Parecía un día normal, en mi Mercadona de siempre, con las cajeras que me conocen de sobra a fuerza de verme por ahí día sí día no con mi peque en el carrito o con la mayor a la vuelta del colegio. En esta ocasión iba sola -por alguna extraña razón que no alcanzo a comprender-y estaba a punto de terminar mi compra cuando me acordé que no había cogido Leche Pascual para los desayunos y las meriendas de mis niñas.

Me dirigí al pasillo correspondiente con paso rápido pero me quedé un poco chafada al comprobar que no había rastro de la leche que nos gusta por ningún lado. Miré en la estantería contigua, busqué cerca de las leches condensadas y las natas para cocinar… qué raro, no había nada. De hecho, no había más leche que la de la marca blanca propia de Mercadona. Me acerqué a la caja y le dije a la chica, "¿sabes si van a traer pronto la leche Pascual? Es que la otra no me gusta…"
La cajera, sin perder la sonrisa, levantó el auricular del telefonillo, susurró un par de palabras a su interlocutor y me dijo: "Por favor, quédese quieta en su sitio, con brazos y manos pegados al cuerpo. El señor Hacendado y la señorita Deliplus estarán encantados de responder a sus preguntas".
A mi alrededor, absolutamente de ningún sitio, surgieron unas paredes transparentes que me envolvieron como si fuera un capullo de mariposa. El material del que estaban hechas me resultaba remotamente familiar… plástico traslúcido como el de… ¡los estuches que usan las cajeras del Mercadona para mandar el exceso de billetes de la caja a algún sitio misterioso en el piso de arriba! No tardé en comprobar que mi observación era certera, porque cinco segundos después era yo la que ascendía por un túnel de aire comprimido rumbo a un destino incierto.
La cápsula se detuvo con suavidad y se abrió espontáneamente después de un corto aunque angustiante recorrido. Hubiera salido corriendo de buena gana, pero mi cuerpo no parecía querer obedecer a mi cerebro -lo que me pasa todos los días a la hora de levantarme, vamos, pero a lo bestia- y, además, en ese momento me cogieron del brazo dos sonrientes personajes que me condujeron hasta un incómodo sofá.
El hombre moreno, gordo, vaqueros desgastados y botas de punta reforzada, luciendo un generoso bigote al estilo Dalí me miró complacido mientras intentaba acomodarme en el asiento. "Buenos días, Jefe. Es un honor tenerle de visita".

Este tío era un chalado y la mujer que lo acompañaba no parecía gozar de mejor salud mental, pero daban más risa que miedo. Tenía el pelo rubio de bote (Rubio Extra Claro número 9, para ser más exactos), dos kilos de laca de la extrafuerte sosteniéndole el peinado y un vestido que hubiera hecho palidecer de envidia a la mismísima Agata Ruiz de la Prada, una especie de tienda de campaña vertical de colorines con ranuras infinitas llenas de muestras gratis de productos de cosmética y perfumería. A ésta me la conozco, pensé; y si esta pirada es quien pienso, el otro debe ser…

"Soy el señor Hacendado, y mi encantadora compañera es la señorita Deliplus", continuó con su irritante sonrisa aquel cowboy con acento valenciano que ahora le hacía una seña a Agatita para que trajera una caja de color blanco, "y según tenemos entendido, usted quiere llevarse un litro de leche Pascual sin haber probado nuestro magnífico surtido de leche entera, desnatada, semidesnatada, con vitaminas A y D, con calcio, con oligoelementos…"
La señorita Deliplus sirvió un vaso de leche del brick que había traido e hizo un gesto para indicarme que lo bebiera.
"Beba, beba, compruebe usted misma la calidad Hacendado", dijo el susodicho personaje, mientras me tapaba la nariz para obligarme a abrir la boca y a ingerir el producto en cuestión.
Yo creí que me moría. Ni siquiera podía saber si la leche era buena o mala, porque odio la leche desde que tenía 7 años (¿será por eso que no crecí más?) Yo lo único que sabía es que a mis hijas les gustaba la leche que yo llevaba a casa, que era una marca de confianza y que no tenía ninguna gana de cambiar a otra… aunque a estas alturas lo mismo me daba que fuera Pascual o que fuera Maragall, ya no quería leche ni quería nada, sólo quería marcharme de ahí…
La dulce señorita Deliplus, viéndome indefensa, quiso aprovechar la ocasión para utilizar sus muestras gratis, así que me echó encima el agua de un florero y empezó a lavarme el pelo con su Champú Cabello Familiar, restregándome con verdadera furia cuando me oía suplicar entre trago y trago de leche "por favor, del Deliplus no, que me deja el pelo grasoso, que a mí me gusta más el Pantene aunque esté más caro"…

