, que pagues las consultas a tocateja-, el trato que recibe un paciente en la privada cuando va por una compañía de seguros no tiene mucho de exclusivo, la verdad. Yo he estado a punto de poner un reclamación a mi compañía después de que varios ginecólogos a los que llamé por teléfono para pedirles hora se negaran a atenderme porque "ellos no llevan partos", "tienen la agenda cubierta hasta diciembre", "sólo dan seguimiento de embarazo a clientas antiguas" "han decidido no atender partos de compañías de seguros, para darles atención exclusiva a las clientas que pagan en efectivo".  Pues oye, que se borren del cuadro médico, y así antes de contratar un seguro tendremos información real sobre los ginecólogos a los que verdaderamente podemos acceder.

¿Vale la pena contratar un seguro médico en estas condiciones, en los tiempos que corren? Yo creo que no. A fin de cuentas en la SS te van a atender igual, y ahí como hacen guardias siempre tienes un médico disponible para cualquier tipo de emergencia. La habitación no será individual, ni el sofá del acompañante muy cómodo… pero oye, yo prefiero pedirme las vistas al mar para el apartamento de la playa, que en el hospital nos quedamos como mucho dos o tres días…

¡Mírame bien, mami, que esta foto cuesta un pastón!

La tecnología que hace posible los ecógrafos de alta precisión (4D, de cuarta dimensión) es absolutamente alucinante. Si hasta es posible verles los gestos, los pucheros, los movimientos de las manos y los pies a los bebés de muy pocas semanas de embarazo. Más adelante ofrece datos importantes sobre la posición, el peso y el comportamiento del feto, y se piensa que en algunos años la técnica se irá afinando hasta prácticamente convertir al aparato en una pantalla de televisión en donde nuestro hijos pueda verse con total claridad, en vivo y en directo.

 

 

Pero… ay, amigo, no pensaríamos que esto iba a salir gratis… ¿o sí? Según lo que he oído, una ecografía de 4D puede salir entre 100 y 180 euros, según los "extras" que incluya (explicaciones exhaustivas, fotos y DVD personalizado) y el sitio a donde vayas (o si te la traen a casa, como la comida china) Pues vale. Cuando yo nací ni siquiera había ecografías y aquí estoy (y si las hubiera habido, dudo mucho que mi madre hubiera pagado por verlas). Mis dos hijas no han tenido ecografías 4D, y de momento ninguna piensa demandarme. Y este bebé tampoco las tendrá. ¿Tacañería? ¿Falta de sentimentalismo? Ni una cosa ni la otra, sino la certeza de que son meramente recreativas, no tienen ninguna justificación médica. Porque cuando la tienen, es la misma SS la que las paga, así de simple. El que quiera darse el capricho está en su derecho, pero que luego no cuente ese desembolso como imprescindible en la abultada lista de gastos que todo mundo nos dice que genera un bebé. En cuestión de pruebas prenatales, podemos estar seguras de que las verdaderamente importantes ya las cubre la SS o nuestra mutua.

 

Mi guardarropa, la envidia de Demi Roussos

Con mi primera hija la barriga me salió en el quinto mes; hasta entonces pude llevar mis pantalones de diario. Con la segunda fue un poco antes, sobre los cuatro, y fui capeando el temporal con mi "ropa de gorda" (sí, ésa que todos guardamos en el armario junto con la "ropa normal" que utilizamos todos los días…  y con la "ropa de flaca" que no tiramos porque soñamos con volvernos a poner). Con éste me salió la barriga casi al mismo tiempo que me dio positivo en la prueba de embarazo. Hasta que no vi la primera ecografía no me quedé tranquila, porque yo hubiera jurado que llevaba gemelos o trillizos.

No habrá manera de confundir mis fotos de los distintos embarazos porque los años no pasan en balde -no es lo mismo 20 que 30- y porque no me verán con la misma ropa en unas y en otras. En cada embarazo he sido la feliz receptora temporal de uno o varios lotes de prendas con espacio en la cintura que he devuelvo después de los nueve meses reglamentarios. Casi todo mundo quiere compartir contigo su ropa de embarazo; es algo que la mayoría sabe que no va a volver a usar, por lo que a veces sólo hay que mirar un poco a nuestro alrededor para encontrar a alguna madre reciente dispuesta a dejárnosla.

