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Hace ya dos semanas que me hubiera gustado escribir un artículo para ayudarles a confeccionar/comprar un regalo del Día del Padre por pocos euros pero aquí me ven, a día 12 de marzo, dándole todavía vueltas a la idea. Y el tiempo apremia, que el día de San José está al caer.

¿Qué problema tengo ahora? Además de la típica excusa de la falta de tiempo, sucede que mi querido esposo también es lector de este blog. Y que todo lo que yo diga aquí lo va a saber él al instante, reventándome la sorpresa. Y eso sí que no, que para eso me lo estoy currando.

Pero hoy he pensado que hay algo que sí puedo hacer: compartirles mis ideas sobre regalos de años pasados, que al fin y al cabo en ese tema ya tengo alguna experiencia. Eso sí, habrá que darse prisa -y descartar algunos demasiado laboriosos- porque queda menos de una semana para hacerlos…

Independientemente del regalo elegido, no hay que perder de vista que lo más importante es la materia prima, esto es, todo aquello que hayan generado los niños (o los adultos) cuya existencia les ha dado el título a los festejados: dibujos, cartas, poemas, fotos, canciones. Una corbata no vale. Ni un disco. Ni un libro cualquiera. Vamos, que no se puede ir corriendo al chino de la esquina en el último momento.

 

 

La buena noticia es que estos regalos suelen ser muuuy baratos; algunos inclusive son gratuitos. Sólo se trata de aprovechar ese material tan lleno de amor y darle una manita de gato (o mejor dicho, tunearlo adecuadamente) para que cause una impresión duradera en el afortunado papá.

 

Seis ideas de regalo barato para el Día del Padre, a elegir (o combinar):

1. Un montaje de fotos (o de vídeos) con las mejores imágenes de padre e hijos. Programa a utilizar: Window Movie Maker, alguno más sofisticado como el Pinnacle o si no tienen ni idea (como yo), el Power Point de toda la vida también vale. ¿Lo mejor? Lágrimas y risas aseguradas (suyas y nuestras). Y es gratis (aunque también podemos gastarnos un poquito en llevarlo en CD a una casa de fotos y pedirles que impriman una etiqueta chula y hagan la portada de la cajita… impresiona más).

 Canciones para banda sonora (hala, a darle un ratito al Google):

 

Infantiles (perdón, todas mis referencias son mexicanas):

Hoy tengo que decirte papá (Timbiriche)

Yo quiero ser como mi papá (Topo Gigio)

Mi papi es un papi muy padre (La Chilindrina/Chespirito)

 

De ésas de llorar y reír:

Alba (Antonio Flores)

Vos Sabés, Vicentico (Los Fabulosos Cadillac)

Sólo se me ocurre amarte (Alejandro Sanz)

Chupete verde (Pablo Novak)

Y ahora tengo un novio (Nacho Cano)

Cuando Pedro llegó (Pedro Guerra)

 

2. Diploma acreditativo al mejor padre del mundo (confeccionado con el Word o a mano, con la huella de los niños estampada a manera de firma si son bebés). Mejor aún, trofeo con la inscripción "Papá, eres mi héroe" (ésta fue la dedicatoria que eligió mi hija mayor para grabársela en un pequeño trofeo que costó menos de 10 euros y que todavía adorna nuestra vitrina).

3. Camisetas serigrafiadas a juego para papá e hijos con una foto en la que estén todos muy favorecidos :) En la tienda de la esquina de mi casa, cada camiseta: 8,50 euros. En esta web, sin foto pero con mensaje, 12,50 los polos para niños.

4.  Una tarta 123 facilísima de hacer por los niños (el típico bizcocho de yogur: una medida de yogur, una de aceite, dos de azúcar, tres de harina, tres huevos y un sobre de levadura en polvo. El orden de los factores no altera el producto. Mi hija mayor la hace sola y a la pequeña le ayudo un poco. La cobertura de chocolate fundido y la decoración con lacasitos).

 


 

5. Una canción con letra especial para papá (compuesta y cantada por nosotros, porque las profesionales cuestan muy caras). Se puede descargar al móvil o a un CD. A mi marido le hizo muchísima ilusión.

6. Un álbum tipo Hoffman, pero artesanal: hecho por los niños con fotos impresas y decorado a su gusto. Muuy barato, sólo se gasta en imprimir las fotos.