Menos mal que cuando desperté ya no estaban ahí, como el dinosaurio de Monterroso… o eso creí yo hasta que me topé con esta noticia: "Mercadona revisará otros 1.200 productos tras eliminar 800 de sus tiendas"
Dicen que esto es sólo la fase uno. Que empezarán por quitar productos de marcas conocidas de los lineales para que el cliente no tenga más narices que llevarse lo de la casa. Que Mercadona va en camino a convertirse en una tienda hard discount, como lo era el Lidl al principio de su andadura en España. Que cuando nos hayamos acostumbrado irán subiendo paulatinamente los precios hasta que terminemos pagando sólo un poco menos que por los productos de otras marcas. Que ésa es su gran estrategia para capear la crisis (que de momento, para Mercadona significa haber pasado de ganar 336 millones en 2007 a unos pocos menos en 2008… vamos, que están al borde de la quiebra…)
Me gustan los productos Hacendado. Tienen buena calidad y buen precio. Me gustan, pero no por encima de todo. La decisión de Mercadona de retirar productos de otras marcas está limitando la capacidad de libre elección de sus clientes, pero sobre todo está empujando a muchas empresas productoras a la quiebra y con ellas al paro a miles de trabajadores. Yo no sé cuál será la solución para la crisis, pero desde luego ésta me parece la más triste de todas…
Yo creo que se equivoca, señor Hacendado. España no es Estados Unidos, el país en donde gastar lo menos posible en alimentación es un deporte nacional en el que no se reparten medallas sólo porque no hay quien las patrocine. Aquí habrá toda la crisis que quieran, tenemos menos dinero para consumir, intentamos ahorrarnos algunos euritos en la compra si se tercia… pero somos muy de marcas de comida, qué se le va a hacer. Que no se diga que a nuestra familia le damos cualquier cosa, noooo, que el niño come galletas Príncipe y la mamá sus Digestive, que no se diga que a papá le quieren dar maquinillas de afeitar que no sean Gillette. Que no todos son como yo, señor Hacendado, que lo mismo nos da Juana que su Hermana, que probamos de todo para ver si encontramos algo más barato, que no nos casamos con ninguna marca para luego no vernos en la tentación de ponerle los cuernos con algún candidato más apetecible.

Que no, señor Hacendado, que por las malas no, que ya sabe usted qué pronto tienen los españoles. Que mis amigas ya me dicen que se cambian al Consum, que están cansadas de ir al Mercadona y dejarse la compra a medias por no encontrar lo que quieren. Que les siguen gustando cosas de la marca Hacendado, que lo de Deliplus está muy bien, pero que terminarán por no entrar más que una vez al mes, y que se irán a hacer la compra grande a otro sitio mejor surtido. Carrefour, Dia y Lidl se están frotando las manos, porque el gigante está cavando su propia tumba.
Y aunque ahora mismo no nos lo podamos creer, la crisis acabará algún día no demasiado lejano. Y cuando tengamos dinero otra vez para gastar alegremente no habrá quién recuerde que en Mercadona vendían Cola Cao o que tenían pescadería y carnicería (¡sí, tenían carnicería, se los juro!), porque se habrá convertido en esa bodega para comprar productos sin marca en paquetes grandes. Y la atención personalizada y el trato amable de las cajeras será una leyenda urbana.
Y pensar que creí que había despertado de mi pesadilla…
PD. Para todos aquellos que se estén preguntando dónde estaba Mr. Bosque Verde, tengo que decirles que también he soñado con él pero prefiero reservarme los detalles. Sólo puedo decirles que me recibió en una habitación perfectamente ordenada, limpia y reluciente en donde por única decoración había un lecho de mullido papel higiénico con almohadas de servilletas de tres capas y sábanas de bayeta de microfibra… y que cuando me abrió la puerta llevaba encima sólo dos gotitas de amoniaco perfumado…