El precio de la ropa premamá es un atraco a mano armada, sobre todo si consideramos el poco uso que le vamos a dar. Yo, en propiedad, tengo unos cuantos sujetadores de lactancia hechos picadillo (menos mal que en 9 meses siempre se pillan unas rebajas, las de verano o las de invierno, y se pueden encontrar algunos bastante apañados por 10-12 euros), un pantalón que me regaló mi madre para el embarazo de mi hija mayor, un par de blusones de mercadillo de 3 euros que me tenían bastante satisfecha hasta que leí la etiqueta (ver foto) y una blusa que me compré para la comunión de mi sobrina cuando estaba embarazada de la pequeña y cuyo precio todavía me duele en el fondo del corazón: 50 euros (en mi descargo diré que era la única tienda premamá del pueblo, así que no tenía opción alguna). El resto son donaciones (gracias Ana, María José, Mariluz) y préstamos (gracias María, Paloma, María, Amparo y María José).

 


 

¿Cuál debería ser nuestro presupuesto para ropa premamá? Pues depende de si es el primer, segundo o tercer hijo y del número de amigas dispuestas a desprenderse de su ropa, de si tenemos que trabajar en una oficina o estar en casa, de si somos fashion victims o si nos conformamos con ir vestidas cómodamente. Si con mi primera hija no me gasté casi nada… con éste va a ser menos que nada y encima voy a ir divina de la muerte, sin repetir modelito. ¡Qué maravilla, un verano en que no tendré que esconder la barriga… sino lucirla en todo su esplendor!

 

La lotería de la gestante

Cuando nos quedamos embarazadas compramos, sin saberlo, papeletas para distintos transtornos o padecimientos que a veces pueden hacernos acusar más los cambios normales durante el proceso de gestación: diabetes gestacional, varices, edemas, manchas en la cara, estrías, ciática, náuseas, vómitos, picazones varias y calambres en las piernas. Mala suerte, a veces tocan todas, a veces varias, a veces ninguna. Todas son molestas y muchas de ellas requieren tratamiento, normalmente asumido por la Seguridad Social… menos, por supuesto, las estrías y las manchas, que por ser un problema estético contribuyen a proporcionar felicidad a las marcas de cosméticos.

Yo de las manchas sé poco -no me han salido muchas-, pero de estrías puedo hablar largo y tendido. Con la mayor, crema cara de por medio, me salieron todas las posibles, las mías y las de mis amigas y las de mis vecinas y las de las embarazadas de todo el barrio. Con mi segunda hija no me puse nada, ni crema hidratante siquiera… y no me salió ni una sola (ya sé que era difícil porque no había mucho espacio, pero es curioso, no me salió ninguna). Con éste es pronto para hablar, pero lo que sí sé es que no pienso gastarme la pasta en una crema cara, porque en mi experiencia el tema de las estrías tiene mucho más que ver con un componente genético y con la velocidad de crecimiento de la barriga  (con la primera el crecimiento fue exponencial en un corto período de tiempo). Mis amigas me han dicho que, en todo caso, lo que va muy bien es la crema Nivea de toda la vida, que es muy barata y cunde cantidad. Pues vale, esa probaremos. Que la casa Isdin se quede esperándome sentada esta vez…

 

 

Vale… ¿pero cuánto me tengo que gastar?

Cada una que se gaste lo que quiera y lo que pueda, faltaría más, no soy nadie para meterme en los gustos de cada embarazada. Pero sé por experiencia propia que se puede gastar poco, y en mi caso particular al final del embarazo espero haber gastado: 12 euros de la prueba de embarazo, 3 euros del ácido fólico (3 meses: 9 euros), yodo (3 euros 9 meses: 27 euros), cero en sanidad privada, cero en ecografías 4D, 3 sujetadores de embarazo (30 euros) y 5 euros en un bote de crema Nivea. ¿Total? 83 euros, sin contar imprevistos. Eso sí, los antojos mejor no los cuento, porque si no entonces toda mi estrategia de ahorro se desplomará como un castillo de naipes, jajajaja…

Que la llegada de nuestro bebé haga felices a mamá, a papá, a los abuelos y a todos los que nos quieren. Y que las multinacionales se queden con un palmo de narices.