 


 

Y para de contar, que me guardo otras ideas para los años siguientes (y me voy a seguir haciendo el de este año…)

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Tengo una relación de amor-odio con las rebajas (que se torna más intensa en épocas de crisis como ésta). En México no hay rebajas como tales, con fechas de inicio y finalización, sino ofertas puntuales -y ciertamente muy atractivas- que salpican los anuncios de televisión, los catálogos y los periódicos durante todo el año. Cuando llegué a España, junto con mis dos maletas me traje una batería de estrategias aprendidas de mi madre para lanzarme con éxito a mi cacería de ofertas y descuentos, aunque estuviera en territorio desconocido.

Está claro que mi licencia para comprar (barato) continúa en trámites de homologación, porque todavía después de 10 años me sigue tocando las narices que tengamos que ir todos en masa a comprar en enero-febrero y en julio-agosto. Vamos, como que no tengo yo mejores cosas que hacer. El caso es que dadas las estrecheces económicas que padecemos, tampoco nos podemos hacer los orgullosos y esperar a que el gentío desaparezca para ir nosotros a comprar ropa de temporada. Les parecerá extraño, pero es que prácticamente no he comprado nada a precio “normal” desde que llegué, salvo regalos o ropa de fiesta. Cada vez que veo los precios en las etiquetas algo dentro de mí se rebela (será mi inquebrantable devoción a la Virgen del Puño Cerrado), así que siempre lo dejo “para las rebajas”.

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El problema es que, si la vida es un viaje, las rebajas son como las paradas a comer cuando no tenemos hambre y el guía nos anuncia que el próximo restaurante está todavía muy lejos… Y si bien nosotros podríamos aguantarnos las ganas hasta el siguiente pueblo, los niños no pueden y hay que pasar por el aro. Y eso sin contar con que este año el presupuesto para las rebajas no es nada suculento, así que la cosa se complica mucho más. Aún así, aunque me dé mucha pereza meterme a las tiendas llenas de gente, sé que tengo que ir porque mis hijas crecen (¡y como no van a crecer con lo que comen, mis pirañitas!) y si me espero un poco más sencillamente no tendré bastante dinero para comprar todo lo que necesitan.

Bien mirado, que las rebajas se concentren en cuatro meses nos libera de la obligación ya no digo de comprar, sino simplemente de meternos a una tienda durante el resto del año. Vamos, que al que le apetezca va, pero yo particulamente prefiero emplear mi tiempo en cosas más agradables (y baratas). Pero tampoco se puede ir a la guerra sin fusil, y menos si la guerra dura dos meses, así que tampoco es plan meterse a una tienda y arrasar las estanterías “por si acaso” y “porque está muy barato”. Se trata de ir de cacería con la lista en la mano haciendo énfasis en ese fondo de armario ideal del que hablan todas las revistas de moda.

En verano les dejé algunos breves consejos para afrontar las rebajas, y la verdad es que para los adultos no se me ocurre nada más que pueda servir (salvo seguir usando la ropa del año pasado). Pero para el caso de los niños, aquí les dejo algunas ideas que quizás puedan serles de utilidad:

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1. A comprar para los niños, pero sin los niños. A mí ya de por sí me estresan las rebajas, la gente y el ruido como para llevarme a mis hijas a las tiendas (excepto para comprar zapatos). Que conste que yo soy la primera que incumplo este principio, más que nada porque me faltan voluntarios para quedarse con ellas, pero desde que la peque cumplió los dos años ir con ella de compras se hace muy cuesta arriba. Cuando voy con ella no miro lo que quiero mirar, no me concentro y no me acuerdo ni de las tallas que tengo que coger.

2. Tenemos dos opciones para comprales ropa sin tener que llevarlos: medirlos en casa antes de salir y llevarnos la cinta métrica con nosotros (o llevarnos una prenda que les quede, como referencia), o comprar las prendas “o ojo” y devolver después las que no le queden. Mucho cuidado con tiendas como Toy`r Us, Pick Ouic y Decathlon: no te devuelven el dinero, sino que te dan un vale, así que siempre es mejor preguntarlo en la caja. Tengan en cuenta también que en temporada de rebajas los cambios y devoluciones tienen que hacerse en 15 días en lugar de en 30, por lo menos en el Kiabi y en el Centro de Oportunidades del Corte Inglés.

