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Ha empezado la cuenta atrás para la celebración de la Navidad y, como todos los años, parece que nos ha pillado desprevenidos. ¿Cómo? ¿16 de diciembre otra vez? Pues sí, señores, sí, que quedan 8 días para Nochebuena y aquí estamos todavía dándole vueltas a lo que vamos a cenar, a lo que vamos a regalar y a lo que nos vamos a poner esa noche…Mucha crisis, mucha crisis, pero la gente no para de comprar. Los centros comerciales están al límite de su capacidad, los catálogos no dejan de invadirnos, ¡parece que se fuera a acabar el mundo a fin de año! Es inevitable, los Cuatro Jinetes del Apocalipsis Navideño ya están aquí, y tendremos que espabilar a marchas forzadas si queremos sobrevivir a sus ataques…


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El Jinete Blanco: Las Prisas

Poco se puede hacer contra ellas, montadas en su caballo blanco como las páginas de un cuaderno en donde no hemos hecho (todavía) nuestra lista de la compra. Si no tuvimos la precaución de planear nuestras fiestas desde mediados de noviembre como poco (especialmente en cuanto a los regalos), preparémonos para recibir una estocada en el bolsillo que nos puede dejar con una eurorragia sin posibilidad de transfusión alguna (¿alguien se ha percatado también de que Cofidis -y otras similares- ya no se anuncia por la tele? ¡Se acabaron los 3000 euros “para lo que quiera”!)

Vale, ya no podemos hacer nada contra Las Prisas con mayúscula, pero al menos intentemos destinar algún tiempo durante esta semana para sentarnos con nuestros catálogos a la vista y planear nuestra estrategia de ataque a las jugueterías, tiendas de regalos y alimentación. Con ellos podemos diseñar una ruta de compra eficiente que nos ocupe poco tiempo y nos permita traernos a casa todo lo deseado en una sola vuelta. Muy importante: antes de salir, hay que cerciorarse de llevar consigo bonos de descuento, tarjetas de fidelización, cupones y similares de todas las tiendas que planeamos visitar.


El Jinete Rojo: Las Aglomeraciones

Yo no sé ustedes, pero a mí el gentío en un centro comercial abarrotado un sábado por la tarde, mis hijas quejándose porque están cansadas y hambrientas, villancicos a toda pastilla por los altavoces y yo metida en un anorak que haría pasar calor hasta a un muñeco de nieve me hacen soltar el látigo y el taburete de domadora en un pispás y abonar en caja lo que me pidan por mis compras con tal de salir de ahí lo más pronto posible. Las Aglomeraciones, montadas en su rojo corcel, están ahí para sembrar el pánico, la confusión y el odio entre compradores (”¡maldito, suelta ese juguete, que es para mi hija!”). Los dueños de los tiendas los saben, por supuesto, por eso le suben a la calefacción y al volumen de la música sin cortarse un pelo…

Pero hay una vía de escape, y todos sabemos cuál es: la hora de la comida. A esa hora las dependientas se entretienen acomodando género nuevo porque no suele haber mucha gente, y se muestran un pelín más receptivas a nuestras preguntas sobre algún producto en particular. A veces hasta acceden a ir a la bodega a buscarlo (intenten hacerlo un sábado por la tarde… aquí los espero sentada) o por lo menos a llamar a otra sucursal para ver si allá lo podemos conseguir. Eso sí, tiene una pega, y es que no soy la primera a la que se le ha ocurrido, así que no les extrañe ver comprando a más gente de la acostumbrada en esos horarios. Pero eso sí, por mal que esté la cosa, siempre habrá más espacio para quitarse el abrigo y dejar de sentirse (tan) asfixiado mientras compramos…


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Foto: ADN


El Jinete Negro: El Sentimiento de Culpa

La Culpa, ese jinete desbocado a lomos de un oscuro caballo, nos sale muy pero que muy cara. No conozco ninguna estadística fiable al respecto, pero me juego lo que queda de mi jamón (tampoco es que quede mucho, jejejeje) a que los regalos de reconciliación y de compensación salen casi siempre más caros que los de amor y de convivencia. Es difícil racanear -o para decirlo más elegantemente, “ahorrar”- con los regalos cuando nos sentimos culpables y creemos que “le debemos mucho” a la persona a quien van dirigidos. Y es que el tiempo es un bien escaso y ahí donde no llega el tiempo, queremos que llegue el dinero…

Gastarnos 40, 50 o 100 euros en un regalo impersonal y escogido únicamente por su precio es tirar el dinero a la basura, porque dudo mucho que podamos impresionar a una pareja ofendida, una madre desatendida o a un hijo ávido de atención con tan pocos euros. Seamos realistas: para deshacernos de nuestra negra culpa y quedar como reyes necesitaríamos tener una cuenta corriente con muchos ceros… digo yo, para que al receptor del regalo le valiera la pena perdonarnos, jajaja… Así que ahorrémonos los cuartos y pongamos manos a la obra para hacer un regalo de esos que no cuestan mucho dinero pero que valen un potosí


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El Jinete Amarillo: Las Tarjetas de Crédito

Este Jinete de plástico flexible, amarillo como el oro y escuálido como nuestra cuenta corriente es, sin duda, el más duro de pelar. Las sempiternas tarjetas de crédito parecen inofensivas, nunca atacan cuando las usamos (aunque habría que sospechar cuando se empiezan a poner calientes por tanto uso, jejeje)… pero se nos lanzan a la yugular y nos desgarran al 18 por ciento TAE (mínimo) cada inicio de mes.

Las compras navideñas con sus prisas, sus aglomeraciones y sus sentimientos de culpa son el caldo de cultivo perfecto para el reinado perenne de estos demonios de 16 cifras y un número pin secreto que ojalá no hubiéramos conocido jamás. Con diferencia, este jinete es el más peligroso de todos, porque a diferencia de los otros tres se disfraza de manso cordero para incitarnos a gastar lo que no tenemos en cosas que no necesitamos.

Pagar con tarjeta de crédito no nos permite experimentar el “dolor” de ver cómo nuestro preciado dinero se esfuma de nuestras manos. ¿A que duele ver cómo nuestro billete de 50 euros se convierte en 2 de 20, luego en uno de 20 y uno de 10, más tarde en uno de 10 y en uno de 5 para luego disolverse en cantarina calderilla en el fondo de nuestra cartera? Pues si sabemos de dónde viene el golpe podemos minimizar sus efectos, pero las tarjetas de crédito se limitan a acariciarnos con sus inofensivos comprobantes llenos de autógrafos nuestros (¡qué felicidad, nos sentimos estrellas de cine!) para luego machacarnos, inmisericordes, cada vez que llega el estado de cuenta…

No sé si podremos librarnos de todos, pero por lo menos que no se diga que no lo hemos intentado. De nuestra habilidad para luchar contra estos monstruos dependerá que estas navidades, contra todo pronóstico, lleguemos a Fin de Mes sin haber llegado al Fin de los Tiempos (pero eso sí, si el mundo se va acabar… ¡que me avisen para no pagar mis deudas y para no seguir a dieta, jajajaja!)

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