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 Dicen por ahí que ya no me acuerdo de los pobres. Que me habré sacado el Euromillón y todo este rollo de ahorrar -tendida en una tumbona en el Caribe- ya no me interesa. O que me abdujeron los extraterrestres y ahora mismo, a años luz del planeta Tierra, miro desconsolada mis cupones Dia porque sé que no voy a poder usarlos. Me llegan emails de personas que no conozco preocupadas por mi silencio cibernético. Y miro la fecha de mi último post y voy dejando pasar los días, las semanas, más de un mes sin dar una explicación…

Como una imagen vale más que mil palabras me parece más sensato compartir con ustedes lo que me ha tenido pensando, repensando y sopesando mi vida presente y futura:

 

 

 

O como dijo alguien por ahí: ¡Esto de tener hijos se nos ha ido de madre! Y no cualquier madre, no: ¡madre de FAMILIA NUMEROSA, ahí es nada..! (Seguro que a mi mamá le daría la risa loca. Familia numerosa 3 hijos, jajaja). Ahora todo mundo pensara que si esto de vivir 4 de un sueldo estaba chungo, con lo del tercer niño tendré que hacer encaje de bolillos… ¿me creerán si les digo que no me preocupa absolutamente NADA el tema económico (de momento… ya hablaremos cuando estén en la adolescencia)? ¿Que mi comedero de tarro va más por el lado logístico cenas-baños-cole-salidas-mimos para una sola mamá y un solo papá sin ayuda familiar? Pero como no soy la primera ni la última en hacerlo allá voy, como quien emprende un viaje sin GPS ni estaciones de servicio cada 10 kilómetros (vamos, a la antigüita…)

Tengo que confesar que mi capacidad de reacción no me hace precisamente candidata a trabajar en la NASA, porque ahora mismo estoy de 15 semanas de embarazo y apenas empiezo a recuperar algo de control en mi vida. Tengo sueño a todas horas y las náuseas de las primeras semanas se han convertido en un hambre bestial que amenaza con acabar con las reservas no sólo de mi despensa sino de la de varios establecimientos de mi barrio -específicamente, los hornos con su pan, sus empanadillas de tomate, sus napolitanas de york y queso, sus… mejor no sigo- , así como con mis ahorros y mi fe en que en este embarazo voy a tener tanta suerte como en los anteriores y que no voy a coger muchos kilos, ejem… De momento el barrigón ya impresiona, y eso que el bichito es apenas más grande que un Playmobil.

Mientras la panza o, mejor dicho, las hormonas me dejen, volveré por aquí a dar batalla. Lo malo es que es probable que me vuelva bastante monotemática y aburrida: ahorro y bebés, ahorro y niños, ahorro y alimentación infantil, ahorro y miratodoloquenohegastadoensaliracenar… pido perdón por anticipado; no es que no se me hubiera ocurrido escribir sobre el tema antes, pero ahora la actualidad manda, como dicen los periodistas. Porque seguro que no a todo mundo le interesa, prometo intentar hablar de otras cosas de forma regular. Pero quién sabe, a lo mejor a algún indeciso tanto rollo beberil le da el empujoncito que le falta… y algún otro termina por reafirmarse en su decisión de no transmitir su ADN a otra generación.

En todo caso, lo único que intentaré compartir con ustedes es la convicción de que un niño requiere muy muy poquito dinero y mucho amor y mucho tiempo para crecer sano y feliz. La mayoría de nuestros quebraderos de cabeza vienen cuando queremos sustituir el amor y el tiempo por el dinero; cuando hay un mínimo de recursos para alimentar y vestir a nuestros hijos lo único que tenemos que hacer es echarle tiempo, ganas e imaginación para transformar las carencias en oportunidades de aprendizaje (sí, mi Barbie nunca tuvo coche, ni casa marca Mattel. Pero vivía cómodamente en un loft hecho con una caja de verduras vacía…)

Bloguera y madre en la vida. No es lo que tengo, es lo que soy…

 

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 Cuando no tenía hijas, casi recién aterrizada en España, intenté afrontar la responsabilidad de la compra familiar echando mano de los mismos recursos con los que me había abierto paso en mi prolongada vida estudiantil: una libretita, un boli y largas tardes de trabajo de campo para conocer el terreno y planear una estrategia brillante con el fin de hacer la compra del mes con 20.000 pesetas.

Sí, lo sé, qué exagerada soy, si comprar no es tan difícil. Pero pónganse en mi lugar: no conocía el país, ni la moneda, ni siquiera los tipos de alimentos… no les miento si les digo que miraba los estantes de los supermercados como si estuviera en el Prado y estuviera tratando de descifrar El Jardín de las Delicias…

 

 

A lo que iba, que me enrollo: que después de seis o siete visitas al Carrefour para conocer sus pasillos, sus productos y su sistema de ofertas me di cuenta de que aquello no era para mí.  Sus catálogos hechos a todo color con letras enormes ofrecían siempre dos o tres productos "gancho" que impresionaban al personal para que acudiera en masa a la tienda… y ya que estaba se llevara otras cosas que no estaban tan baratas. Y eso sin hablar de sus "fantásticas" ofertas en lotes de productos que, calculadora en mano, costaban más baratos comprándolos de uno en uno.