3. Tanto si nos van las tendencias de moda como si no, es una buena idea elegir una paleta de colores armónica que nos permita combinar más de dos o tres piezas entre sí. No sólo ahorraremos dinero sino también tiempo, porque en caso de que los niños se manchen, por ejemplo, la sudadera al comer, siempre será más sencillo cambiarles sólo la parte que se han manchado y no todo el conjunto. A mí me gustan los tonos tierra-naranja-verde-ocre-rojo  y por otro lado los violeta-azul-lila, así que suelo tener prendas combinables de ambas series. Y para completar el cuadro siempre tengo camisas blancas y prendas vaqueras, que van bien con cualquier color.

4. Los pies de los niños crecen pronto, demasiado pronto para nuestro gusto (y para nuestro bolsillo). ¿Mi combinación ganadora de invierno para niña de 1 a 7 años? Botas granate/rojo/marrón, merceditas azules y zapatillas de deporte blancas. Les reto a nombrarme una prenda con la que no puedan llevarse al menos una de esas tres opciones. Para el verano, dos pares de sandalias, unas blancas y otras más oscuras (rojas o azules). Lo mismo. Se les quedarán pequeñas antes de que terminen de gastarlas, así que mejor apañarse con dos pares.

5. Si no tienen camisa roja les ponemos una verde, si no tienen pantalón azul les ponemos uno amarillo… ¿pero qué pasa si no tienen zapatillas de andar por casa, pijamas, ropa interior, cinturones, chaqueta, bufanda, guantes, gorro? Para mí éste es uno de los puntos claves de las rebajas: aprovechar para comprar todas aquellas cosas necesarias e insustituibles por las que luego nos sacarían una pasta en temporada normal. Porque claro, de nada nos sirve comprar un conjuntito muy mono por 12 euros si luego de las rebajas nos piden 15 por unas zapatillas de andar por casa. En las rebajas del año pasado le compré a la peque un par por 99 centimos, y vaya si las hemos aprovechado… Y no sólo eso, sino que comprándolas por adelantado dejé de preocuparme de si mi hija tenía o no zapatillas…

6. Si después de habernos provisto con todo lo que nuestros hijos necesitan para diario (incluidos accesorios) nos queda algún dinero disponible, pues ¡ancha es Castilla, el mundo es vuestro! A mí no me va a quedar ni para pipas, pero por lo menos tengo el consuelo de saber que la ropa de la primera la va a terminar de amortizar la mayor, jejejeje (la de la pequeña quién sabe…mmmm)

Y sin más que agregar, los dejo que hoy me toca ir de rebajas y todavía no he preparado el látigo y el taburete, compañeros domadores…

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Dependiendo de a quién le preguntamos, el regalo estrella infantil de estas navidades es la Casa de Mickey Mouse (¡menudo negocio, en Ebay se paga hasta el doble de lo que cuesta!), el Camión Laboratorio de Ben 10 (inconseguible), la Wii y todos sus accesorios (con suficientes unidades en venta para satisfacer la demanda… pero no cantemos victoria, que en Estados Unidos se vendía por 100 dólares más de su precio original el año pasado). Los padres van peregrinando de tienda en tienda para encontrarlos, los teléfonos -y las tarjetas de crédito- echan humo, los oportunistas hacen negocio, y sin embargo, el regalo estrella para mi hija mayor no está en ningún catálogo…

Para que el mundo lo sepa, estoy criando a Félix Rodríguez de la Fuente en versión niña de 8 años. La afición le empezó muy pronto, supongo que desde la primera vez que vio un bicho y en lugar de gritar de susto gritó de alegría al enseñármelo. A ella le brillan los ojos con ilusión al ver un insecto como a otra niña con una Barbie o un Nenuco. Para mi hija no hay mejor plan un fin de semana que ir “a explorar” y regresar a casa cargada de piedrecitas, palos, hojas, bichos con pinta amenazadora y/o asquerosa de todo tipo… y yo finjo que los insectos me dan todavía más grima de que la realmente me dan poniendo caras de susto increíbles que la hacen troncharse de la risa. Aquí, un par de amiguitos de mi hija (fíjense bien en la foto):


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Con estos antecedentes, lo más fácil sería regalarle un kit de esos de Biocefa para observar insectos, hacer una colonia de hormigas o un huerto portátil para plantar semillas… si no fuera porque estos juguetes están hechos de plástico, tienen más márketing que buen diseño y cuestan entre 30 y 50 euros.