Yo me conformaba con ir cada dos meses con mi marido a por papel higiénico (¿seguríamos felizmente casados si entonces, abochornado por tener que empujar un carrito con cantidades ingentes de papel de váter, se hubiera negado a acompañarme?) y a chafardear un poquillo por esos pasillos repletos de marcas y presentaciones que nunca había visto en mi Mercadona de costumbre (y eso que todavía ni imaginaba que muchas más iban a desaparecer). Yo iba a explorar y a echar la tarde, como dicen en Antequera.

Y así hubiera seguido si la tan traída y llevada crisis de la que todos hablan no hubiera provocado esta guerra de ofertas entre supermercados que de la que por primera vez nos podemos beneficiar los consumidores. ¡2×3 en Carrefour, Hipercor, El Corte Inglés, Dia, Eroski y todos los que se apunten! Unidades gratis, descuentos sin fin, y noticias anunciadas a bombo y platillo, como la de que "Carrefour reduce sus precios hasta un 25%, la mayor bajada de la historia".  Lo verdaderamente relevante es que los descuentos de ahora son REALES, no descuentos trampa tan comunes en años anteriores en donde le plantaban un bonito 50 por ciento de descuento a cosas que habían encarecido antes un 80…

Carrefour nunca ha sido santo de mi devoción, eso está claro, pero tampoco soy tonta y no es momento para viejos rencores. Y para sacarle todo el jugo a los descuentos como un verdadero domador del euro, nos es imprescindible sacar la tarjetita del Club Carrefour, porque gracias a ella podemos acumular puntos por consumo canjeables por vales descuento y conseguir asimismo descuentos automáticos para compras futuras.

 

Pero la tarjetita de marras tiene un par de ases bajo la manga que no todo mundo conoce. El primero es la posibilidad de imprimirse cupones específicos de distinto tipo de artículos (alimentación, cosmética, electrónica) desde su página web proporcionando el número de la tarjeta. Yo lo descubrí la navidad pasada y calculo haber ahorrado unos 10 euros en algunos artículos de regalo que iba a comprar de cualquier manera. Los cupones tienen impresa su fecha de validez y deben ser presentados en caja junto con la tarjeta con cuyo número nos hemos registrado:

 

Ya puestos también nos podemos apuntar a su Baby Club (artículos de puericultura), Huellas (productos para animales), Videojuegos y La Buena Mesa, que tiene promociones especiales para sus afiliados.

El otro uso de la tarjeta nos remite a una web llamada Novedades gratis que en justicia no debería ser (sólo) de Carrefour, pero para poder apuntarnos necesitamos otra vez el número de la tarjeta (porque los fabricantes han hecho el trato con este supermercado y no con otro). La página en cuestión te ofrece 450 puntos de crédito canjeables por productos recién lanzados al mercado pidiéndote a cambio que los pruebes y des tu opinión en una encuesta. La mayoría son de regalo, pero algunos están etiquetados como "casi" gratis, o sea que simplemente te dan un descuento.

Cada vez que contestamos a la encuesta los puntos que utilizamos para "comprar" el producto se nos reembolsan y vuelta a empezar. Lo bueno es que por cada tarjeta se pueden registrar varios miembros de la misma familia, y cada uno puede elegir sus productos ¿A que suena chachi? ¡El sueño de todo domador, que los productos no nos cuesten nada! Pero la realidad no es tan dulce, porque aunque es cierto que gracias a estos cupones podemos retirar de cualquier Carrefour aquello que hemos elegido sin pagar un duro, tampoco nos sale gratis si tomamos en cuenta el esfuerzo y los desplazamientos en balde que hacemos para conseguirlos.

 

 

Sí, yo he me ido con mis cupones en la mano al Carrefour dispuesta a comerme el mundo… y me he quedado con la mayoría sin usar por no encontrar el producto señalado. Tuve que hacer varios viajes (lo menos cuatro, y a Carrefoures distintos) y nunca terminé de canjearlos todos.

¿Cuál fue mi ganancia? Un champú para niños marca Carrefour, un gel de ducha Sanex, un sobrecito de Cola Cao Turbo y un par de latas de Schweppes de distintos sabores. Mi marido se sacó un barril de Heineken de 5 litros al 50 por ciento de descuento y alguna cosa más que no recuerdo. Nos quedamos con las ganas de canjear el cupón de los sobaos pasiegos de la Bella Easo y de una espuma para cabello rizado marca Elnett, porque nunca dimos con ellos.

¿Quién sabe? A lo mejor ahora me animo a colgarme a la espalda mi mochila de Dora la Exploradora y a lanzarme al Carrefour, a ver si de una vez por todas me compensa ir a cambiar todos mis cupones. Y no sería nada extraño que además se me pegaran otros artículos básicos de alimentación y droguería, ya que Mercadona me tiene bastante desamparada y el Dia no siempre repone la mercancía con rapidez.

 

 

Aún así, pensando en la campaña de reducción de precios del Carrefour, yo me pregunto, ¿irán en serio con lo de "bajamos los precios… ¡y los mantenemos!"? ¿Durante cuánto tiempo piensan mantenerlos? ¿Hasta que acabe la crisis? ¿Hasta que se reduzca el número de parados? ¿Hasta que el Pocero haya encontrado la manera de volver a vender pisos que valen la vigésima parte de lo que cuestan? 

Qué sé yo. Aprovechemos mientras son ellos los que doblan las manos, desesperados por vender. Ya llegarán los tiempos en que volverán a inflar los precios artificialmente para colgarles el consabido letrerito del 3 x 2 y quedarse más anchos que largos. Menos mal que ahora mi marido es un domador orgulloso y no tendré problemas para reunir la provisión de papel higiénico necesaria para lo que resta del año…

 

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¡Qué mala fama tienen los supermercados Dia en este país… y con razón! La limpieza, el orden y la reposición del género en las tiendas Dia echa pa’ trás, no lo vamos a negar. Hasta hace poco tiempo, ya podían ponernos los catálogos con precios ínfimos en el buzón, que no picábamos jamás: sí, en el Carrefour y en Mercadona la compra nos salía más cara, pero los pasillos eran amplios y las cajeras amables. Ah, qué tiempos aquellos…

Ni siquiera yo, con lo tacaña que soy, me atrevía a hacer la compra en esos tenebrosos establecimientos. Alguna vez entré por curiosidad cuando vivía en Antequera, pero salí tal cual, sin nada en las manos, porque no me atrevía a probar ninguno de los productos de la marca propia (¡con lo buenos que están!) y el resto de productos "de marca" tampoco me parecían tan baratos… Y luego, claro, el engorro de hacerse la tarjetita para los descuentos…

Al mudarnos de vuelta a Valencia me encontré de pronto con un Dia cerca de casa. En condiciones normales ni siquiera hubiera ido a curiosear, pero empezaban a vérsele las orejas de lobo a esta crisis y pensé que si no era demasiado repelente, a lo mejor podía ahorrarme algo en la compra…

¡Sorpresa! Estaba (relativamente) limpio. Estaba (relativamente) ordenado. Pasillos amplios, luz, estanterías llenas. Ah, amigo, es que no era un Dia sino un MaxiDia. O lo que es lo mismo, el Palacio del Hard-Discount (y no el Cuchitril del Ahorro, como lo son los Dia (s) a secas que hay normalmente en nuestros barrios).

 

 

 

En estos meses como clienta habitual me he ido dando cuenta de que no todo el monte es orégano -productos descatalogados, falta de reabastecimiento en las estanterías, cajeras malpagadas y malencaradas (aclaración: retiro lo de malencaradas, porque cada una de ellas supongo que hace su trabajo lo mejor que puede, como todo mundo; pero lo de malpagadas no lo puedo retirar, lo siento),  colas interminables, productos caducados exhibiendo su moho en las neveras- pero con todo, reconozco que ha sido como descubrir el Santo Grial de los descuentos, en un país en donde las ofertas en productos de alimentación son de dar pena (ejemplo típico de Carrefour: llevar un envase de 2 kilos de un producto te cuesta lo mismo que llevar 2 de 1 kilo. Y lo que es más ridículo todavía, a veces te cuesta más. Doy fe, lo he comprobado con la calculadora en mano).