Así las cosas, mi marido y yo hemos planeado montarle, por el mismo precio o un poco menos, un “kit de exploración” bueno de verdad, único e irrepetible: un maletín con todo lo necesario para observar (binoculares, lupa), recolectar (pinzas, guantes, frascos), clasificar (etiquetas, rotuladores), estudiar (libreta de apuntes) y traer a casa (en una flamante caja de herramientas de Carrefour de 9 euros, que nos hace bien el apaño como maletín) a sus adorados bichos. Por supuesto, acompañaremos este kit con una guía que le enseñe a manipular y estudiar a estos simpáticos animalitos, para que después de utilizar mi casa como hotel de lujo durante una temporada puedan ser regresados a su hábitat sanos y salvos.

¿Que a nuestros hijos les tira más por, yo qué sé, el lado artístico? Si tenemos a Dalí en nuestra sala de estar y no nos hemos enterado (salvo por los fascinantes garabatos en la pared recién pintada), y dependiendo siempre de la edad del niño, podemos poner a su disposición un libro de técnicas de pintura, un vale por una visita mensual a distintos museos de la Ciudad, un maletín con lápices de colores y acuarelas y, por que no, nuestra venia para que una de las paredes de su habitación sea decorada por él a voluntad (si vivimos de alquiler o simplemente no nos apetece vivir en el Guggenheim podemos comprar un rollo grande de papel para pegarlo a la pared y que sea ahí donde pinten… con la ventaja añadida de que podremos guardar sus obras de arte).


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Para nuestros chefs, nada mejor que una cocinita artesana (hecha con cartones o con una mesita), y para el papá o la mamá que sea habilidoso, ropa exclusiva para las muñecas (mi secreto para un vestido ultrarrápido y baratísimo de Barbie: una servilleta enrollada alrededor de la muñeca, una goma del pelo a manera de cinturón y unos rotuladores para decorar. Eso sí, el vestido siempre con escote ”palabra de honor”, jajaja).  Si a nuestros peques les da por ser poetas, un bonito cuaderno para escribir y la promesa de ver su libro publicado con pasta dura

Mi hija tendrá la nariz metida en la Nintendo y en sus Pokemon, como muchos, pero su curiosidad y sus ganas de aprender siguen intactas, porque no duda ni un segundo en dejarlo todo por una buena mañana de exploración en el campo. Con ella he aprendido el ciclo de reproducción del caracol (que por cierto, no sé yo cómo me imaginaba que se reproducían los caracoles, que me quedé maravillada cuando vi los huevecillos perfectamente esféricos, blanquísimos y brillantes entre la tierra), he vivido el lento germinar de una planta en la terraza, he contemplado algunos simpáticos microorganismos bajo el microscopio… ¡y lo que nos queda por aprender!

¿Cuál es el sueño de nuestros hijos? ¿Qué es lo que desean con todas sus fuerzas? ¡Pues ése es su regalo estrella para estas navidades, y no otro! Porque el día de mañana toda la publicidad de juguetes que nos estamos tragando no será más que una canciocilla machacona para rellenar programas de zapping, pero nuestros hijos no podrán olvidarse jamás de ese increíble regalo megachachi que ningún otro niño recibió la Noche de Reyes…

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Mi hija mayor ha dejado de creer en los Reyes Magos. Ella solita llegó a la conclusión de que no era posible que el Ratoncito Pérez fuera una invención -cosa que descubrió este verano- y que los Reyes Magos se gastaran tanta pasta en tantos niños al mismo tiempo… (el año pasado ya tenía sus dudas, pero entonces pensó que era IMPOSIBLE que yo, devota irredenta de la Virgen del Puño Cerrado, fuera capaz de gastarme tanto dinero en sus regalos… era más fácil seguir creyendo en los Reyes, jajajaja).

Pero ahora la que tiene dudas soy yo. Acabo de leer una carta un tanto sensiblera pero bastante efectiva para explicarles a los niños que los Reyes Magos existen y AL MISMO TIEMPO son los padres los que compran los regalos, y he visto un vídeo en dónde se explica la verdad y sólo la verdad acerca del tema cuando un niño pequeño descubre a sus padres colocando los regalos bajo el árbol… Aún así, lo que de verdad ha hecho diluirse mi escepticismo es la siguiente felicitación navideña, que podemos enviar de manera gratuita desde una página llamada “Navidades sorprendentes” patrocinada por la casa de juguetes Cefa Toys (hagan click en la imagen):


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¿A que impresiona? Y eso que no pude poner mi nombre porque Euralia no es muy común, y que tampoco tenía para poner mi edad (así que puse 12 años…) Pues imagínense a sus hijos, sobrinos o nietos viendo este vídeo (y otro parecido protagonizado por Papá Noel) y sintiéndose felices de comprobar que los Reyes Magos existen y conocen su nombre, su edad, lo que les gusta hacer y lo que no, ¡y que además tienen su foto!

Quién sabe. A lo mejor mi hija vuelve a creer en los Reyes. Y si no, por lo menos creerá que sus padres no serán Reyes, ¡pero que sí son Magos!

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¡Arriba las manos! Pongan los catálogos de Navidad, las tarjetas de crédito, la cartera y la carta a los Reyes sobre la mesa y nadie saldrá lastimado…

Eh, no quiero que suene a amenaza -no tengo madera de gángster- pero cuidadito con salir a hacer las compras de Navidad sin haber leído este artículo. Luego no me vayan a salir con que a Juana la bolsearon o con que a Petra le dan calambres (mexicanismo que significa: con una excusa barata) y vengan a llorarme para intentar deshacer el entuerto, porque aquí en España el tema de las devoluciones en los comercios está fatal, aunque quizás pronto las cosas cambien a raíz de esta noticia.

¿Saben? Podría dedicar esta entrada a contarles las virtudes de tal o cual comercio, a recomendarles juguetes educativos o gangas vistas en algún catálogo, pero creo que eso ya lo podemos ir haciendo sobre la marcha conforme se acerquen las fiestas. Ahora mismo lo que me urge es compartir con ustedes algunas reflexiones de esas que te atacan a media ducha, mientras planchamos la ropa, en pleno atasco y en la cola del supermercado.

¿Tu hijo quiere todos los juguetes que existen? Tu hijo quiere lo que ve.

Llegó la hora de interceptar los catálogos, racionar la televisión y limitar las visitas al centro comercial. Nuestros hijos piden todo lo que ven no porque sean caprichosos, tiranos o avariciosos… ¡piden porque pueden, porque los hemos enseñado a pedir, porque les damos demasiadas opciones! (los adultos somos igualitos, pero nadie nos llama caprichosos, sino “consumidores con posibilidades económicas). Yo nunca vi un catálogo cuando era niña y siempre tuve claro lo que quería. Por supuesto, las cosas que pedía tenían nombre pero no apellidos: da igual Mattel que Fisher Price, los niños no suelen fijarse en esos detalles A MENOS que se los remarquen machaconamente una y otra vez en la tele y con esas armas de descapitalización masiva que son los catálogos navideños. Qué desperdicio de papel cuché, por Dios, que derroche de colores y de precios exorbitantes. En la medida de los posible, habría que mantener a los niños alejados de ellos (nosotros sí que deberíamos guardárnoslos bajo siete llaves, porque luego nos servirán para comparar precios entre tiendas):

Y si algún catálogo cae en sus manos, podríamos dejarles unas tijeras cerca como que no quiere la cosa para que hicieran “manualidades” (ninguno niño se resiste a esa idea, jejeje).

Un niño sin publicidad pide una muñeca, una pelota, una cocinita, un coche, no una Baby Sofía, la pelota de los Lunnis, la kitchen aid de Tefal o el coche de Spiderman. Por supuesto, es imposible evitarles toda clase de publicidad a nuestros hijos, pero podemos intentar hacer un esfuerzo para reducirla al mínimo. Entre más pequeño sea el niño, más fácil será nuestra tarea (y si no me creen, intenten quitarle a su pareja el catálogo de la FNAC o del Corte Inglés, jajaja).

¿Tu hijo quiere ese juguete en particular? Tu hijo quiere lo que le han dicho que el juguete sabe hacer.

Otro motivo más para evitar la publicidad. Nos gastamos un pastón en juguetes megachachis de miles de piezas con ruidos supersónicos y la mañana de Reyes miramos muy ufanos cómo nuestro peque destroza el papel de colores, abre la caja y acto seguido… se pone a llorar como Bustamente en día de expulsión porque el deseado juguete es demasiado grande/demasiado pequeño, no vuela/no nada/no tiene musiquita “como el de la tele”. ¿Que qué ha pasado? Pues que los niños no alcanzan a leer las letritas pequeñas de los anuncios, ésas que dicen “acción simulada”  (y para nuestra mala suerte, nosotros tampoco leemos las que dicen “este juguete tiene un valor superior a 50 euros”)…