Pero antes de lanzarse en masa a invadir el Dia más cercano, me siento en la obligación de advertirles que meterse a comprar en estas tiendas no se parece en nada a ir a comprar al Mercadona. Mercadona es una tienda limpia, eficiente, ordenada…. y aburrida. Sí, aburrida, aburrídísima. No hay sorpresas. Hay marca Hacendado, y "la otra" (como mucho, dos marcas más). No hay descuentos. No hay "unidades gratis". No hay 2 x 1, ni 3 x 2, ni puntos para canjear por regalos, ni sorteos de carros gratis. Hay lo que hay, si te gusta bien y si no, puerta. Y reconozco que eso debe ser parte de su éxito, porque te simplifica mucho la toma de decisiones y pierdes menos tiempo haciendo la compra.

(Muy recientemente Mercadona ha empezado a ofrecer unos tímidos descuentos en el afán de retener a la clientela, pero para mi gusto ha reaccionado demasiado tarde, ahora que todos los híper y súper del país están lanzados imprimiendo catálogos con ofertas insólitas que no hacen sino poner de manifiesto lo que ya intuíamos: que sus márgenes de beneficio son inmensos y que nos han estado tomando el pelo muchos años).

Bueno, que me voy del tema. El Dia funciona con dos tarjetas: una de fidelización y otra de crédito, independientes entre sí (esta última se llama Finandia y te permite pagar a crédito mensual -con intereses- y a crédito semanal -sin intereses). Para para poder sacarle provecho a la visita al Dia hay que pedir la tarjetita de fidelización. Es gratuita, te la dan en caja al rellenar una forma y la puedes utilizar al instante. Cada mes te salen cupones con descuentos específicos en productos Dia y de otras marcas, que se pueden utilizar todas las veces que quieras dentro del período de caducidad de los mismos.

 

 

 

 

 

Lo malo es que, tal como su nombre indica, la tarjeta te obliga a ser fiel a una sola tienda: no te vale para otra sucursal, digamos la que te queda a tiro de piedra del trabajo, o de casa de tu madre. ¿Que porqué pasa eso en el Dia y no el Carrefour, con la famosa ClubAhorro? Pues simple: porque Carrefour es de un solo dueño y el Dia es un sistema de franquicias. Vamos, que cada una es hija de su madre y de su padre. (Y tanto que lo son, que hasta hay sucursales en China, y ni quién les diga nada…

 

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¿En qué nos afecta a nosotros esta peculiaridad? En principio, como ya lo dije, en que la tarjetita sólo vale en una tienda.  (Susana nos advierte en los comentarios que sí que vale, sólo es un poco más engorroso. Yo le creo, pero a mí la cajera que me dio la solicitud me dijo que no se podía).  Pero lo más interesante es que, salvo los precios de los catálogos de ofertas que se distribuyen a nivel nacional, el dueño de cada franquicia puede hacer de su capa un sayo y ponerle el precio que le salga de las narices a los productos, incluyendo los de la marca Dia.

No es extraño, entonces, que haya gente que diga que el Dia no es tan barato y que otros hablen maravillas de sus precios; depende de la tienda. Y por lo que he leido y escuchado por ahí, los mejores descuentos están en las tiendas MaxiDia, que a su vez son las que tienen más clientela.

Hecha esta aclaración, les diré que el sistema de descuentos del Dia es una pasada, porque al contrario que en el resto de supermercados, son acumulativos y bastante espectaculares. Hay que currárselo bastante, estar pendiente de las ofertas, aprovechar los descuentos de artículos no perecederos como detergentes o aceite para hacer un buen stock que nos dure varios meses, pero vale la pena. Mi marido dice que a mí me tendrían que prohibir la entrada al Dia como a los jugadores profesionales de póker a los casinos, porque en cada visita, con mi lista de la compra, los cupones y la tarjetita en la mano, hago temblar a la banca :)

Caso práctico:

Mi compra de ayer. Primero, miro el folleto en vigor: a ver qué cosas pueden resultar interesantes. Aceite de oliva virgen extra marca Dia: 2,69 el litro, a 2,25 si te llevas dos botellas. Pastillas 5 en 1 marca Dia para el lavavajillas: 3,19 el precio original, 2,55 cada caja si te llevas 2. Croquetas de cocido con jamón congeladas marca La Cocinera: un paquete, 2, 19; llevando 2 unidades, a 1,75 cada unidad. Champú o acondicionador Pantene, con un precio normal de 3, 75, a 3 euros si te llevas dos.