Eduquemos a nuestros hijos en el análisis de la publicidad. Si se muestran entusiasmados por un juguete en particular, hay que informarles de sus características reales haciendo énfasis en que lo que sale por la tele es ficción, y que los muñecos no son gigantes, ni vuelan ni nada por el estilo. ¿Y cómo podemos informarnos nosotros primero? Pues leyendo opiniones por internet, preguntando a otras personas y sobre todo, visitando alguna tienda de juguetes en donde nos permitan conocer el producto fuera de la caja (a mí de momento sólo se me ocurre Toys ‘r Us…. no los tienen todos fuera, pero hay muchos que podemos fisgonear a nuestras anchas). Si esta visita es lo suficientemente temprana -o sea, yendo ya, vamos- nos dará tiempo a mirar todos los juguetes interesantes y tener ya la información en mano para cuando nuestros hijos empiecen la campaña navideña de acoso y derribo.

¿Tu hijo quiere ese juguete enorme/con mil piezas/ruidoso? Tu hijo no sabe lo que quiere y tú amablemente reconducirás su deseo hacia algo más… digamos… cómodo y compacto.

La Reyes del 2004 le dejaron a mi niña mayor la Granja de los Pin y Pones y a mí una lumbagia de narices. Me la pasé mal sentada en el suelo del salón ensamblando las mil y una piececitas dos horas de reloj, acordándome de los diseñadores del juguete y de sus dulces progenitoras en todo momento. Sí, yo también me dejé engañar por la publicidad y me creí que el juguete saldría armado de la caja, que sería más sólido y que los muñequitos caminaban solos (vale, esto último no… pero lo demás me lo tragué enterito). Ostras, uno pensaría que en los 30, 40 o 50 euros que cuesta el juguete ya va incluido el ensamblaje, pero se ve que a los fabricantes de juguetes les hacen los cursos de reciclaje los de Ikea.

Antes de comprar un juguete tendríamos que preguntarnos si estamos dispuestos -y capacitados- para montarlo. Y si nos cabe en casa sin tener que hacer turnos para dormir en el balcón, porque nuestras casitas en España sí que son de los pinypones… No es mala idea comprobar la resistencia del juguete, la dificultad en su uso y montaje y su tamaño incluso antes de mencionar su existencia a nuestros hijos. Y si a pesar de todo decidimos comprarle un juguete de esas características, les recomiendo encarecidamente que se pongan a la tarea de ensamblarlo un par de semanas antes aunque eso signifique tener que buscar una caja más grande y desechar la caja original, porque no hay nada más estresante que la mirada inquisidora de un enano de 4 años viéndote montar su regalo de Reyes…

¿Tu hijo quiere un juguete nuevo? A tu hijo no le importará reutilizar un juguete si se lo envuelves con mucho papel de colores

Las Navidades nos ponen como tontos a los adultos, la verdad. Recuerdo una cabalgata de Reyes en la que mientras yo me quedaba con la niña urgí a mi marido a ir al Corte Inglés en el último minuto a comprar un Winnie Pooh nuevecito, precioso, que costaba la friolera de 25,50 euros (en la vida vuelvo a pagar eso por un peluche). Y no es que la niña no tuviera peluches, pero yo estaba empeñada en que mi hija “se merecía” un oso nuevo. Es más, tenía un Winnie Pooh heredado de una prima, pero no me parecía suficiente. Mi única hija no iba a ser menos que los demás, y el día de Reyes recibiría un reluciente regalo con todo y etiquetas.

Ya sabemos lo que pasó, porque siempre pasa lo mismo. El Winnie Pooh viejo se convirtió en su compañero inseparable y el nuevecito se quedó para vestir santos en la estantería. Evidentemente, mi hija no era de mi misma opinión, porque sus criterios no estaban regidos por el factor económico, ni siquiera por el estético.

Con nuestra segunda hija ya no nos pasará. Hay juguetes para dar y repartir, y juguetes que tienen más de una vida. Ahora que mi niña mayor tristemente ha descubierto que los Reyes no llevan corona y que dependen de un solo sueldo (snif, snif) la cosa es más fácil, porque podemos sacar viejos tesoros que ella no usó demasiado para compartirlos con su hermana. Es el momento de reutilizar juguetes, de reinventarlos agregándoles accesorios (por ejemplo, un set escritorio para hacer figuras de plastilina de hace varios años “le caerá” este año a la peque con plastilinas nuevas, que por mucho que cuesten no saldrán tan caras como el juguete original). La creatividad al poder, y los billetes al bolsillo, que no está el horno para bollos.

¿Tu hijo quiere ese juguete? Ese juguete lo quieres tú, no nos engañemos.

¿Cuál fue nuestro regalo estrella de la Navidad? ¿Nos acordamos de todos los regalos que nos hicieron cuando éramos niños? ¿Qué creemos que nuestros hijos recordarán con más detalle? Yo me acuerdo de las fiestas, la cena, los juegos con hermanos y primos. Los primeros recuerdos nítidos de los juguetes los tengo a partir de los los 9, 10 años. Y si antes me regalaron o no todo lo que pedí, lo dirán las fotos y los tíos, porque yo no me acuerdo. Y ni falta que hace.

No hay que buscarle tres pies al gato. Cuando los niños crecen, dejan de creer en los Reyes y tienen compañeros de colegio para ”comentar las jugadas” ya les podemos leer los artículos de la OCU y enseñarles el saldo de nuestra cuenta corriente que ellos seguirán en sus trece sin renunciar a pedir los juguetes que más les gusten, sean caros, grandes o imposibles. Con ellos habrá que negociar las cosas, hablarles con sencillez y claridad y tratar de llegar a un acuerdo. Pero con los peques más peques no hay que marear la perdiz, y ser muy muy conscientes de cuántas de esas compras compulsivas de juguetes obedecen a nuestras propias demandas desplazadas.

Tu hijo no necesita juguetes educativos que tú no pudiste tener, ni un scalextric que tus padres no se podían permitir. Qué rayos, ni lo necesita ni lo quiere, y si lo llega a pedir es porque tú insistes en metérselo por los ojos a base de repetirlo. Escucha a tu hijo, e intenta diferenciar sus deseos de los tuyos.Y si te apetece un scalextric cómpratelo, pero no digas que al niño “le hace ilusión” (porque luego, si el niño no quiere jugar, tenderás a pesar que es un desagradecido, que no aprecia lo que se le da, etc… vamos, todo por un juguete que él no pidió).

¿Tu hijo quiere un juguete, dos, tres juguetes? Tu hijo te quiere a ti, ¡y tú eres gratis!

Paseo la mirada por el cuarto de mis hijas y lo primero que veo es que todos mis intentos por conservar un orden mínimo se van al garete cada vez que se ponen a jugar. Salen juguetes, peluches, pelotas, muñecas por todos lados, se esconden debajo de las camas, acechan detrás de la puerta. Cuando intento volverlos a poner en su caja se rebelan, abultan más de lo debido e invariablemente me derrotan, me obligan a renunciar a mi intención de ponerle la tapa al cubo de plástico que les hace de prisión. Y qué curioso, siempre son los mismos los que me miran socarrones desde arriba de la pila. Descubro que hay juguetes callados y solitarios que llevan encerrados casi un año, sin ver la luz del día… juguetes que me costaron mucho dinero y que en su momento me parecieron imprescindibles…

Creo que ya les conté que el año que me quedé embarazada de la peque le compramos a la mayor todo lo que pidió, y lo que no también. Los Reyes le trajeron un proyector de princesas, un microscopio, una caja enorme de imanes para hacer figuras, un miniordenador, un set de cocinitas y unas cuantas películas de video. Ah, y un juego de la Oca/Parchís automático que me costó 6 euros. No es necesario que les diga cuál fue su favorito, ¿no? Pero sí les voy a decir por qué: porque de todos los juguetes, la Oca era el único que NECESITABA a un segundo jugador. Mi hija pasó olímpicamente de todos los juguetes fantásticos y llamativos que la invitaban a jugar sola -el proyector y los imanes siguen en sus cajas originales, por si a alguien le interesan- y se enamoró de un cacharrito de plástico de cuatro duros que la acercaba a su mamá y a su papá.

¿Qué quieren los niños? ¿Qué estamos dispuestos a darles? Casi siempre es más fácil soltar 30 euros por un juego “educativo” que sentarse con ellos a jugar un rato. Y por eso ese rato es un regalo dorado, lo que nuestro hijos pequeños aprecian sobre todas las cosas. Cuando crecen ya es otro cantar, nos cambian miserablemente por la Nintendo DS, pero ahora lo más sensato sería regalarles lo que de verdad quieren.

Y nuestros hijos nos quieren a nosotros, que no se nos olvide.

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