Luego miro los cupones. ¡Qué suerte! Tengo un 20 por ciento de descuento en Congelados La Cocinera, y otro 20 en Lavavajillas a máquina o mano marca Dia. Además, como hace poco que me saqué la Finandia, este mes tengo un 10 por ciento adicional para productos Dia. Y por si fuera poco tengo otro 10 por ciento adicional por uso de tarjeta Finandia. (Este chollo se me acaba el mes que viene, pero mientras tanto hay que aprovecharlo).

 

 

Resumiendo:

Precio/Producto Original Pack 2 Cupón 1 Cupón 2 Cupón 3
Aceite 2,69 2,55 - 2,29 2,06
Pastillas 5 en 1 3,19 2,55 2,04 1,83 1,65
Croquetas 2,19 1,75 1,4 - 1,26
Champú 3,75 3 - - 2,7
Total 11,87 9,85 8,99 8,52 7,67

Cupón 1: Descuento específico

Cupón 2: Descuento marca Dia

Cupón 3: Descuento Finandia

 

La diferencia entre estos cuatro productos sin descuentos y el mismo con todos los cupones es de 4,2 euros. Y sólo llevando 2 unidades de cada uno… El ahorro se multiplica si, por ejemplo, llevamos más botellas de aceite, de lavavajillas, o de champú, que no se estropea… En el total de mi compra de ayer la diferencia fueron casi 20 euros. Eso es mucho más que los "centimillos" que nos dicen que se ahorrarían los que no son partidarios del Dia…

¿A que es emocionante? (Jo, qué poca vida interior tengo, ¿eh?)  Y además, otra ventaja de los cupones es que te empiezan a salir cuatro o cinco días antes de que comience el mes siguiente, con lo que tienes algo de tiempo para organizarte y ver si algo lo compras este mes o te conviene más esperarte al mes que viene, que el descuento es más jugoso.

Otra cosa que se me pasaba y que me han recordado en los comentarios: los descuentos a productos frescos a punto de caducar. Hubo un tiempo glorioso en que ese descuento era del 50 por ciento; ahora nos tenemos que conformar con un 20 por ciento, pero menos da una piedra. Eso sí, "a punto de caducar" para las reponedoras del Dia significa "o te lo comes ya o va a la basura", así que no hay que tentar al destino guardando la carne en la nevera por más tiempo del sugerido en el paquete, a menos que queramos llevar a cabo un experimento para la clase de biología…

Conclusión, el eslógan es cierto. Si pagas más, es porque quieres… que te traten mejor. Si no te importa soportar las colas, te va el peligro, te emocionas con los descuentos y te gusta seguirle la pista a las ofertas definitivamente el Dia es tu tienda… y la mía (y la de todos los que cada vez vemos menos claro lo de llegar a fin de mes, que ya somos legión).

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Tengo en mis manos los catálogos de juguetes de cinco tiendas diferentes: Toys’rus, Carrefour, King Jouet, DiverDrak y Todojuguete (las primeras tres de ámbito nacional y las otras dos con sucursales en la provincia de Valencia). Y después de estar mirando y comparando sus ofertas un buen rato, no me queda más que lamentar el absurdo despilfarro en papel cuché utilizado en su elaboración… (sobre todo si consideramos que estos sólo son los catálogos pre-Día de Reyes… todavía faltan los otros, los que tienen caducidad hasta el 5 de enero).

Lo primero que salta a la vista en los catálogos de Toys´us, Carrefour y King Jouet es que no te piensan rebajar ni un duro de los precios oficiales y pactados -sí, pactados, porque es imposible que diez juguetes de moda cuesten lo mismo (con céntimos de diferencia en el mejor de los casos) en tres tiendas diferentes sin haberse puesto de acuerdo- y que lo único que te pueden ofrecer para que elijas una tienda sobre otra es un regalo no monetario: cheque acumulable, un peluche, una mochila. Vamos, como las baterías de cocina que daban en los bancos en lugar de abonarte intereses. Así es que si nuestro hijo quiere: La Casa de Mickey Mouse, Teletubbies Baila Conmigo, Barbie Princesa Liana, Ordenador Wall-e, Juego de Magia Borrás, Mi Primera Cámara Digital Fisher Price, Nenuco Kit Médico, Mega Spider Car r/c 1/10, Elefun y Reloj de Ben 10 no nos cansemos demasiado buscando la mejor oferta, porque no la hay: estos juguetes cuestan igual en cualquier sitio (menos en el Corte Inglés, que cuestan más).

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No tengo el tiempo ni las ganas para repasar juguete por juguete y hacer una comparativa fiable, pero me da que más o menos todo está por el mismo estilo (en Carrefour a veces te ahorras 10 o 15 céntimos…) De cualquier manera, a título personal no debe resultar demasiado difícil hacer una comparación entre estas tres tiendas, porque generalmente nuestro interés se centra en un máximo de 10 juguetes y eso en veinte minutos lo tenemos despachado. Eso sí, en honor a las grandes tiendas nacionales, hay que decir que tienen productos “exclusivos” que sólo pueden ser encontrados ahí, y que en el caso de que sean justo lo que buscamos pueden resultar una magnífica oferta.

Caso aparte es el de los establecimientos de ámbito local, porque ahí sí es para mirarlo con más calma. Todojuguete está de aniversario y ofrece un tentador 60 por ciento de descuento en la compra de un segundo juguete, pero antes de salir corriendo a la tienda, hay que decir que el catálogo parece el baúl de los recuerdos: ahí encontraremos el Crucero Mississipi de los Pin y Pon (¿pero desde cuando los pinipones se iban de crucero?), un bebé de Smoby que tuvo mi hija mayor y que llevaba tiempo buscando, un juego de mesa del Señor de los Anillos (de rabiosa actualidad, jejeje) y el Robosapiens de amargo recuerdo, porque no lo quiso nadie el año que salió a la venta. Si nos va la moda retro y nuestros hijos no están muy influidos por la publicidad, ésta es nuestra tienda.

A DiverDrak hay que darle de comer aparte. Anuncia “descuentazos” con un morro descomunal y tamaño de letra de 50 puntos, pero es un timo. ¿A que un descuento del 24 % en el Muñeco Caillou -de 27,95 a 21,95 euros- suena bien? Pues sonaría como un ganga si no fuera porque tengo a mano el catálogo del Carrefour, en donde el mismo juguete, sin oferta y sin letras grandotas me lo dan por 21,24 euros. Y la desfachatez más absoluta viene con el súper micro con pedestal y guitarra eléctrica de Pocoyo, que “rebajan” de 27,95 a 22,95 (¡nada más y nada menos que un fantástico 18 % de descuento!) cuando en el King Jouet cuesta, sin tanto bombo y platillo, 20,95, dos euros más barato.

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Tres conclusiones (muy) personales de este (muy) informal estudio:

1) Si nuestro hijo quiere el juguete de moda, va a dar más o menos lo mismo dónde lo compremos, porque no hay grandes descuentos (alguno hay, pero luego de rascar mucho: el SuperSimon vale 34,99 en el Toys’r y 31,96 en Carrefour, por ejemplo).

2) Aún así, no está de más mirar los catálogos disponibles, por si algún listillo (como el DiverDrak) nos quiere colar un gol.

3) El factor diferenciador se reduce a los productos de venta exclusiva o a los beneficios por compras superiores a una cantidad determinada. Así veremos si nos conviene más una mochila de la Barbie o unos cuantos euros para el año que viene en una tarjeta para clientes.

¿Qué hacemos, entonces? ¿Compramos o no compramos? Pues todo depende de si tenemos ya bastante claro lo que nuestros hijos pedirán, y si nos hemos dado cuenta de que no son cosas sustituibles por otras de menor precio (esto es muy difícil con toda la parafernalia Disney, pero en el caso de cocinitas, bebés, ordenadores de juguete e instrumentos musicales alguna tienda local puede sorprendernos con ofertas interesantes).

Si no hay sustitución posible, supongo que lo mejor es comprar ya y olvidarse de los atascos y aglomeraciones navideñas, porque si algo está claro es que los precios a partir del 15 de diciembre no harán más que subir (las jugueterías saben que con prisas compramos lo que nos echen).

Una advertencia final. A mí me gustan las buenas ofertas como a la que más, pero hay que evitar convertirnos en víctimas del maldito efecto Moussambani: como aquel inexperto nadador que llegó último a la meta -y que eclipsó al verdadero campeón, cuyo nombre nadie recuerda- , tenemos la ilusión de dejar pasar el tiempo para encontrar la oferta de último minuto y cubrirnos de gloria…

ericeel65

No, señores, eso podría ser cierto -y lo es, hasta cierto punto- para las rebajas, pero para las compras navideñas no hay escapatoria. O te adelantas o te expones a que te suban los precios en artículos insustituibles.

Y si no es así, y hay unas super ofertas navideñas increíbles, me tragaré mis palabras con patatas -y aliolli- y me tocará hacerme unos largos en la piscina al mejor estilo Moussambani

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